(He aquí una pequeña joya enterrada de la literatura mexicana, un elogio al anacronismo y una dura carta de respuesta a Cervantes más de trescientos años después del Quijote. En Galaor, la bruja Sota de Espadas se enoja cuando los reyes no la invitaron a la presentación de su hija, cuando a las otras tres brujas sí, y aparece de improvisto en la fiesta para desgracia de todos.)

A hurtadillas, con timorato cariño maternal, la reina llegó hasta la cuna en intento de rescatar a la hija. Cuando iba a tomarla gritó dolorosamente y se doblegó en el piso de mármol.
"¿Quién es la afable gorda que venía en mi socorro y desapareció?", entonó, desde la cuna, la cuidadosa voz musical.
Movióse Sota de Espadas con incomprensible agilidad: los ojillos de puerco, iracundos; el pico fundamental, levantado y agresor; el hociquillo desdentado mudándose de mueca en mueca; la gibosa silueta lanzada hacia adelante; las manos nudosas, huesudas como árboles secos en miniatura, expresivamente amenazantes. Algo teatral advertíase en la anciana furiosa, pues, por ahora, afectaba grave seriedad, y su voz de hada anciana era hermosamente juvenil y su risa surtidor de agua fesca y purísima:
"¡Insensatas! ¡Golosas creaturas! ¡Ved lo que habéis logrado!"
Entonces, con poco comedimiento y menor destreza maternal, sacó de su cuna a la princesa Brunilda y la alzó en sus brazos. Mas lo que extrajo no fue una niña de facciones gentiles, si no un objeto sumamente deformado, con una horrenda masa de carne y pelos, un monstruo enano. Por acción de los dones, la princesa habíase metamofoseado: su cabeza, por guardar inteligencia había crecido desmesuradamente; los rasgos antes armoniosos de su cara, eran ahora los de un desapacible batracio; el cuello de incomparable cantora, era ancho y vigoroso como de luchador turco; los brazos y piernas de laudista consumada, eran musculosos y blancuzcos semejantes a los del discóbolo de mármol.
"¿Quién es la afable gorda que venía en mi socorro y desapareció?", entonó, desde la cuna, la cuidadosa voz musical.
Movióse Sota de Espadas con incomprensible agilidad: los ojillos de puerco, iracundos; el pico fundamental, levantado y agresor; el hociquillo desdentado mudándose de mueca en mueca; la gibosa silueta lanzada hacia adelante; las manos nudosas, huesudas como árboles secos en miniatura, expresivamente amenazantes. Algo teatral advertíase en la anciana furiosa, pues, por ahora, afectaba grave seriedad, y su voz de hada anciana era hermosamente juvenil y su risa surtidor de agua fesca y purísima:
"¡Insensatas! ¡Golosas creaturas! ¡Ved lo que habéis logrado!"
Entonces, con poco comedimiento y menor destreza maternal, sacó de su cuna a la princesa Brunilda y la alzó en sus brazos. Mas lo que extrajo no fue una niña de facciones gentiles, si no un objeto sumamente deformado, con una horrenda masa de carne y pelos, un monstruo enano. Por acción de los dones, la princesa habíase metamofoseado: su cabeza, por guardar inteligencia había crecido desmesuradamente; los rasgos antes armoniosos de su cara, eran ahora los de un desapacible batracio; el cuello de incomparable cantora, era ancho y vigoroso como de luchador turco; los brazos y piernas de laudista consumada, eran musculosos y blancuzcos semejantes a los del discóbolo de mármol.
Sota de Espadas increpó a las cuatro hadas niñas:
"¡Qué dones habéis otorgado a la princesa! Tornarla sapo canoro, diversión de feria, globo viviente, medusa, arpía dolorida. ¡Ah! Caramelos brutalizados por vanidades y fiestas: contemplad vuesta obra; ved a este pobre engendro, a este tierno horror sufriente. ¡Qué cabeza! ¡Qué cabeza! Desde las destrucciones de Circe y de su sobrina Medea, nada se ha contemplado tan atroz y tan refinadamente torpe como esta criatura. Pero escúchenme: las voy a barajar, las copas y los bastos; y los caballos trotarán sobre vuestras cabezas: les espera el horror de las torturas cartománticas: lo sentencio yo, Sota de Espadas. Mil veces dije, aconsejé ordené que el trabajo y la construcción que no se comprenden cabalmente en sus causas y efectos consecuentes, no debe jamás emprenderse y levantarse. Las cartas se tiran sólo en gobernada y sabia mesa. Pero, en vano señalé que la magia y el orden de la naturaleza sutilmente se traban y tejen, se retuercen y anudan formando el tapiz suntuario de nuestra perosa tarea. En vano: estaban ustedes para no escucharme."
"¿Qué hacer de tí craturita dolorida? No puede deshacerse lo mudado: no camina nunca hacia atrás el tigre; inderogrables son los portentos. ¿Qué hacer? Sufres y sufrirás víctima de encantamientos: incongruente y desacompasada es tu naturaleza; todo está previsto en el orden de las cosas, y los dones en mala hora regalados, martirizan tus tiernas carnes y tu blanco espíritu. Para que las buenas disposiciones alcancen imperio han de estar bien acomodadas. ¿Qué hacer? Ha cuajado ya en ti la pesadilla de lo mágico y maravilloso..."
La armoniosa voz de Brunilda interrumpió a la anciana.
"Nada pido, señora de razones esmeradas, sino que termine mi sufrir. Si, como decís, sobrecargada estoy de benevolentes maleficios, volvedme señora al sueño oscuro de donde broté; haced, encarezo, mi vida, breve tránsito."
Enternecida, habló Sota de Espadas:
"Brunilda, niña, hija de reyes, tus peticiones escucho: ten valor y padece tus penas porque pronto terminarán. Reina joven, rey sabio: el dolor de Brunilda sólo puede cesar con el sueño. Así, ofrezco dormirla en el sueño profundo: propongo que Brunilda, la niña, sea por mí disecada. La taxidermia y sus agujas son la única salvación del dolor, porque es la disecación el humano recurso que puede enfrentarse victoriosamente a la magia."
Lloraron entonces el rey y la reina y los clérigos y feligreses y lloró el pueblo y los nobles señores venerables. El rey anunció entre sollozos: "Señora Sota de Espadas, disecadla, disecadla."
Entrecerró los ojos y anunció la anciana:
"Será disecada la princesa. Mas yo juro en el nombre de mis ancestros los magos que aparecen cuando llueve, que si alguien llegare a amar a Brunilda, se romperán las magias y volverá a la vida de los quince años de su edad y será bella y tierna como una manzana."
Sota de Espadaas, ordenó entonces al mono con que se tocaba a manera de gorro:
"Almanzor, toma a la princesa y sígueme."
Saltó el animalito de la cabeza de la anciana a la cuna.
"¡Dioses! ¡Soy tomada por un antropoide!"
"¡Qué dones habéis otorgado a la princesa! Tornarla sapo canoro, diversión de feria, globo viviente, medusa, arpía dolorida. ¡Ah! Caramelos brutalizados por vanidades y fiestas: contemplad vuesta obra; ved a este pobre engendro, a este tierno horror sufriente. ¡Qué cabeza! ¡Qué cabeza! Desde las destrucciones de Circe y de su sobrina Medea, nada se ha contemplado tan atroz y tan refinadamente torpe como esta criatura. Pero escúchenme: las voy a barajar, las copas y los bastos; y los caballos trotarán sobre vuestras cabezas: les espera el horror de las torturas cartománticas: lo sentencio yo, Sota de Espadas. Mil veces dije, aconsejé ordené que el trabajo y la construcción que no se comprenden cabalmente en sus causas y efectos consecuentes, no debe jamás emprenderse y levantarse. Las cartas se tiran sólo en gobernada y sabia mesa. Pero, en vano señalé que la magia y el orden de la naturaleza sutilmente se traban y tejen, se retuercen y anudan formando el tapiz suntuario de nuestra perosa tarea. En vano: estaban ustedes para no escucharme."
"¿Qué hacer de tí craturita dolorida? No puede deshacerse lo mudado: no camina nunca hacia atrás el tigre; inderogrables son los portentos. ¿Qué hacer? Sufres y sufrirás víctima de encantamientos: incongruente y desacompasada es tu naturaleza; todo está previsto en el orden de las cosas, y los dones en mala hora regalados, martirizan tus tiernas carnes y tu blanco espíritu. Para que las buenas disposiciones alcancen imperio han de estar bien acomodadas. ¿Qué hacer? Ha cuajado ya en ti la pesadilla de lo mágico y maravilloso..."
La armoniosa voz de Brunilda interrumpió a la anciana.
"Nada pido, señora de razones esmeradas, sino que termine mi sufrir. Si, como decís, sobrecargada estoy de benevolentes maleficios, volvedme señora al sueño oscuro de donde broté; haced, encarezo, mi vida, breve tránsito."
Enternecida, habló Sota de Espadas:
"Brunilda, niña, hija de reyes, tus peticiones escucho: ten valor y padece tus penas porque pronto terminarán. Reina joven, rey sabio: el dolor de Brunilda sólo puede cesar con el sueño. Así, ofrezco dormirla en el sueño profundo: propongo que Brunilda, la niña, sea por mí disecada. La taxidermia y sus agujas son la única salvación del dolor, porque es la disecación el humano recurso que puede enfrentarse victoriosamente a la magia."
Lloraron entonces el rey y la reina y los clérigos y feligreses y lloró el pueblo y los nobles señores venerables. El rey anunció entre sollozos: "Señora Sota de Espadas, disecadla, disecadla."
Entrecerró los ojos y anunció la anciana:
"Será disecada la princesa. Mas yo juro en el nombre de mis ancestros los magos que aparecen cuando llueve, que si alguien llegare a amar a Brunilda, se romperán las magias y volverá a la vida de los quince años de su edad y será bella y tierna como una manzana."
Sota de Espadaas, ordenó entonces al mono con que se tocaba a manera de gorro:
"Almanzor, toma a la princesa y sígueme."
Saltó el animalito de la cabeza de la anciana a la cuna.
"¡Dioses! ¡Soy tomada por un antropoide!"
Al frente marchó por la catedral Sota de Espadas mirando hacia uno y otro lado con ojillos feroces, detrás Almanzor, con la princesa echada al hombre, y los reyes; las cuatro hadas, muy juntas lloriqueando temerosas, cerrraban el cortejo.




