Llegué a el estacionamiento de la Wal-Mart con sólo cuatro minutos de retraso de la hora acordada, pero el tráfico era absolutamente ridículo. Mexicali no es una ciudad que se caracterice por un tráfico difícil, pero este domingo fue inaudito. La gente entraba al supermercado como si estuvieran regalando las cosas, si me perdonan la trilladísima expresión. El estacionamiento estaba a reventar (otra desgastada expresión, disculpen ustedes) y no pueden faltar los que se estacionan en doble fila o en lugares que impiden la circulación de los demás automóviles. Después de batallar, encontré estacionamiento, pero ya estaba un poco impuntual.
Crucé a través de un agujero que había en el cerco de malla ciclónica que separa el estacionamiento de la Wal-Mart con el tianguis que está a un lado. El gentío ya se veía caminando por todas partes. Había un pick-up exageradamente alto, modificado, por supuesto, con cuatro pochos arriba, esperando estacionamiento. Quedé de verme con Luis en la entrada que se encuentra justo a un lado de las vías del tren, pero no sabía cómo se veía.
Estando ahí, sospeché de un muchacho, así que marqué a su celular y él se llevó la mano al bolsillo. Antes de que pudiera contestar le pregunté: "¿Eres Luis?". Me respondió que sí. Le compré una tarjeta gráfica nVidia Geforce y una fuente de poder de 600 watts por mil pesos. No fue la mejor opción, pero la más adecuada a mi propósito.
Mientras caminaba hacia mi carro me puse a pensar que quizá me había estafado, y que cuando instalara el equipo en mi máquina, no funcionara.
Convirtiéndome en gamer a estas alturas. Todo sea por la ciencia.
* * *
No tenía un cable DVI, así que tuve que ir a un lugar donde pensé que habría: La Plaza Cachanilla. ¡Error! Para empezar, descubrí que ya no hay tiendas de electrónicos ni computación. Las opciones se volvieron raquíticas, así que me fui a las librerías (raquíticas también) para ver qué había de nuevo (no mucho).
Cuando caminaba por uno de los pasillos, la empleada de una casa se empeño me comenzó a hacer señas y a saludarme, lo cual por poco no notaba, ya que iba concentrado en el programa de radio que iba escuchando. Presté atención y caí en cuenta de que era una exalumna. Me acerqué a saludarla, feliz de verla de nuevo. Yo ya sabía que estaba trabajando en una casa de empeño mientras entra a la universidad, pero nunca me preocupé por preguntar en dónde estaba.
De pronto dijo que me iba a enseñar algo y salió corriendo hacia el fondo del local. Yo ya me sentía un poco incómodo por que el tipo que estaba sentado en la entrada se me quedaba viendo con mala cara, supongo que era el guardia o algo así, aunque no traía uniforme. La tienda estaba vacía, supongo que no había nadie más a quién vigilar. Volvió con su Blackberry con touchscreen. Ya he dicho que no me gustan las touchscreens: No quiero mi pantalla toda mugrosa. Por cierto, cada que muestro mi Kindle, la gente inmediatamente pasa sus grasientos dedos por la pantalla. Gracias, Steve Jobs: Ahora todo mundo quiere manosear todas las pantallas. ¡Qué mala costumbre!
Me mostró su celular por que algo me había preguntado al respecto por el messenger, ya no recuerdo ni qué. Intentó encenderlo, pero aparentemente se había trabado y la pantalla no salió del color negro. La conversación se agotó pronto y seguí mi camino dejando atrás los mostradores repletos de oro.
Ese encuentro me recordó que otra exalumna trabaja en una tienda de mascotas de la plaza. Fui hacia allá y me encontré con que estaba llena de gente que, supongo, quería regalar una mascota para navidad. Me puse a pensar que a mi no me gustaría que me regalaran animales, es demasiado trabajo, así que yo tampoco lo regalaría.
No quiero decir de quién estoy hablando, así que le inventaré un nombre: Estefanía. No es un nombre que me guste particularmente, pero es el primero que me viene a la cabeza. Cuando llegué, estaba tomando un hamster y poniéndolo en una cajita de comida china con agujeros en la parte de arriba. Apenas se podía caminar del gentío que estaba adentro, ya me había contado ella cómo se ponía, pero cuando menos algunos clientes compraban, normalmente van a reírse de los animales y golpear las peceras.
La vi tan apurada que solo la saludé, me vio y la dejé trabajando. Me fui de la plaza sin cable DVI, y con un libro bajo el brazo: La piel del tambor, de Arturo Pérez-Reverte. No es un libro particularmente bueno, pero habla sobre hackers. Todo sea por la ciencia