El perfil del hombre y la cultura en México


A riesgo de que personas en diferentes flancos me quieran linchar, citaré tres párrafos de libros que me parece establecen cierta continuidad en la ambiciosa tarea de definir al mexicano. Quisiera aclarar que esta tarea de "definir" al mexicano, o reducirlos a sus elementos más esenciales ya es de por sí cuestionable. Es por ello importante considerar que cada obra es producto de su contexto y debemos aproximarnos a ellas con visión constructiva. Abróchence los cinturones, que allá vamos:




Samuel Ramos - El perfil del hombre y la cultura en México (1934)
La nota del carácter mexicano que más resalta a primera vista, es la desconfianza. Tal actitud es previa a todo contacto con los hombres y las cosas. Se presenta haya o no fundamento para tenerla. No es una desconfianza de principio, porque el mexicano generalmente carece de principios. Se trata de una desconfianza irracional que emana de lo más íntimo del ser. Es casi su sentido primordial de la vida. Aun cuando los hechos no lo justifiquen, no hay nada en el universo que el mexicano no vea y juzgue a través de su desconfianza. Es como una forma a priori de su sensibilidad. El mexicano no desconfía de tal o cual hombre o de tal o cual mujer; desconfía de todos los hombres y de todas las mujeres. Su desconfianza no se circunscribe al género humano; se extiende a cuando existe y sucede. Si es comerciante, no cree en los negocios; si es profesional, no cree en su profesión; si es político, no cree en la política. El mexicano considera que las ideas no tienen sentido y las llama despectivamente "teorías"; juzga inútil el conocimiento de los principios científicos. Parece estar muy seguro de su sentido práctico. Pero como hombre de acción es torpe, y al fin no da mucho crédito a la eficacia de los hechos. No tiene ninguna religión ni profesa ningún credo social o político. Es lo menos "idealista" posible. Niega todo sin razón ninguna, porque él es la negación personificada.



Octavio Paz - El laberinto de la soledad (1950).
La palabra chingar, con todas estas múltiples significaciones, define gran parte de nuestra vida y califica nuestras relaciones con el resto de nuestros amigos y compatriotas. Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado. Es decir, de humillar, castigar y ofender. O a la inversa. Esta concepción de la vida social como combate engendra fatalmente la división de la sociedad en fuertes y débiles. Los fuertes —los chingones sin escrúpulos, duros e inexorables— se rodean de fidelidades ardientes e interesadas. El servilismo ante los poderosos —especialmente entre la casta de los "políticos", esto es, de los profesionales de los negocios públicos— es una de las deplorables consecuencias de esta situación. Otra, no menos degradante, es la adhesión a las personas y no a los principios. Con frecuencia nuestros políticos confunden los negocios públicos con los privados. No importa. Su riqueza o su influencia en la administración les permite sostener una mesnada que el pueblo llama, muy atinadamente, de "lambiscones" (de lamer).



Heriberto Yépez - La increíble hazaña de ser mexicano (2010).

La sociedad mexicana vive hoy el auge de lo norteño. Anteriormente, se le consideraba inferior a lo mesoamericano -incluso el vocablo chichimeca se empleaba con una connotación despectiva- y, más tarde, como sinónimo de lo que está contaminado por lo norteamericano. Hoy, en cambio, lo norteño tiene prestigio entre las masas.
    El auge de lo norteño se debe a su autocomplacencia hacia la imagen del México pretérito. Lo norteño simboliza lo bárbaro, lo ranchero, lo auténtico, una nueva relación -¡ajúa!- con el mismo pasado general mexicano.
    Lo norteño se está usando como un regreso al verdadero mexicano. Una autoseducción de vuelta a nuestros peores prejuicios, sobre todo el machismo.
    Tal y como sucede con el narco, fenómeno que no se debe tanto a la adicción a sustancias enervantes sino a la dependencia a funciones culturales que la droga ayuda a mantener vigentes. La droga evita que ciertos roles tradicionalistas se caigan a pedazos, de la misma manera en que otros se caerían a pedazos sin la música autovictimizadora o las telenovelas o la Iglesia católica.
    ¡La cultura mexicana se ha convertido en una apología de la inercia!
    La música de banda y la música norteña en general se han convertido en la nueva música popular mexicana porque lo norteño simboliza el amor a los valores viejos: el heroísmo machista, la mujer como objeto sexual y motivo de sufrimiento, o la mujer como nueva macha despiadada -algo que comenzó con Paquita, Chavela, Lupita D'Alessio y terminó con Carmen Salinas y Jenny Rivera- y toda suerte de rasgos brutales, elementales, vulgares, que le permiten al mexicano creer que lo mejor es lo más auténtico y lo más auténtico es lo que no está para nada refinado. "Lo refinado es lo falso", lo corriente es lo más neto, lo más chingón, nosotros los populares somos lo más fregón. No avanzar es lo mejor.

Cierro con una cita de Samuel Ramos: "Los hombres no acostumbrados a la crítica creen que todo lo que no es elogio va en contra de ellos, cuando muchas veces elogiarlos es la manera más segura de ir en contra de ellos, de causarles daño".

Hacker public radio - Spics on tech


This is an interesting webpage devoted to syndication of podcasts with hacker-related themes, kind of a response to NPR (National Public Radio). A guy from Tijuana, very sympathetic to the hacker movement, invited me to a very rushed episode recorded via Skype. It's in english, so if you can stand my annoying mexican accent (and I mean annoying) give this a good listen and send some feedback. So far the comments have been positive, and most people is really surprised to find hacker activity in Mexico.



Link to the episode: http://hackerpublicradio.org/eps.php?id=0710

Sobre el Kindle


Ahora que tengo un poco de tiempo, quisiera hablares por fin del Kindle, un lector electrónico de libros que me compré el año pasado. Ya tengo basante experiencia utilizándolo y es parte de mi rutina cotidiana. Espero ofrecerles todo lo que necesitan saber y que no se menciona en reseñas o comerciales.

Ya había escuchado de lectores de este tipo. Inmediatamente llamaron mi atención. Cuando era adolescente solía imprimir toneladas de textos para leerlos cómodamente. Es un verdadero problema: Gracias a internet podemos accesar a información prácticamente ilimitada, pero ¿dónde la vamos a leer? Como todos sabemos, leer en el monitor de una computadora es muy cansado, digan lo que digan. Creo que por eso necesito lentes, y más cuando leía en los monitores CRT viejos.

Lo que hacía para economizar en impresiones era comprar hojas de "oruga" por caja e imprimir con una impresora de matriz de puntos en modo económico. Aún me parece una buena opción para tener textos impresos que sean únicamente para uso personal. Sin embargo, esas hojas se iban acumulando.

Con el tiempo llegaron los PDFs y otros formatos de libros que no podían ser impresos en matriz de puntos. Migré a las impresoras láser y a veces imprimía libros completos bajados de internet, engargolados y demás.


Otra opción era el leer los libros en mi calculadora de bolsillo TI-89. Tenía que convertirlos dolorosamente a un formato especial, y la pantalla es diminuta. No servía mucho para libros en español ya que no tenía acentos. Así me leeí varios libros como 2001: A space odyssey, Childhood's end, El hombre duplicado y los de Harry Potter. Yo creo que con eso aumenté más la graduación de mis lentes.

Por eso cuando escuché sobre el Kindle me pareció un dispositivo obvio: Un lector electrónico. Un aparato que de una vez por todas resolvería el problema de tener millones de libros en la computadora y no poder leerlos cómodamente. Las primeras versiones no aceptaban PDFs y eran bastante limitadas, así que las ignoré, hasta que llegó la tercera.

Antes que nada: Funciona, ha resuelto mi problema. Me hubiera gustado tenerlo hace quince años. Es un producto tan bueno que estoy pensando en deshacerme de todos mis libros físicos. Bueno, casi todos.

Vamos por partes: La pantalla es lo que hace al producto. La comparación más cercana que puedo hacer es con un muy avanzado Etch-a-sketch. El fondo no es precisamente blanco, es más grisáseo para no cansar la vista, y las letras e imágenes se tardan un poco en dibujarse. En ese sentido es una pantalla "lenta", cambiar de página puede tomar un cuarto de segundo o algo así.

Las pantallas de laptops, celulares y computadoras en general, tienen retroiluminación. De lo contrario no podríamos ver nada. Al estar encendidas gastan batería y cuando nos encontramos a plena luz del sol no podemos ver nada. El Kindle funciona diferente: Si estamos en el sol veremos mejor, y la pantalla sólo gasta energía cuando cambiamos de página, ya que es cuando se "redibuja" la pantalla. Esto hace que su batería pueda durar hasta un mes y no estemos revisando constantemente la carga disponible. Eso sería un gran distractor mientras leemos un libro largo.

Frecuentemente escucho que se le piden cosas al Kindle que no tiene por qué ofrecer. Ya había comentado que todos quieren pasarle el dedo por encima como si fuera touchscreen. Otros preguntan el por qué está en blanco y negro. Otros quieren entrar a Internet y chatear. Buscan dónde está la webcam. ¿Toma fotos? Dicen: "¡El iPad está mejor!".

El Kindle no es un iPad, es para leer. No tiene por qué ofrecer colores, no tiene por qué entrar a Internet, nada tienen que hacer nuestros dedos en su pantalla. Es más, si lo hace, lo consideraría un peor producto. Si esto no te suena lógico, el Kindle no es para ti. Es curioso también que tiene bocinas integradas y un micrófono, pero nunca he sentido la necesidad de utilizarlas: Únicamente leo. No quiero nada que me distraiga de mi lectura, ni siquiera muestra la hora mientras uno lee. No me interesa tener un iPad por que me gusta escribir y leer mucho. No me siento cómodo con los teclados en pantalla ni leyendo en monitores LCD.

Bien, ¿qué formatos acepta el Kindle? Por supuesto que Amazon creó su propio formato, que es el que mejor funciona. Nos permite cambiar el tipo de letra y el tamaño, así como subrayar el texto y compartirlo en Twitter o Facebook. Es, definitivamente, la mejor opción para leer un libro en el Kindle.

La segunda mejor opción sería un archivo de texto simple (*.txt). Nos permite todas las libertades del anterior, con la desventaja de que no hay texto en cursivas ni títulos en negritas y ese tipo de cosas. Es puro texto, pero funciona muy bien.

Una tercera opción son los PDFs, que funcionan muy, muy bien, aunque existen sus matices. Un PDF de un libro mal escaneado no será una buena opción para leer en el Kindle, por que no te dejará subrayar ni hacer notas, pero se puede. Los PDFs con varias columnas a veces son una pesadilla de leer, hay que estar moviendo el cursor por toda la página para poder hacerlo. Los PDFs que tienen dos páginas en la misma hoja también resultan particularmente nefastos. Para todos estos problemas ya he encontrado algunas soluciones, pero aún así puede ser complicado en ocasiones. Con la mayor parte de los PDFs no hay ningún problema.

Otra de las cosas que me sorprende es la resistencia enorme que encuentro hacia el Kindle. Sobre todo por parte de lectores intensos: "No ocupo eso, me gustan los libros". O la típica y cursi: "Me gusta el olor de los libros". Yo ya no sé qué hacer con tanto libro en mi casa. Acumula demasiado polvo, me quita espacio para otras cosas. El libro es únicamente el formato impreso de la información que contiene. Ahorita estoy planeando deshacerme de todos los libros físicos que tengo y que se encuentren en el dominio público, ya que son fácilmente descargables en cientos de sitios.

El Kindle y el resto de los lectores electrónicos no significan que el libro tenga que morir. Hay otros elementos que están alterando la distribución del libro, como los sistemas de impresión bajo demanda como Amazon o Lulu. Si acaso se transformará la industria editorial.

La maestría que estoy cursando me exige leer muchísimos textos. El semestre pasado, cuando no tenía el Kindle, acumulé una cantidad increíble de copias, sin contar la inconveniencia de ir a la papelería, dejar los libros, esperar a que los copien y pagar el engargolado. Este semestre la carga de papel que se acumula en mi casa ha sido mínima.

Ahora: Las molestias. ¿Qué es lo malo del Kindle? Algunas cosillas.

Primero, uno puede comprar libros electrónicos en Amazon, pero creo que aún están demasiado caros. Además, incluyen DRM, por lo que no podemos sacarlos de nuestro dispositivo para compartirlos o pasarlos a nuestra propia computadora. Tache.

El teclado no tiene números. La verdad, se echan de menos. La versión pasada si los tenía, supongo que quisieron hacerlo más compacto. ¡Son necesarios!

El sistema de notas y subrayado no está lo suficientemente avanzado para mi gusto. Me gustaría poder consultar mis notas en cualquier parte y ver un listado más fácil de navegar. Espero que esto mejore con el tiempo.

Creo que no tengo mucho más que decir. Si me acuerdo de otra cosa luego la escribo.

He aquí una entrevista reveladora con el creador.

Materiales para un análisis cultural del movimiento hacker

 Resumen
El presente trabajo intenta hacer un breve recuento del movimiento hacker a lo largo de su historia y plantear algunas interrogantes a ser resueltas si se pretende estudiar un movimiento éste a través de las herramientas proporcionadas por la sociología de la cultura para, posteriormente, presentar posibles soluciones. Fue entregado como ensayo final para la materia "Sociología de la cultura" dentro de la Maestría de Estudios Socioculturales del Centro de Investigaciones Culturales-Museo durante el periodo 2010-II.

Consideraciones preeliminares
La sociología de la cultura es una confluencia de conceptos e intereses desarrollados en otras disciplinas como la antropología, e finalmente vienen a incorporarse a la sociología en la primera mitad del siglo XX como respuesta a la sociología más tradicional que deja el lenguaje, la comunicación y el arte como elementos marginales o periféricos dentro de sus estudios (Williams, 1983)⁠. El objetivo de esta corriente dentro de la sociología es el investigar abiertamente sobre estas relaciones, de una forma mucho más central y significativa para sus resultados.

Desde este punto de vista, el elemento cultural obtiene un protagonismo dentro de la sociología de la cultura, desde su propia denominación, así que una tarea importante es la definición del concepto de “cultura”, lo cual de entrada ya presenta el primer problema.

El análisis del cambio conceptual es una tarea importante para Margarita Olvera Serrano, quien considera que la perspectiva histórica es importante para una comprensión de los conceptos, que no son estáticos y han ido cambiando de acuerdo al contexto y disciplina que los trabaja: “Los sociólogos frecuentemente hablamos de los conceptos y categorías que forman parte de nuestro patrimonio de conocimiento como si éste fuera algo fijo y estable. En realidad no lo es” (Serrano, 2007, pág 48).

Bajo esta perspectiva, me parece pertinente la diferencia que marca Sewell (citado por Gimémez, 2002) en cuanto a el concepto de cultura y su definición a lo largo del tiempo en diferentes disciplinas. El autor nos ofrece dos sentidos diferentes de este término:

En el primero, la cultura es una categoría teóricamente definida o un aspecto de la vida social que debe abstraerse de la compleja realidad de la existencia humana. [...] En este sentido, la cultura, en cuanto categoría analítica abstracta, solamente se enuncia en singular. [...] En el segundo sentido, la cultura designa un mundo delimitado y concreto de creencias y prácticas. En esta otra dirección la cultura se considera como perteneciente a una “sociedad”. (Sewell, 2002, pág. 374)

Esta distinción es de suma importancia ya que autores diferentes pueden apelar a cualquiera de estos sentidos, lo cual trae implicaciones de interpretación y el investigador que desee introducirse en el campo de la cultura debe definir su postura. Sewell opta por el primer sentido.

Para Alexander (2008), el término “sociología de la cultura”, asumiendo el primer sentido del término, implica una práctica similar a la crítica que hace Williams a la sociología tradicional: Dejar de lado la cultura como un aspecto separable de la experiencia humana y estudiarla como un objeto aparte. “Todo subsistema especializado de la sociología debe tener una dimensión cultural”, afirma, “hablar de sociología de la cultura supone aludir exactamente al punto de vista opuesto. En éste, la cultura debe ser explicada [...] por algo, que queda completamente separado del dominio del significado” (Alexander, 2008, págs. 31-32). La alternativa, sugiere, es hablar de “sociología cultural” que implica la idea de que todo fenómeno social tiene una dimensión cultural.

Retomo las discusiones anteriores por que el investigador que intente hacer estudios culturales sobre un fenómeno debe fijar su postura ante el concepto de cultura y reconocer que el término ha tiene una historia que debe ser contrastada con el presente. Según Laura Moya López (2007), cada disciplina “aspira a reconstruir sus herencias intelectuales”, por lo que la identidad disciplinaria es un elemento importante al recuperar conceptos interdisciplinariamente, o podríamos dejar de lado elementos que podrían cegar nuestra visión.

Prácticas hacker
Es muy posible que el imaginario popular del hacker aún conserve la connotación negativa, que se refiere a un criminal informático (Levy, 1984; Meyer, 1989; Sterling, 1992; Thomas, 2002), pero es necesaria una revisión más detallada de la evolución del movimiento y las prácticas, para contextualizarlas y ver si siguen operando. En caso contrario, para describir el fenómeno y sus diferencias.

La generalización del hacker como criminal invisibiliza muchas otras prácticas no criminales que también pueden ser asociadas al término “hacking”. Así mismo, conociendo la genealogía de los principios de los hackers, podemos ver que los orígenes de sus motivaciones no son criminales (Himanen, 2001), por lo que el hacking debería ser analizado dentro del contexto social y cultural en el cual se origina este movimiento y, como menciona Thomas (2002), con una reinterpretación del hacking como una manifestación cultural en vez de una práctica técnica. Esto sin dejar de lado que, en efecto, las prácticas hacker involucran algunos actos que se encuentran fuera de la ley y, cuando no lo están, en algunas ocasiones han motivado legislaciones que las prohíben.

Bajo esta misma lógica, las prácticas de exploración ilegal de sistemas y telecomunicaciones también invisibilizan otras que se realizan de manera presencial como las convenciones, hackerspaces, LAN Parties y otras. Para comprender las raíces se requiere hacer una revisión breve del movimiento a lo largo del tiempo.

Los hackers surgieron dentro de un club de aficionados a los ferrocarriles en miniatura, dentro del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) a finales de la década de los cincuenta (Levy, 1984), en el cual los individuos que encontraban soluciones ingeniosas a problemas de circuitería y electricidad eran llamados hackers. El hack, es decir, la solución o invención ingeniosa, era la práctica que les concedía tal estatus y mientras más productivos fueran, bajo esta lógica, obtenían mayor reputación por parte de sus iguales.

Algunos de los integrantes de este club, llamado Tech Model Railroad Club (TMRC) se interesaron por la programación de computadoras y migraron al departamento de inteligencia artificial, donde el término hack se reconfiguró para aplicarse ahora a los códigos de programación, aunque la definición era lo suficientemente amplia como para referirse a bromas inofensivas, o actividades de carácter más bien lúdico que también incorporaban elementos ingeniosos o habilidades técnicas avanzadas. Aquellos primeros hackers intentaban comprender el funcionamiento de computadoras a las que tenían acceso restringido, y cuyas capacidades son mucho menores a las de hoy en día (Levy, 1984). Los hackers más apasionados manifestaban la frustración de no poder acceder directamente a las costosas máquinas de la época, y tener que hacer la programación en base de intermediarios que eran las personas capacitadas por el fabricante para el manejo y mantenimiento de las computadoras.

Las prácticas y el ambiente de esta primera etapa se ha podido retomar mediante entrevistas y evidencias de otro tipo (código fuente, notas, etc.), pero no existe una verdadera labor histórica o antropológica sobre ese periodo en específico.
Al final de cuentas, Levy describe una ética característica que motivaba las acciones de los primeros hackers, y constituye el principal punto de acuerdo entre los autores que escriben sobre el tema y una de las características más importantes que definen al hacker. Los puntos descritos por el autor son los siguientes:

1) Toda la información debe ser de libre acceso.
2) El acceso a los ordenadores (y a todo aquello que nos pueda enseñar algo acerca de cómo funciona el mundo) debe ser ilimitado y total.
3) Desconfía de la autoridad. Promueve la descentralización.
4) Un hacker debe ser valorado por sus “hacks”. Es decir, por la calidad de sus diseños y programas, no por criterios falsos y postizos como las titulaciones académicas, la raza o la posición social.
5) Un hacker puede crear arte y belleza con un ordenador.
6) Los ordenadores pueden mejorar nuestras vidas. (Levy 1984: Contreras 2004, p. 33)

Las primeras prácticas hacker, entonces, eran guiadas por este conjunto de principios generales. A partir de su publicación y divulgación, la referencia para los mismos hackers ha sido más clara, y no es difícil encontrar individuos que afirmen apegarse a los puntos de la ética. A pesar de esto, el hacker que siga al pie de la letra la ética debe ser considerado un “tipo ideal” ya que en la realidad las motivaciones de sus acciones son más complejas y una análisis más detallado de las prácticas revela discrepancias y contradicciones. Sin embargo, algunos hackers actuales, como Richard Stallman, son más tradicionales en el sentido de que pretenden continuar con la tradición de los hackers del MIT.

El desarrollo de la computadora personal, su abaratamiento, miniaturización y, sobre todo, la invención del microprocesador, implicó que las computadoras salieron del ámbito universitario, gubernamental y empresarial para introducirse de manera gradual en la vida cotidiana de las personas. La invención de la computadora personal por parte de Steve Jobs y Steve Wozniak durante los años setentas es uno de los referentes más importantes de la cultura hacker y constituye, en palabras de Castells (2006, pág. 70), “la leyenda fundadora de la Era de la Información”. Wozniak es otro individuo que se dice seguidor de la ética del hacker y sus logros dentro de la electrónica y la informática son todavía son admirados por la mayor parte de la comunidad hacker.

La popularización de las computadoras significó que las prácticas pudieron difundirse y multiplicarse en diferentes regiones del mundo, sin necesidad de depender de instituciones educativas o empresariales, con el tiempo y la libertad suficiente de explorar el sistema sin restricciones.

Sin embargo, algunas de las prácticas no involucran computadoras personales. Un ejemplo claro sería phreaking, que consiste en la exploración del sistema telefónico para encontrar sus fallas y funciones ocultas. Uno de los phreakers más prominentes fue Captain Crunch, llamado así por descubrir que un silbato que venía de regalo en un cereal del mismo nombre emitía un sonido de 2600 hertz, la misma frecuencia que la compañía telefónica utilizaba como señal en sus teléfonos públicos y que al silbar por el auricular permitía hacer llamadas gratis. Posteriormente vendrían una serie de inventos como la blue box que permitía hacer llamadas gratis mediante otros métodos (Goldstein, 2008). Sin embargo, éstos hallazgos no fueron utilizados con fines de lucro y los mismos phreakers justificaban sus acciones bajo la premisa de que querían saber cómo funcionaba el sistema (Levy, 1984).

Cabe destacar que durante los años setentas el principal modo de comunicación de los hackers eran las reuniones de aficionados, a la manera de la Homebrew Computer Club, donde los asistentes presentaban sus nuevos experimentos o “hacks” a los demás, boletines impresos y encuentros en tiendas de computadoras, donde podían intercambiarse información y software.

Sobre este último punto, la propiedad del software era todavía un área gris a principios de los años setentas. El paradigma de IBM afirmaba que el verdadero valor se encontraba en el dispositivo electrónico, que en sus orígenes tenía un costo tan elevado que eran rentado a las instituciones que los necesitaban, ofreciendo también personal capacitado, mantenimiento y soporte técnico (Zittrain, 2008)⁠. El software escrito para estas grandes computadoras era tan especializado que no había preocupación por registrar su propiedad, ya que nadie más podría utilizarlo sin poseer las computadoras. Esto cambió con la llegada de la computadora personal, donde el software era compatible entre máquinas del mismo fabricante, y las estrategias de copia eran tan sencillas que la motivación por comprar el software no era muy grande. Por otra parte, los hackers, desde sus inicios, habían considerado el software como propiedad comunal, de manera que cualquiera podía hacerle cambios o mejoras sin necesidad de permiso del creador (Levy, 1984).

Al abrirse un mercado para el desarrollo de software para computadoras personales, surgió la práctica de la piratería, que consiste en copiar ilegalmente el software para compartirlo sin pagar derechos a los creadores. Es un fenómeno sumamente complejo que inició las tácticas por parte de los desarrolladores contra el copiado ilegal de sus programas, obteniendo como respuesta grupos e individuos que dedicaban parte de su tiempo a romper estas protecciones y distribuir el software de manera gratuita (Polgár, 2008)⁠. Uno de los conflictos aún mencionados dentro de la comunidad hacker, fue la carta abierta que publicó un hacker de nombre Bill Gates, Open letter to hobbyists (1975) que exortaba a la comunidad de aficionados a no copiar el paquete BASIC desarrollado por su pequeña empresa Micro-Soft, alegando que al no recibir remuneración adecuada debido a la copia indiscriminada, los programadores no tienen motivación de crear buen software.

Este conflicto no ha sido resuelto aún y Microsoft, convertida ahora una compañía multimillonaria, sigue creando estrategias para evitar la piratería. La postura de los hackers tradicionales fue el movimiento de software libre, encabezado filosóficamente por gente como Richard Stallman y Eric S. Raymond, que implica que el software no debe tener dueño, por lo tanto debe ser gratuito, libre distribución, y que el código fuente debe estar visible para cualquiera que desee consultarlo o modificarlo si así lo desea (Himanen, 2001). Uno de los productos más importantes de esta filosofía es Linux, un sistema operativo libre y multiplataforma. Microsoft intenta descalificar a Linux y los impulsores de éste intenta descalificar a Windows, el sistema operativo de Microsoft, líder en el mercado (Thomas, 2002).

Las personas aficionadas a romper la protección del software son conocidos frecuentemente como crackers, aunque este término también es utilizado indistintamente para personas que entran a sitios de Internet con fines maliciosos. En su concepción general, implica prácticas ilegales. Los crackers pronto llegaron a asociarse en grupos que distribuían el trabajo de acuerdo a las habilidades, y para pertenecer a ellos era necesario pasar por un rito de paso que normalmente involucraba el “crackear” un software en específico para demostrar las habilidades necesarias (Meyer, 1989; Polgár, 2008)⁠. Con frecuencia, el software “crackeado” incluía una breve introducción animada que se mostraba automáticamente al inicio y que anunciaba quién había sido el grupo responsable del crack. Estas animaciones comenzaron a hacerse más complejas, en parte para mostrar un nivel de habilidades superior al de otros grupos, hasta el punto en que se hacían ya no para introducir los cracks, si no por diversión y competencia. Esta práctica es conocida como la demoscene, y con el tiempo ha logrado distanciarse casi totalmente de la piratería.

Con la llegada de los modems, dispositivos que permiten el envío de información digital a través de líneas telefónicas tradicionales, y los BBS (Bulletin Board System), sistemas de tablones de anuncios virtuales, los hackers de diferentes partes del mundo encontraron formas de comunicarse e intercambiar información. Es notable que dentro de algunos círculos se utilizaba el intercambio de disquetes mediante el correo tradicional, inclusive a través del Atlántico (Polgár, 2008)⁠.

Las nacientes redes informáticas dieron pie a la creación de nuevas prácticas como los LAN Parties, reuniones dónde cada asistente lleva una computadora y todos se interconectan en red para compartir información y participar en videojuegos multijugador (Polgár, 2008)⁠. Algunos de estos eventos se combinan con concursos de la demoscene con miles de asistentes.

Durante los años ochentas, varios eventos sacaron la palabra “hacker” del pequeño grupo de aficionados a las computadoras y lo transportaron al imaginario colectivo. Los hackers hicieron sus primeras apariciones en películas, novelas e incluso en el periodismo. La novela ciberpunk de William Gibson, Neuromancer (1984) habla sobre un futuro distópico donde los hackers son espías expertos en tecnología al servicio de mercenarios; Aparece el libro periodístico de Steven Levy, Hackers, heroes of the computer revolution (1984); La película Wargames (1983) tiene como personaje principal a un joven hacker que buscando videojuegos accede por error a una supercomputadora militar a cargo de las estrategias para la guerra fría, casi desencadenando la tercera guerra mundial; aparece la novela basada en hechos reales The cuckoo's egg (1989) que describe el caso de un hacker que logra introducirse a sistemas militares y de alta importancia para el gobierno de Estados Unidos y cómo es rastreado por un administrador de sistemas de Berkeley; por otra parte, el aparato de justicia de Estados Unidos comenzó acciones en contra de hackers, notablemente la serie de redadas conocidas como The hacker crackdown, y que culminaron en arrestos, confiscaciones de equipo y juicios, documentadas en el libro del mismo nombre por Bruce Sterling (1992).

Los ejemplos antes mencionados son sólo algunos de los muchos elementos que hicieron que los hackers se incorporaran al imaginario colectivo, pero por supuesto que estos elementos también influyeron dentro de la comunidad, sobre todo en cuestiones identitarias como se discutirá más adelante.

En los ochentas también Internet comienza a alcanzar cierta relevancia, aunque está lejos de entrar en la vida cotidiana de las personas, sin embargo ya servía a los hackers para sus interacciones, organización y para la distribución de archivos de información (llamados philes), paquetería de software pirata (llamados warez), herramientas para el hacking y notablemente revistas en formato electrónico sobre noticias e información sobre el llamado “underground” informático. Estas revistas son denominadas e-zines (electronic magazines) y proliferaron de manera gratuita, generalmente eran compiladas por grupos específicos y sus temas eran generalmente especializados: Hacking, cracking, phreaking, demoscene, etc. Uno de los ejemplos más paradigmáticos de las e-zines es la revista Phrack, que inició en 1985 y continúa en la actualidad con 67 números.

Ya para los años noventas, el hacker es una figura mucho más reconocida por el público, en parte también por la incorporación del personaje a las ficciones de los medios de comunicación masiva como el cine y la televisión. Uno de los casos paradigmáticos que moldearían la idea del hacker durante los años noventas es Kevin Mitnick, un hacker perseguido por las autoridades por algunos delitos informáticos, sentenciado y puesto en libertad condicional, la cual violó para vivir un tiempo como fugitivo (Littman, 1996)⁠. Fue capturado finalmente en febrero de 1995. Pronto se publicaría la novela Takedown (Shimomura & Markoff, 1996)⁠, que trata sobre la relación entre Tsutomu Shimomura, un experto en seguridad informática de San Diego, y Kevin Mitnick. Un libro posterior, The fugitive game (1996) de Jonathan Littman, cuestionaría muchas de las afirmaciones de Takedown, alegando que nunca se entrevistó a Mitnick para crear su retrato y personaje, además de que los crímenes documentados en él nunca pudieron imputarse al hacker en cuestión. Estos argumentos pasaron a segundo plano cuando el periodismo reportaba los hechos, ya que se daba por sentado que el hacker, debido la representación criminal del mismo, era capaz de esos crímenes. La ignorancia general en materia de seguridad informática, redes y programación creaban un temor colectivo hacia la figura del hacker. Esto puede verse reflejado en el trato que tuvo el mismo Mitnick, quien pasó cuatro años y medio en la cárcel, sin juicio, y ocho meses en aislamiento solitario debido al miedo de que lograra cometer crímenes informáticos a través del teléfono.

Thomas (2002) opina que durante esta etapa hubo un énfasis en asociar la práctica hacker con una compulsión por el uso de la tecnología, una adicción similar a la de usuarios de drogas, bajo el supuesto de que no pueden. Esto puede verse reflejado en las sentencias a varios hackers como el mismo Mitnick, quien en las condiciones de su libertad condicional estaba la prohibición del uso de computadoras (ni siquiera cajas registradoras) y Kevin Poulsen, quien no podía siquiera estar en la misma habitación donde hubiera una computadora.

También durante los noventas, debido a la popularización de Internet, comenzaron los notorios defacements, o modificaciones no autorizadas de sitios web donde se cambiaba la apariencia normal para mostrar mensajes, consignas e incluso protestas (Goldstein, 2008; Zittrain, 2008)⁠. Muchos de estos mensajes incluían saludos para otros hackers y frases retadoras para los administradores de sistemas, para el mismo gobierno o incluso parodias del sitio original.

A partir del año 2000 aproximadamente, después de la falsa alarma del error informático del milenio (Y2K), el panorama cambió de nueva cuenta debido a el incremento del acceso a Internet de la población mundial, la creación de estrategias y políticas de seguridad más efectivas y sitios web más dinámicos, denominados Web 2.0. También hubo un cambio conceptual del término hacker debido a la publicación del libro filosófico La ética del hacker y el espíritu de la era de la información (2001) de Pekka Himanen, que pasa por alto casi totalmente el aspecto criminal del hacker para reconceptualizarlo dentro de la Era de la Información (Castells) como un individuo que posee una ética de trabajo diferente a la que se podría esperar dentro de una lógica capitalista, motivados no por el lucro, si no por el conocimiento, la pasión y el gusto. Esta visión ha sido la visión más recuperada a principios del siglo XXI, y varios factores se suman a ello. Las nuevas tecnologías de la información han llegado a gran parte de los ámbitos de la vida cotidiana de los ciudadanos de diferentes partes del mundo (sin olvidar que aún existen áreas desconectadas y marginales), así que el hacker no se convierte en algo amenazante por el simple hecho de poseer saberes secretos sobre computadoras (Thomas, 2002), si no por la utilización reflexiva de éste para fines destructivos.

De igual forma, individuos fuera del underground informático obtienen beneficios inmediatos gracias a prácticas de origen hacker: La piratería de software, las redes de compartición de archivos Peer-to-peer (P2P) iniciadas por Napster y que no poseen un servidor centralizado. Recientemente Wikileaks, que pretende liberar información confidencial que puede tener importancia para el ciudadano promedio, bajo la premisa de que no deberían existir secretos dentro de los gobiernos. Las protestas sociales o inconformidades acerca del orden social frecuentemente terminan en defacements o la creación de plataformas de crítica anónima, como se ha visto recientemente en Venezuela, Chile, Perú y en menor medida en México.

El hacker, podemos ver, es un individuo en constante cambio, cuya autodenominación y heterodenominación responden a necesidades específicas del contexto temporal, pero también a un componente tecnológico específico. El estadio de desarrollo de la tecnología y su uso es un componente vital para comprender las prácticas del hacker y su visión del mundo.
 
Me he extendido a la hora de hacer este recuento, que aún así me parece breve, debido a lo incompleto que resultan los rastreos históricos en el resto de la bibliografía sobre el tema. Por supuesto, cada obra busca sus propios objetivos, pero para hacerlo dejan de lado elementos importantes.

Incorporando la dimensión sociocultural a el estudio de los hackers
Al hacer una revisión rápida de los hitos de la cultura hacker, es notoria lo invisible de grandes regiones del mundo. La ausencia en este recuento de México, en especial, y otros países latinoamericanos no es intencional. Si hay poca bibliografía acerca del movimiento hacker en países como Estados Unidos, es prácticamente inexistente en México, de no ser por los documentos que los mismos hackers generan y el periodismo (generalmente desinformado) que habla sobre el tema.

En primer lugar, los libros sobre hackers, y me refiero a los referentes de mayor peso, intentan comprenderlo desde países con economías desarrolladas y estructuras sociales mucho menos conflictuadas que aquellas de América Latina. Extrapolar automáticamente los elementos culturales hacia éstos otros contextos, marginales tecnológicamente hablando, sin esperar una reconfiguración de las prácticas e identidades es sumamente ingenuo. Desde este punto de vista, ¿cómo puede comprenderse la práctica hacker en un país como México, donde la mayor parte del país no tiene computadora en su casa? Esto plantea preguntas que vale la pena responder.

Para Canclini (2007), existen varios tipos de desigualdades que no sólo se pueden referir a la lucha de clases o al racismo, existe también desigualdad en el consumo que provoca acciones por parte de los individuos: “Se está volviendo «normal» acceder a los bienes materiales y simbólicos apelando a vías ilegales, o al menos no incluidas en la organización «oficial»” (García Canclini, 2007, pág. 113). Una de estas prácticas es la utilización de redes de compartición de archivos para conseguir música pirata sin costo. El discurso dominante del copyright, tan criticado por la cultura hacker, también ha perdido fuerza debido a la piratería y nuevos medios de distribución de los bienes culturales.

Mediante estos ejemplos intento plantear la idea de que las prácticas hacker son significativas a partir de un contexto sociocultural amplio. Es muy difícil asumir como igual la identidad hacker de un individuo en Varsovia que en el Distrito Federal, sus motivaciones y autodenominación podrían tener orígenes diferentes, aunque elementos en común. Es por ello que el analizar la cultura hacker en la actualidad me parece que tiene el reto de encontrarse con identidades mucho más difusas. Ahora no sólo los grandes aficionados a la informática comparten información, utilizan software pirata o hacen LAN Parties. Estas prácticas se han naturalizado desde este contexto donde las TICs parecen estar omnipresente.

Hay una característica importante de las prácticas hacker que no ha sido retomada por ninguno de los autores que han tratado el tema, y es la configuración de las redes de relaciones entre los individuos. Para poner un ejemplo, el hacker puede estar en sus prácticas individuales en la computadora, interactuando con los dispositivos electrónicos, pero en ocasiones existen reuniones donde varias personas con intereses comunes se reúnen para entablar interacciones cara a cara. Pueden ser LAN Parties y hackerspaces, pero hay una interacción dentro de un espacio físico, y estas reuniones son más comunes de lo que podría pensarse.

En un nivel superior, se encuentran reuniones más globales, como las convenciones de hackers (Hackers on planet earth, DEFCON, Hackers on a plane), los demoparties (Assembly, The Gathering, Campus Party) y las reuniones 2600, que se organizan en diferentes partes del mundo y sólo consisten en la interacción no planeada entre individuos con interés por el hacking.

Ahora, hay otro componente que me parece vital, y es la falta más grave de los estudios y reflexiones sobre hackers. Según De Certeau (1994) la cultura siempre se trata desde un lugar intelectual determinado que, aunque pretenda ser neutro, incorpora un sesgo al que no puede escapar. Desde este punto de vista, no es extraño que los estudios sobre hackers se enfoquen a un aspecto puramente técnico (los libros que pretenden enseñar las técnicas de los hackers), y aquellos que dejan de lado todo el aspecto tecnológico para enfocarse únicamente en lo cultural. Los pocos estudios que han involucrado a la tecnología lo han hecho de manera marginal (por ejemplo, Pau Contreras (2004) en “Me llamo Kohfam”).

Esto es debido, por supuesto, a la construcción de un objeto de estudio desde una disciplina como la sociología de la cultura o la antropología a diferencia de la construcción desde la teoría de sistemas o la ciencia computacional.

En este sentido, Bruno Latour hace una crítica importante a este aspecto de la sociología con su teoría del actor-red, que básicamente implica la incorporación de elementos heterogéneos al estudio social (tecnológicos, legales, organizativos, políticos, científicos, etc.) para introducir el concepto de “agencia” para referirse a la capacidad de acción de elementos “no-humanos” (Vaccari, 2008). La crítica parte del supuesto de que la sociología trata de asignar propiedades únicas y misteriosas a la sociedad, ignorado elementos que pueden interactuar con la sociedad de manera similar a un humano.

¿Cómo podemos comprender la demoscene si no conocemos las capacidades de las tarjetas gráficas en donde se programan los demos? ¿Cómo comprender el afán de un hacker de obtener algoritmos eficientes, código fuente con ciertas características estéticas? En la competencia dentro de un videojuego, ¿cómo podemos separar las interacciones entre los seres humanos dentro de ese mundo y los personajes con inteligencia artificial? Sin duda son interrogantes que quedan de lado cuando se obtiene un enfoque únicamente cultural para aproximarnos al fenómeno.

Conclusiones
A través de los argumentos presentados, he intentado demostrar que a través de la historia del movimiento hacker, los elementos identitarios y de representación han respondido a contextos diferentes, por lo que no se puede hablar de una sola identidad hacker, si no de identidades cambiantes, influenciadas por el desarrollo de la tecnología y el contexto sociocultural. Un estudio desde la sociología de la cultura sobre el fenómeno de los hackers deberá incorporar un análisis multifactorial de la identidad, las prácticas y sus motivaciones.

Por último, es importante que se remedie el más grande problema sobre el tratamiento de este tema en las ciencias sociales: La marginalización de los conceptos tecnológicos y aparentemente inanimados pero que, según Bruno Latour, son componentes vitales para comprender las sociedades y forman parte de ella como actores. Un estudio de los hackers que no incorpore el aspecto tecnológico será tuerto, cuando menos.

Bibliografía
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Certeau, M. D. (1994). El lugar desde donde se trata la cultura. La cultura en plural. Buenos Aires: Nueva visión.
Contreras, P. (2004). Me llamo Kohfam. Identidad hacker: Una aproximación antropológica (Primera ed., p. 166). Barcelona: Gedisa.
García Canclini, N. (2007). Las nuevas desigualdades y su futuro. Identidades, globalización e inequidad (pp. 103-119). Puebla: Universidad Iberoamericana.
Gibson, W. (1984). Neuromancer (p. 371). Penguin group.
Goldstein, E. (2008). The best of 2600. A hacker odissey (p. 871). New York: Wiley publishing.
Himanen, P. (2001). La ética del hacker y el espíritu de la era de la información.
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Shimomura, T., & Markoff, J. (1996). Takedown. The pursuit and captur of Kevin Mitnick, America’s most wanted computer outlaw-by the man who did it. New York: Hyperion.
Sterling, B. (1992). The hacker crackdown. Law and disorder in the electronic frontieer (p. 316). New York: Bantam books.
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Zittrain, J. (2008). The future of the Internet and how to stop it. London: Allen Lane. Harrisonburg: Yale university press. Retrieved from http://adam-hazdra.webz.cz/download/zittrain_future.pdf.

Anuncio clasificado

Hubiera sido otro día más de buscar trabajo en el anuncio clasificado por culpa de la crisis, pero encontré uno llamativo en la sección “Varios”, donde van a parar los mensajes más raros y absurdos. Leí las columnas de principio a fin. En parte por que no tengo algo mejor qué hacer, pero también para no dejar pasar ninguna oportunidad. Uno nunca sabe.

El anuncio decía: “Deseo cambiar traje de novia, ajuar y otros accesorios, por pistola en buen uso.” Confieso que de entrada el aviso me arrancó una sonrisa: Me sentí un poco mejor acerca de mi desempleo al comprobar que hay gente que la está pasando mucho peor que yo. Claro, eso me sucedió en aquel momento. Ahora no sé si reír al respecto, todavía tengo mis serias dudas. Ustedes dirán.

Tenía una pistola vieja que fue de mi abuelo. Él la tenía bien cuidadita en el rancho. Vino a parar a mis manos. Con los años que estuvo arrinconada aquí en la casa no podía afirmar que estuviera en buen estado. Había sobrevivido varias caídas, mudanzas y una inundación hace diez años. He perdido muchas cosas importantes a lo largo de mi vida pero la pistola siempre estuvo ahí, sin servirme de nada. Sólo entró en escena el día en que mi exesposa me amenazó con ella en uno de nuestros muchos pleitos. Me apuntó a la cara con mano temblorosa y me gritó que la tenía cargada. Puras mentiras, por supuesto. La abofeteé cuando me di cuenta de su engaño y le arrebaté el arma y si me disculpan que prefiero que ahí quede la historia.

Volviendo al anuncio. Pensé que podría intercambiar la inútil y posiblemente inservible pistola con la anunciante, pero ¿qué haría yo con un vestido de novia? Venderlo, supongo. Sobrevivir otro rato. Quizá también querría contratarme para asesinar al novio que la dejó plantada en el altar. Esa podría ser una entrada extra de dinero. En el peor de los casos tendría una buena historia qué contar.

Desde un teléfono público llamé al número que venía en el anuncio. Me contestó una mujer sombría. Me dio una dirección particular para que hiciéramos el intercambio y me pidió que lo mantuviera en secreto. ¡Como si no supiera! Vivimos en un país donde los únicos autorizados para poseer armas son los criminales y el gobierno.

Llegué. Era una casita de madera con muchas plantas. Cuando se abrió la puerta miré a una mujer de aspecto fúnebre, vestida con tonos oscuros y sin maquillaje. Yo llevaba la pistola escondida en mi chamarra.

Me pasó a su sala. El piso de madera rechinaba un poco. En una especie de maniquí sin extremidades el vestido lucía como nuevo. Como en escaparate de boutique, con el velo y toda la cosa.

-Supongo que querrá saber qué me propongo -dijo ella de golpe.

-No lo había pensado -mentí-, pero si gusta compartirlo, tengo tiempo.

Contó una historia sumamente genérica y predecible: Tuvo un novio, se amaban, su noviazgo duró años, eran la pareja perfecta, el amor de su vida, todo mundo se los decía. Planearon su boda. Sus vidas estaban resueltas. Hasta que el novio desapareció repentinamente dejándola en el altar el día de la boda. El momento más humillante de su vida, bla, bla, bla. Creo que hasta solté un bostezo mientras me lo narraba.

-Pero me vengaré, sé que lo haré -masculló de manera telenovelesca-. No importa lo que cueste o cuanto tarde hasta que la deuda quede saldada. Aquí es donde entra el arma, ¿entiende?

Asentí con la cabeza.

-¿Puedo verla? -preguntó. Se la mostré y la examinó entre sus manos- ¿Funciona?

-¡Claro que sí! -mentí- Está como nueva.

-Disculpe la indiscreción -me dijo- ¿qué piensa hacer con un vestido de novia?

-Voy a casarme en unos meses -mentí de nuevo-. Pensé que no sería de la talla de mi novia, pero ahora que lo veo creo que le queda perfecto.

-Ah... -exclamó.

El vestido era mucho más bonito de lo que había pensado, el intercambio fue una verdadera ganga. Los adornos eran brillantes y reflejaban la luz que entraba por las ventanas de manera espectacular. Era blanquísimo. La que lo vistiera se vería impresionante. Cuando me casé con mi exesposa batallamos para encontrar un vestido que se ajustara a nuestro bolsillo. Los precios estaban por la estratósfera. Tuvimos que conformarnos con un modesto vestido sin muchos adornos, muy diferente al que acababa de cambiar. Podría venderlo por buen dinero. Comencé a felicitarme por mi intercambio.

Estaba pensando cómo llevármelo sin maltratarlo. La cajuela de mi carro estaba sucia y llena de porquerías inservibles, ni pensarlo. El asiento de atrás estaba limpio, pero quizá no hubiera suficiente espacio. Quizá estaba tan desconfiado en esta transacción que nunca me puse a pensar que en realidad se concretaría. ¡No hice ningún plan para llevarme el vestido de vuelta!

-Su novia debe estar muy feliz -me dijo la mujer, sacándome de mis pensamientos.

-Muchísimo -repliqué sin prestar demasiada atención-, no puede esperar.

Abrí la boca para pedirle sugerencias a la dueña, ella debió traerlo a su casa de alguna u otra forma. Quizá tuvo experiencia moviéndolo varias veces, quién sabe. La vi apuntándome a la cabeza con la pistola. Me quedé todavía más embobado, sin entender lo que estaba sucediendo. No pude evitar soltar una pequeña sonrisa. Recordé la ridícula escena de mi exesposa haciendo exactamente lo mismo.

Sospecho que estaba tan embobado viendo el vestido y pensando en el transporte que no noté que cargó una bala en la cámara. Creo que mi abuelo hizo una compra muy buena, era muy exigente con las cosas que usaba. Digo esto por que la sombría mujer jaló el gatillo y sucedió algo de lo más gracioso: La pistola funcionó perfectamente.



Cuento escrito el verano pasado pero publicado hasta hoy.

Historia oficial

Como habrán visto los escasos seguidores de mi ignorado Twitter, estoy sumamente enojado. Estoy tan enojado que no creo poder escribir todavía sobre el motivo de mi enojo sin el riesgo de meter la pata monumentalmente. Así que escribiré acerca de otra cosa que también me enoja. Aunque esta es tan cotidiana que por el bien de mi hígado más bien debería considerarla ya "rutinaria".

El sábado pasado asistí a la única materia que estoy cursando en la Facultad de Ciencias Humanas (FCH): Historia mundial. No tengo nada en contra del profesor, ni en contra de la materia ni de mis compañeros de clase, pero ellos parecen no darse cuenta de esto.

Poco a poco he aprendido que la mejor manera de evitarme conflictos en la facultad es mantener la boca cerrada. Ahora rara vez participo en las clases. Tan suicida actitud solo me gana enemigos e insultos gratis. Acepto mi culpa cuando el sábado no pude contenerme y metí mi cuchara para, ¡oh, la ignominia!, contradecir a nuestro profesor.

No recuerdo exactamente lo que estaba diciendo pero iba por las líneas de: "Los españoles llegaron y destruyeron nuestra cultura y civilización, robándonos todos nuestros logros". Esta frase podría no sorprender al mexicano promedio, ya que se encuentra escrita en piedra dentro de nuestra memoria colectiva. Aguanté las primeras frases y las posteriores participaciones de mis compañeros, pero poco a poco me fui preocupando al ver la rabia que sentían al respecto. Casi parecía que hubiera sucedido ayer.

El discurso continuó haciendo alarde de "nuestros logros": Las pirámides, la astronomía y todo aquello que teníamos y que "nos robaron" los españoles. La mayor parte del grupo desbordaba de furia al recordar todo lo que "hemos perdido". Y cometí el error de abrir mi boca.

Comenté que, en lo particular, me parece un error el hablar de "nuestros logros" cuando se enumeran los logros de los Aztecas, los Mayas, los Olmecas, etc. Por la simple razón de que nosotros no somos Aztecas, Olmecas o Mayas. Si acaso podría adjudicársenos una etiqueta sería la de "mexicanos" y tengo serias dudas de que ello sea suficiente para englobarnos a todos. Sin embargo, el mexicano no tiene empacho en adjudicarse todos los logros de las civilizaciones mesoamericanas. Repito: No podemos decir que son "nuestros logros" por la sencilla razón de que ni siquiera existíamos cuando fueron realizados.

La existencia del mexicano sólo puede explicarse a partir de la llegada de los españoles. Y nos tardamos rato en hacer aparición en la escena. Se nos olvida que Mesoamérica está dentro del territorio que hoy se llama México por pura coincidencia. Ahora nos cuesta trabajo pensarlo por que nuestro "orgullo nacional" a veces nos lo impide verlo, pero en ese entonces no había mexicanos, no había México ni planes de que algo así viera la luz del día.

Se me alegó que eran "nuestras raíces" y que de ahí venimos. Que los Aztecas se llamaban Mexicas, nosotros Mexicanos y que cómo era posible que no me diera cuenta de eso.


Nos encanta pensar que los españoles "nos robaron nuestra cultura". Mi respuesta fue otra pregunta: ¿Por qué no pensamos, como los gringos, que nosotros fuimos los que masacramos a los Aztecas? Cuando un norteamericano ve "Avatar", se identifica con los militares, los mexicanos con los Na'vi. ¿Por qué? Hablamos español, la arquitectura de nuestros edificios es europea, nuestro vestuario es más cercano al de los españoles de la época que al de los Aztecas. Culturalmente, es más fácil identificarnos con los españoles de la edad media que con los Mayas del mismo periodo. ¿Por qué renegamos de nuestro pasado español? ¿Por qué esas no son "nuestras raíces"?

Por otra parte, también nos apropiamos de la gente que vive en este territorio cuando hablamos de "nuestros indígenas", enunciación que se escuchó varias veces en la clase. Eso implica una postura de poder ante ellos: ¡Nos pertenecen! Así como sus logros. Incluso se planteó en la clase una crítica a los europeos por que tienen "influencia de otras culturas", no como los Aztecas que son una "raza original". Alguien explíqueme eso por favor.

No sólo eso, pensamos también que Mesoamérica fue conquistada por un puñado de españoles, cuando en realidad las tensiones internas de la región ayudaron a la decadencia del imperio Azteca. Como normalmente sucede con las culturas imperialistas, los Aztecas eran odiados por todos los demás pueblos: Los tenían subyugados. Cuando hubo oportunidad de alianza contra ellos, bastantes grupos se unieron para quitarlos del trono de una vez por todas.

¿Dónde encaja ahí la visión de que los españoles "nos robaron nuestra cultura"?

Pero, bueno, debí haber aprendido desde antes que ese tipo de cosas no se dicen. La furia de todo el grupo pronto se sintió contra mi y algunos gritaron: "Córralo del salón, ¡profe! ¡Repruébelo!". Yo ya sabía a lo que iba, así que no puedo decir que me haya sorprendido.

Lamentablemente mis compañeros pensaron que tenía algo en contra de ellos, no entiendo bien por qué. Y en general sé que este tipo de pensamientos no pueden soltarse en una fiesta a menos de que se busque amargarla. Cuando digo que los españoles no me robaron mi cultura, todo mundo se enoja, por que es más cómodo pensar que la culpa de que estemos mal la tienen otros.

Mi participación en clase ha garantizado que de ahora en adelante todo lo que diga sea rechazado por mis compañeros. Ni modo, no es la primera materia en donde esto sucede, ni será la última.

Me retiro, también me estoy haciendo la víctima en este post y tengo mucha tarea. Prometo solemnemente no volver a abrir mi boca durante las clases de la facultad. A ver cuánto tiempo conservo mi promesa.