A.B.U.R.T.O.

de Heriberto Yépez


    Ese año todos queríamos tronar la cabeza de la Gran Rata.

    Incluído Aburto. Aburto estaba tijuaneado. Tenía la sangre encendida, caldeada. Quería matar a la más grande figura disponible, quería vaciar su pistola, quería recobrar la justicia perdida. Aburto también soñaba con ser asesino. Era parte de las clases más encabronadas.

     No importaba tener clara la causa. Bastaba pegarle un tiro al primer hombre que encontraras en la calle, a la primera mujer, al primer escuincle y en ese mismo instante harás justicia instantánea a algún crimen no resuelto o a una deuda pendiente.

    Jugar a la katafixia inmediata.

    Eso es lo que te enseña el Himno Nacional, «un soldado en cada hijo te dio», eso es también, sobre todo, lo que te enseña el coraje urbano, a lo que estas ciudades te empujan. Coraje contra la maquinaria total de la cultura.

    Carlos se salvó de Aburto. Aburto lo veía en televisión. Escuchaba las noticias sobre la presidencia de Salinas. Deseaba matarlo. Contra él depositaba todos sus odios. Al ver a Carlos se veía a sí mismo. Quería destruirlo.

    Por eso Chupacabras, para no ser víctima suya, pensó esto muy, pero muy bien; ¿comprendes? La violencia del Estado, el descontento violento individual, hicieron perfecta mezcla. Ésta es la fundamentación teórica del mole mexicano.

    —Señor Presidente, el candidato sigue acelerado. Quiere ganarse el voto de los jodidos. Promete justicia.

    —¿Ah sí? Con que muy chingón, el cabrón, ¿eh? Búsquenme un súper jodido, una bazofia extremista. Búsquenla en la ciudad más quemada de todas.

    —¿En Tijuana, señor Presidente?

    —Ahí mero, en Tijuana, ¿dónde más?

    Uno de los Chupacabras que ayudaba a la Gran Rata salió por el balcón resuelto a encontrar al hombre que el señor Presidente requería. Aquel Chupacabras regresó a los poco minutos, de su pico colgaba un hombre desordenado.

    —Ya está, señor Presidente. Ya se lo trajimos. Aquí está el conejo adecuado.

    —Muy bien. Déjenme verlo bien.

     El señor Presidente miró a Aburto. Se dio cuenta que eran idénticos.

    —A ver, jodido enloquecido, ¿por qué no hacemos un tratito?





    Deja explicártelo mejor. Soy el presidente de México. Yo soy el dueño de todo el poder. ¿Ves todo este país cagado? Todo es mío. Si se me hincha un huevo, vendo la otra mitad del territorio a los gringos o enciendo el maldito petróleo. Basta que yo levante un dedo para que cada uno de ustedes sea asaltado. ¿Has escuchado de Marcos? Es mi empleado.

    Siempre he estado convencido de que yo no soy hijo de un humano. Cuando me río mis hombros suben hasta tocar mis orejas. Me causan risa los informes que recibo sobre la presencia diaria de ovnis sobre la Ciudad de México. Córdoba es el verdadero dirigente de este país. ¿Sabías que Córdoba es francés? Es mi pequeño Limantour. ¿No tienes tantita coca?

    Hace algunos años no soportaba la vida y asesiné a una naca. La maté porque me jalaba las orejas. Ella tuvo la culpa de que las tenga tan grandes. Estudié economía en Estados Unidos. Soy el gran fundador de la tecnocracia mexicana. Me gusta jugar a las cartas y quisiera vivir en Europa. Mi color favorito es el azul. Me molesta el ruido que hace el aire acondicionado.

    Mi hermano es un capo o cómplice del narcotráfico. Hace tiempo que no le pregunto exactamente qué es o a qué equipo de futbol le va. No tengo ninguna estimación por él. No tengo ninguna estimación por nadie. En la noche, generalmente, llega la tos. Un día voy a mandar a matar a todos mis hermanos. Los voy a ir matando uno por uno.

    Odio este país. Llegué a la presidencia gracias a un fraude, ¿y qué? Tú llegaste a este mundo gracias a otro, tu madre, así que cállate.

    Me gusta que me apoden el Innombrable. Así me siento más importante. Mi cuerpo puede estar en todas partes, me gustan mucho las pijamas y escribir en un papel el nombre del que debe ser ejecutado mañana

    Prefiero los raspados de fresa natural. Mi amante es una actriz que apareció en una de las grandes telenovelas de la nación. Está más sabrosa que Sasha. Ya le dije a Miky que se busque una, pero prefiere seguir en el Fondo. Qué hueva. Cuando los créditos de la telenovela aparecían ella se mecía en un columpio. Se veía buenísima. A los rusos esa telenovela les gustó mucho. Desde hace muchos años mi cuerpo sufre calvicie. Yo no me siento calvo. El calvo es mi cráneo. ¡Ja! Soy graciosísimo.

    A mi esposa, en cambio, no le gusta mi bigote. Cada uno de los millones de mexicanos sabe que ocupo un lugar que arrebaté.

    Todos saben que soy el más ruin y el más mediocre de todos los millones de ruines y mediocres espermatozoides que habitan este pinche país. A veces siento que soy Maximiliano.

    He tratado de saquearlo por completo. Pero el país es tan rico que siglos enteros que hurtos no han podido acabarlo. Yo me he esforzado en culminar el proyecto de desaparecerlo. He vendido incluso las propiedades más íntimas del gobierno, comenzando por los bancos  cada puesto en el régimen tiene un precio, y un porcentaje de éste siempre llega a mí. Me gasto ese dinero en quinceañeras y viajes. Me gusta coleccionar chupacabras.

    Todo lo que en este país sucede converge en mí. Soy la punta misma de la pirámide. Puedo tapar el sol con mi dedo.

    Me fue fácil firmar el Tratado con Estados Unidos. Fue mi mejor venganza. Siempre he querido ser norteamericano.

    El mundo se divide en dos. Yo y los jodidos.

    Procuro que cada jodido tenga su columpio.

    Cuando hablo someto todos mis sentimientos. Soy la cara misma de la hipocresía. Cada palabra que pronuncio me oculta. Adoro mi imagen dirigiendo un mensaje desde la televisión. Cuando aparezco en TV imagino que tengo pelo. Abro mis brazos a la nación completa.

    Sé perfectamente que cada mexicano se burla de esa imagen. Sé que el cerdo pueblo compara mi cara con la de una rata. He visto los monigotes de plástico que venden en las calles. He visto las máscaras. Cada vez que tengo sexo no puedo olvidar esto. Mi vida carece de sentido verdadero, la neta, así está la cosa, pero ni pedo. Así es la vida de todos y yo a todos me los puedo chingar en cualquier momento. Soy el mero mero. Soy Salinas.

    Yo mismo me siento en mi silla presidencial —la gran Silla, la misma en que se sientan las criadas que limpian mi oficina cuando yo estoy de gira, las criadas que quisiera sorprender en pleno acto de sentarse y dispararles— y, después de tomar aire y contar hasta diez, tomo el control remoto de la Televisión Presidencial; la que está frente a mi escritorio, la que mandé poner ahí (es gris) y aprieto el botón de «Play» en el control remoto de la videocasetera y veo mi cara hablando y no aguanto ni diez segundos cuando ya he bajado de la Silla hasta el suelo para revolcarme de la risa. Este país está de No Mames. Este país está buenísimo, ¡increíble! ¡Poca madre! Puta madre, ni los surrealistas se imaginaron esto. Esto está cabronsísimo. ¡De pelos!

    Mario, te invito a mi oficina. Ándale, cáile. Podemos reírnos juntos. Reírnos de mí, de la televisión, del país o de ti. Chingue su madre, ¿no? De todo, güey, nos la podemos curar de todo, como dices tú. Podemos botarnos a carcajadas hasta destruir nuestro estómago. Podemos jugar a ver quién se vuelve sirvienta de quién.

    Necesito hablar contigo esta noche. Prende tu televisor. A través de él te mandaré un saludo y un mensaje. Uno más.

    Aburto, tú y yo somos uno mismo. Así dice la canción de Timbiriche, ¿no? Tú y yo somos uno mismo, vow wow, vow wow.