Hubiera sido otro día más de buscar trabajo en el anuncio clasificado por culpa de la crisis, pero encontré uno llamativo en la sección “Varios”, donde van a parar los mensajes más raros y absurdos. Leí las columnas de principio a fin. En parte por que no tengo algo mejor qué hacer, pero también para no dejar pasar ninguna oportunidad. Uno nunca sabe.
El anuncio decía: “Deseo cambiar traje de novia, ajuar y otros accesorios, por pistola en buen uso.” Confieso que de entrada el aviso me arrancó una sonrisa: Me sentí un poco mejor acerca de mi desempleo al comprobar que hay gente que la está pasando mucho peor que yo. Claro, eso me sucedió en aquel momento. Ahora no sé si reír al respecto, todavía tengo mis serias dudas. Ustedes dirán.
Tenía una pistola vieja que fue de mi abuelo. Él la tenía bien cuidadita en el rancho. Vino a parar a mis manos. Con los años que estuvo arrinconada aquí en la casa no podía afirmar que estuviera en buen estado. Había sobrevivido varias caídas, mudanzas y una inundación hace diez años. He perdido muchas cosas importantes a lo largo de mi vida pero la pistola siempre estuvo ahí, sin servirme de nada. Sólo entró en escena el día en que mi exesposa me amenazó con ella en uno de nuestros muchos pleitos. Me apuntó a la cara con mano temblorosa y me gritó que la tenía cargada. Puras mentiras, por supuesto. La abofeteé cuando me di cuenta de su engaño y le arrebaté el arma y si me disculpan que prefiero que ahí quede la historia.
Volviendo al anuncio. Pensé que podría intercambiar la inútil y posiblemente inservible pistola con la anunciante, pero ¿qué haría yo con un vestido de novia? Venderlo, supongo. Sobrevivir otro rato. Quizá también querría contratarme para asesinar al novio que la dejó plantada en el altar. Esa podría ser una entrada extra de dinero. En el peor de los casos tendría una buena historia qué contar.
Desde un teléfono público llamé al número que venía en el anuncio. Me contestó una mujer sombría. Me dio una dirección particular para que hiciéramos el intercambio y me pidió que lo mantuviera en secreto. ¡Como si no supiera! Vivimos en un país donde los únicos autorizados para poseer armas son los criminales y el gobierno.
Llegué. Era una casita de madera con muchas plantas. Cuando se abrió la puerta miré a una mujer de aspecto fúnebre, vestida con tonos oscuros y sin maquillaje. Yo llevaba la pistola escondida en mi chamarra.
Me pasó a su sala. El piso de madera rechinaba un poco. En una especie de maniquí sin extremidades el vestido lucía como nuevo. Como en escaparate de boutique, con el velo y toda la cosa.
-Supongo que querrá saber qué me propongo -dijo ella de golpe.
-No lo había pensado -mentí-, pero si gusta compartirlo, tengo tiempo.
Contó una historia sumamente genérica y predecible: Tuvo un novio, se amaban, su noviazgo duró años, eran la pareja perfecta, el amor de su vida, todo mundo se los decía. Planearon su boda. Sus vidas estaban resueltas. Hasta que el novio desapareció repentinamente dejándola en el altar el día de la boda. El momento más humillante de su vida, bla, bla, bla. Creo que hasta solté un bostezo mientras me lo narraba.
-Pero me vengaré, sé que lo haré -masculló de manera telenovelesca-. No importa lo que cueste o cuanto tarde hasta que la deuda quede saldada. Aquí es donde entra el arma, ¿entiende?
Asentí con la cabeza.
-¿Puedo verla? -preguntó. Se la mostré y la examinó entre sus manos- ¿Funciona?
-¡Claro que sí! -mentí- Está como nueva.
-Disculpe la indiscreción -me dijo- ¿qué piensa hacer con un vestido de novia?
-Voy a casarme en unos meses -mentí de nuevo-. Pensé que no sería de la talla de mi novia, pero ahora que lo veo creo que le queda perfecto.
-Ah... -exclamó.
El vestido era mucho más bonito de lo que había pensado, el intercambio fue una verdadera ganga. Los adornos eran brillantes y reflejaban la luz que entraba por las ventanas de manera espectacular. Era blanquísimo. La que lo vistiera se vería impresionante. Cuando me casé con mi exesposa batallamos para encontrar un vestido que se ajustara a nuestro bolsillo. Los precios estaban por la estratósfera. Tuvimos que conformarnos con un modesto vestido sin muchos adornos, muy diferente al que acababa de cambiar. Podría venderlo por buen dinero. Comencé a felicitarme por mi intercambio.
Estaba pensando cómo llevármelo sin maltratarlo. La cajuela de mi carro estaba sucia y llena de porquerías inservibles, ni pensarlo. El asiento de atrás estaba limpio, pero quizá no hubiera suficiente espacio. Quizá estaba tan desconfiado en esta transacción que nunca me puse a pensar que en realidad se concretaría. ¡No hice ningún plan para llevarme el vestido de vuelta!
-Su novia debe estar muy feliz -me dijo la mujer, sacándome de mis pensamientos.
-Muchísimo -repliqué sin prestar demasiada atención-, no puede esperar.
Abrí la boca para pedirle sugerencias a la dueña, ella debió traerlo a su casa de alguna u otra forma. Quizá tuvo experiencia moviéndolo varias veces, quién sabe. La vi apuntándome a la cabeza con la pistola. Me quedé todavía más embobado, sin entender lo que estaba sucediendo. No pude evitar soltar una pequeña sonrisa. Recordé la ridícula escena de mi exesposa haciendo exactamente lo mismo.
Sospecho que estaba tan embobado viendo el vestido y pensando en el transporte que no noté que cargó una bala en la cámara. Creo que mi abuelo hizo una compra muy buena, era muy exigente con las cosas que usaba. Digo esto por que la sombría mujer jaló el gatillo y sucedió algo de lo más gracioso: La pistola funcionó perfectamente.
Cuento escrito el verano pasado pero publicado hasta hoy.



2 comentarios:
Sencillamente, me gusta :)
¡Excelente! :D
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