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Blake's got a new face


Pues si, ya soy maestro. Como anuncié hace poco, mi examen de grado fue el viernes pasado y ocurrió sin eventualidades. Obtuve mención honorífica, algo que me hizo muy feliz.

Pero más allá del papel y del grado que ahora tengo, mi felicidad proviene del haber cerrado otro ciclo. La maestría de estudios socioculturales, para mi, no fue un pretexto para obtener un título: Fue un pretexto para hacer lo que me gusta. Investigar. Cuánto mejor que sea sobre un tema que me agrada: los hackers.

En las clases nos advirtieron del riesgo de transformarnos por nuestro objeto de estudio. Admito que me sucedió. Desde que entré de lleno a la comunidad hacker veo las cosas muy diferente. Me apasioné mucho más por el software libre, me involucré de nuevo en temas ingenieriles. Tengo un piecito en la ingeniería y otro en las ciencias sociales. Al menos así me gusta pensarlo.

Quiero publicar mi tesis. Quiero que mi trabajo se difunda. Es, sin duda alguna, lo mejor que he escrito en la vida. Lo mejor argumentado, lo más claro, lo más limpio, lo más innovador. Estoy lejísimos de revolucionar el campo, eso es objetivo de toda una vida, pero creo que si hice un aporte, aunque modesto, a la sociología de la tecnología. La publicaré con una licencia Creative Commons espero que pronto.

Este año ha sido de muchísimos retos. Me llenan de orgullo algunas cosas que he logrado. En este caso, no me enorgullece mi título, más bien la tesis. Como ustedes saben, me gusta escribir, y ese fue un pretexto muy bueno para hacerlo. En realidad, han sucedido tantas cosas, que no puedo creer que hayan sido en el 2012. Desde inicios del año, cuando me sentía una piltrafa humana, pasando por finales del primer semestre del año donde me sentí renacer, e inicios del segundo cuando sentía que subía el Everest de nuevo.

Muchos de mis orgullos provienen de cosas más cotidianas y personales que no discutiré a gran detalle aquí. Sigo transformándome, viendo mi vida desde otras aristas, cambiando de objetivos, desechando cosas que no me sirven. Ha sido muy, muy doloroso, pero creo que vale la pena.

Estoy enamorado. Estoy a la expectativa de qué depara el futuro. La vida está llena de posibilidades. Ha regresado mi pasión por el cine, la música, la fotografía, la programación, la literatura, la creación, la vida... A pesar de los altibajos estoy muy, muy feliz.

Lo mejor es tener con quién compartirlo. Al menos una relación significativa en mi vida. Usually when thigs have come this far, people tend to dissapear.

Por cierto, se supone que pronto se estrenará un episodio de un programa de YouTube en el cual aparezco. El programa se llama XpressaT y hablamos sobre redes sociales. Cuando tenga el link, se los publico por aquí.


Algo que sucedió antier

Estaba comiendo solo en un restaurante naturista. Ya eran como las cinco, y no había otro cliente más que yo. Apenas alcancé comida. La señora que atiende estaba revisando su celular detrás del mostrador. Sentí que me habló. Casi no escuché por mis audífonos, así que me quité una auricular.

-¿Hablas inglés? -me preguntó.
-Si -respondí.
-¿Me puedes traducir esto? -dijo, y me extendió su smartphone.

En la pantalla había una publicación de Facebook, en inglés. Fue una mujer quien lo publicó. Dejé mi tenedor y cuchillo en la mesa y tomé el aparato. Traduje lo mejor que pude:

-Hoy encontré a mi mamá llorando sola en la casa -dije, mientras leía el mensaje-. Me dijo que mientras lavaba la ropa encontró una de las camisetas de Charlie, y se puso tan triste que no pudo aguantar las lágrimas. Verla así me rompe el corazón. Es tan triste.

Quité los ojos del celular y la miré a ella. Yo tenía la típica expresión de sorpresa, con la boca semi-abierta y los ojos consternados. Quizá no era la gran cosa, pero ya no era mi asunto. No esperé leer ese tipo de mensaje.

-Es que me los manda en inglés -dijo ella-, y no sé lo que dice.

Se retiró a la parte de atrás del mostrador para que yo pudiera seguir comiendo. Me puse los auriculares de nuevo y cada quién en su mundo.

Bocanadas de aire fresco






En mayo decidí venirme a vivir a Ensenada, sin ninguna pista de cómo hacerlo, sin ninguna posibilidad de lograrlo. En junio conseguí un empleo. En julio conseguí un departamento. En agosto, aquí estoy. Todo ha sido drástico y repentino, pero las cosas han caído en su lugar perfectamente como piezas de Tetris. Como cuando las acomodas todas y lo único que falta para vaciar la pantalla es una pieza larga. Cuando la ves bajar, ni presionas el botón para apresurarla. Sólo la ves, paso a paso, disfrutando el momento lleno de satisfacción.

Pero tuve que renunciar a muchas cosas familiares y cómodas para que todo se diera fácil. Renuncié a ser comunicólogo, dejé mi empleo, renuncié a ver a mis amigos seguido, a estar cerca de la frontera, a tener a la familia cerca, a mi red de conocidos, etc.

Mi motivación era no pensar tanto en lo que dejo atrás, sino en lo que viene por delante.

Dejar mi empleo fue particularmente difícil. No sé si volveré a Colegio de Bachilleres, pero me gustaría hacerlo. Es un trabajo difícil y estresante, pero tiene muchas recompensas. Cuando les dije que me iría, todos a mi alrededor quedaron paralizados. Me miraban con la boca abierta como si estuviese a punto de saltar de un puente. En esos momentos mi voluntad flaqueaba un poco.

Foucault dijo que la escuela tiene mecanismos de poder para dos funciones: Vigilar a los individuos y castigar al que se salga de la norma. Todo en las escuelas está organizado para facilitar estas funciones. El uniforme, por ejemplo, sirve para vigilar mejor a los estudiantes. Al estandarizarlos, el que se sale de la norma se distingue de inmediato. Muchas veces los salones de clase tienen una pequeña ventanita en la puerta, que permite ver hacia adentro fácilmente, pero dificulta el identificar al observador.


Los maestros también somos vigilados. Este es el pasillo de cubículos del COBACH Baja California, donde yo trabajaba. Hasta el fondo hay una puerta con una pequeña ventana. Más al fondo está la oficina del director. Una simple mirada desde allá presenta un panorama muy rápido de lo que sucede en el pasillo. Desde esa oficina también se tiene una vista privilegiada del resto de los edificios. Se vigila mejor.

Parece que no, pero este y muchos otros mecanismos de control, van aplastando a la gente. No ayudan a liberarnos, a maximizar nuestras potencialidad. Al contrario, la limitan, la controlan, la contienen. Uno como profesor, de pronto no le queda de otra más que ejercer la vigilancia y el castigo con los estudiantes. Se nos exige a nosotros, y nosotros les pasamos la factura a ellos. El orden de la educación actual es bastante siniestro, si pensamos en ello un poquito.


En COBACH, en algún momento en la sala de maestros, alegué que la tarea de las escuelas debería ser liberar a los estudiantes. Dije esto basado en las ideas de varios autores: Foucault, Freinet y Freire, por ejemplo. Con libertad me refería a la capacidad de autodeterminación de los individuos, y la responsabilidad de sus actos.

Otros profesores me dijeron que yo pensaba así porque "estoy joven", y por tanto, pienso como "los morros". Una maestra me dijo: "¡Pero si ya hacen lo que quieren! ¿Quiere que les demos más libertad?".

Supongo que como no saben ser libres, la solución es quitarles la libertad. Eso les enseñará.

El defender estas simples ideas me costó que algunas maestras ya no me hablaran. Mientras tanto, las medidas restrictivas y de control se multiplicaban en la escuela. El estudiante está cada vez más individualizado, cada vez más controlado, cada vez más dividido y etiquetado. Yo lo veía claramente en el laboratorio de informática, donde a los muchachos ni siquiera se les ocurría pedir ayuda al compañero de al lado en ningún momento.


En Ensenada llegué a la escuela donde hoy trabajo sin saber qué esperar. Mi primera impresión, después de recorrer el kilómetro y medio de terracería para llegar, fue sumamente buena. Es una escuela rural, hay muchas plantas, mucha construcción de madera y de adobe. Todo se mezcla bastante bien con el entorno. Fue un cambio drástico del concreto y vidrio al que estaba acostumbrado.

Al entrar vi un letrero que exponía los valores de la escuela: La libertad y la justicia eran los principales. Hablé con la directora mientras unos perros jugaban en sus piernas. Me explicó cómo se trabajan las cosas ahí. Mientras más hablaba, más sentía que había llegado al lugar correcto. Me advirtió muchas veces que era un centro educativo que daba mucha libertad a los estudiantes, que no me fuera a asustar. Cuando me dio un recorrido por las instalaciones, pensaba para mi mismo: "¡Quiero trabajar aquí!".

Todavía no inicio clases, pero ya estoy fascinado por el proceso. No hay un reglamento, hay un manual de convivencia. Cada año, los estudiantes hacen revisiones al manual y se hacen acuerdos y modificaciones entre todos. No hay un uniforme estricto, no hay prefectos, no hay guardias en las puertas. No se marca una diferencia abismal entre profesores y estudiantes. Los edificios no están acomodados para una mejor vigilancia, uno está agusto de estar ahí. La libertad de siente, es contagiosa. De pronto no me sentí encarcelado.



Fue difícil para mi dar el salto y dejar atrás aquellas cosas que me eran cómodas y familiares. Mucha gente me aconsejó que no abandonara mi empleo. Todavía no sé si tomé la mejor decisión. El tiempo lo dirá, por lo pronto me arriesgué y no he visto hacia atrás ni un poquito.

Estando en esta nueva escuela, paseando por sus pasillos, conviviendo apenas con estos estudiantes, me doy cuenta de lo mucho que estaba muriendo. El encierro, las rejas, el control, el concreto, los uniformes, los guardias, las tablas de especificaciones de exámenes, los cronogramas, las reuniones de academia y los exámenes estandarizados estaban aplastando mi espíritu. No me daba cuenta, hasta que hice el gran cambio y extendí mis brazos como hace mucho que no lo hacía.

Ahora que no tengo tantas presiones encima sé lo que es llevar una vida normal. Trabajar un horario decente, tener tiempo para mi. Divertirme. Descansar. Lo extrañaba de veras. Ahora hasta siento ganas de ir a mi trabajo.

La libertad tiene un gran componente que es la responsabilidad. Si la riegas, es tu culpa y debes responsabilizarte. Da miedo, por eso tanta gente renuncia a su libertad para sentirse cómoda, para no tener ese peso encima, para no fracasar. Pero si aciertas, es tu logro y nadie podrá quitártelo.

Yo mismo me encerré. Me llené de compromisos que me sujetaban, me impedían desarrollarme aunque irónicamente los tomé para eso. Ahora la llevaré más calmada, pensaré más en mi, pero también en los que me rodean.

Todos estos cambios drásticos que he estado haciendo, también van encaminados a recuperar algo que creía perdido. Simple y sencillamente, quiero ser libre.

Adiós, COBACH.

No seré comunicólogo

Esta fotografía me la tomó Elvia en diciembre de 2006, al finalizar mi primer semestre de comunicación.
Sentía que era uno de los mejores momentos de mi vida.

Hace poco comentaba que estaba tomando algunas decisiones grandes en mi vida. Me aventé un rollo así de que "ya voy a cambiar" y todo el kit. Pues bien, el lunes decidí que no terminaré mis estudios de comunicación en la UABC. Es un paso doloroso, pero necesario.

Si continuara dentro de la carrera, entraría ya a mi semestre número trece. ¡Puf! Ya son un buen. Soy un fósil de la Facultad de Ciencias Humanas. ¿Cómo imaginar, cuando entré, que para el 2012 no habría terminado? Ya no conozco a nadie en clase. Mis compañeros de generación se graduaron o reprobaron desde hace mucho. Muchos de mis exalumnos de la prepa ya van como en cuarto o quinto semestre ahí mismo. Ya mero me alcanzan.

Entré un semestre después de terminar ingeniería. No me gustó la carrera cuando la terminé. Recuerdo muy bien el día, como en cuarto o quinto semestre, cuando me dejé caer en una de las bancas de la cafetería del Tec, y le dije a mis compañeros que no me veía imaginaba de ingeniero en sistemas. Todos me recomendaron que la terminara. Total, ya estaba a la mitad, ¿ya qué? Fue tanta la insistencia de todos, incluso de mi papá, que seguí adelante.

Después de mi examen profesional de ingeniería en 2006,
con compañeros que hicieron el examen el mismo día.

Me titulé y por las mismas fechas hice mi examen de admisión para comunicación. No recuerdo mi puntaje exacto, pero fue algo así como 735 puntos. Soy bueno en las dos grandes áreas del examen: Matemáticas (después de terminar ingeniería ya serían chingaderas) y lectura y redacción, así que no me sorprendió tanto. Para ese entonces me la pasaba leyendo, escribiendo, tomando fotografías, opinando sobre cosas que no sabía nada. Todo el cliché del comunicólogo, hasta me preguntaban a cada rato si lo era.

Entré porque me gustaban los medios de comunicación. Tenía 23 años. Ya trabajaba en radio, en televisión, hice algunas publicaciones, hasta estuve de extra en una película. Había visitado muchísimo la biblioteca de la facultad, conocía la mayor parte de los libros sobre cine que tenían ahí, y otros sobre radio. Me interesaba todo. No podía esperar a entrar, era uno de mis grandes sueños.

Al iniciar, sentí como una bocanada de aire fresco. Después de cinco años de estudiar código, fórmulas, procesos, protocolos y algoritmos, hablar de cosas humanas fue increíblemente estimulante. Sentí le hacía mucha falta a mi vida. Fue genial. Comencé a dar clases en prepa porque me permitía seguir estudiando.

Una parte de mi grupo durante la materia de desarrollo humano en 2007.

Pero la carrera me gustaba también porque mi primer grupo fue muy bueno. Como estábamos en modo semiescolarizado, había gente que trabajaba y estudiaba, por lo que realmente le echaban ganas. Para todos, estar en la facultad representaba un sacrificio, un esfuerzo extra, y lo apreciábamos mucho.

Durante la materia de administración en 2007.

¡Vaya que fue un sacrificio! Dejé ir buenas oportunidades de empleo. Mis viernes en la noche rara vez eran sociales. Salía de clase a las 10 pm y entraba los sábados a las 7 am. Se me juntaban los finales de semestre de la prepa y la universidad. Al inicio tenía que hacer malabares con mi horario, para acomodar trabajo y estudio. Fue muy, muy pesado, ahora que lo pienso. Como siempre estuve así, no me había dado cuenta hasta hoy.

Al principio mi prioridad era el estudio. Mi sueño era trabajar en los medios, en algo creativo. Por eso dejé pasar oportunidades de trabajo. Ni siquiera consideré aquellas ofertas que me impidieran asistir a clase. Tomé cursos intersemestrales sacrificando vacaciones también. Casi no salía de la ciudad por lo mismo. Aproveché las clases mucho más que en ingeniería, me dediqué en serio a estudiar.

Pero el amor acaba. Ya para cuarto semestre, mi grupo se desintegró. Cada quién andaba en materias diferentes, además algunos desertaron. Por otra parte, el ritmo y la calidad de las clases también decayó, o no sé si la novedad de estudiar una ciencia humana se esfumó. Sentí que muchas materias eran una pérdida de mi tiempo, y que no aprendía gran cosa en ellas. Algunos maestros daban una clase tan light que me sentía insultado. La escuela dejó de ser prioridad.

Algunos eventos me atrasaron. Principalmente un diplomado de competencias docentes que tuve que cursar obligatoriamente en COBACH. Eso me atrasó todo un semestre. Y conforme pasaban los semestres, veía que el ámbito de los medios no me llamaba la atención en absoluto. ¿Por qué estaba estudiando eso? Ya ni siquiera me llamaba la atención trabajar para una revista ni hacer cine. Fueron muriendo esas pasiones.

Checha posando para un corto, 2008.

Cada día me sentía más fuera de lugar. Durante tres momentos específicos, estuve a punto de darme de baja de la carrera. En uno de ellos, inclusive llegué a la oficina de la subdirectora a decir: "Quiero darme de baja definitiva". Normalmente estos episodios eran la culminación de grandes problemas a la hora de inscribirme, u otras linduras producto de errores administrativos. Pero me convencieron de seguir.

Mientras tanto hice muchas cosas: Tocar en bandas, escribir cuentos, tomar fotografías, entrar a otros cursos, dar pláticas... En fin, lo que me gustaba.

2008.

Desesperado porque sentía que no avanzaba, decidí entrar a la maestría de estudios socioculturales. Fueron dos años donde, en efecto, encontré lo que buscaba. Me encantó el proceso de estudiar ese postgrado, luego platicaré más sobre ello. Aún así, tomé una o dos materias por semestre en la facultad. No la abandoné del todo. Junto con el trabajo, la carga de la maestría y la serie de problemones que se me vinieron encima, fue casi un milagro sacar adelante estos último cuatro semestres.

Ahora me encuentro con una situación muy difícil. Estoy a punto de irme a vivir a otra ciudad (more on that later) y ya se me acabó el tiempo disponible. Tengo siete años para terminar, y ya me gasté seis. Me faltan algunas materias todavía, y debido a los servicios sociales que debo hacer y mi empleo, definitivamente no voy a terminar.

Quizá si hago un esfuerzo sobrehumano (una vez más) pueda lograrlo. Pero... ¿Vale la pena? ¿Estoy dispuesto a sacrificar más todavía? ¿Quiero ser comunicólogo? ¿De qué me va a servir un título más? Ya tengo un título de maestría que me puede servir casi para lo mismo. Lo mejor que se me ocurre es retirarme ahorita, renunciar a la carrera. Y a decir verdad, ya son seis años de llevar un ritmo de vida insostenible. Necesito descansar un poco.

Soy una persona muy obstinada, no me doy por vencido fácil. No es sólo la resignación lo que me lleva a dejar comunicación. Ser comunicólogo es un plan que ya me queda muy chico. Tengo en mente otros proyectos, pero para lograrlos, tengo que desprenderme de algunos lastres, tengo que hacer cambios. Podría terminar la carrera y seguir anclado a Mexicali cuando menos un año más. Continuar mi vida de antes.

Pero ya no quiero eso. Tengo que liberarme de esta enorme carga. Vienen cosas mejores.

No fue fácil la decisión. Luché conmigo mismo durante algunas semanas. Me resistí al cambio, creo que todavía lo hago. Pero después de un tiempo de pensarlo, admití que ya no me entusiasma la idea. Ya no me interesa, ya no me motiva, ya no hace feliz.

Y créanme: Ahorita lo que más quiero es ser feliz.

Adiós, facultad.












































Reestructurando la vida

 
Todos los días millones de personas dicen que van a cambiar. Dejarán viejos hábitos, practicarán cosas nuevas, pasarán más tiempo con su familia o qué se yo. Se escucha diario: "Ya voy a cambiar", "pero ya voy a ser diferente". Normalmente cuando lo escuchamos, hasta hacemos un gesto de incredulidad. La triste realidad es que nadie lo hace. Se dice bien fácil, y se incumple más fácil todavía.

Por eso cuando yo digo que voy a cambiar, por lo general nadie me cree. No los culpo. Y a decir verdad, cuando uno quiere cambiar de verdad, no lo hace con el bombo y el platillo por delante. Lo hace chambeándole duro. Los demás se darán cuenta sin necesidad de decirlo. O quizá no, pero ¿qué importa? Si el cambio fue verdadero eso es irrelevante.

Admito que yo soy bien crédulo sobre los cambios. Me gusta creer que la gente va a cambiar. El tiempo se ha encargado de demostrarme que esto rara vez sucede. Tengo conocidos que llevan hasta diez años quejándose de las mismas cosas. Fácilmente las hubieran resuelto en poco tiempo, pero nunca lo han hecho. ¿Por qué? Pregúntenles a ellos.

Otros odian su trabajo, se quejan de que no tienen carro, que siempre cometen los mismos errores, que siempre les pasa lo mismo. Hello! ¿No te das cuenta de que si sigues haciendo lo mismo te seguirá pasando lo mismo? Es obvio que después de un rato dejas de creer en la gente.

Uno de los cambios recientes que tuve fue el cambiar de alimentación. No le dije a nadie, simplemente fui un día con una nutrióloga. En diciembre, antes de muchas de las fiestas. Era uno de mis propósitos de año nuevo, otros sueños guajiros que nadie cumple. Me puse a comer bien, y a seguir la dieta el pie de la letra. Cuando regresé a trabajar y a clases en febrero, me daba un poco de risa cómo se me quedaba viendo la gente: "¿Qué te pasó?", me preguntaban consternados.

Nada, decidí cambiar.

Obviamente muchos de los que me veían también querían bajar de peso, desde hace años incluso. Obviamente me pidieron la dieta, le saqué fotocopias y se las pasé. Obviamente nadie bajó de peso. Me decían que todavía tenían mucha comida en el refrigerador y que ni modo de tirarla. Que la iniciaban segurito la siguiente semana. Eso fue hace un año y medio y siguen igual de chonchitos. Si no es que más. Por eso ya me da hueva pasar la dieta. Unos pedazos de papel no te hacen bajar de peso, es lo que comes y cómo te ejercitas. ¿Tan difícil es?

Supongo que debe ser muy difícil. En la televisión los atajos están a la orden del día. Píldoras, máquinas de ejercicio, fajas y demás productos milagrosos que hacen el trabajo sucio por uno. Simplemente desembolsa algo de dinero, y ¡zaz! Los cambios se harán por tí. Cambios prefabricados. ¡Qué padre! Pero no me fui por esa ruta. Lo hice sin ningún aparato y sin ningún supresor del apetito. "A patín" como dirían algunos.

Otros me decían: "Espérate tantito, al rato vas a 'rebotar'. Vas a ver". Claro, muchas personas hacen la dieta y después de llegar al peso ideal, vuelven a comer como antes y suben en chinga. Eso se llaman el "rebote" y es sumamente común. Pero es obvio: Si comes como antes, estarás como antes. Es bien lógico. Ya ha pasado un año y medio y no he "rebotado". Eso es síntoma de que en realidad hice un cambio.

Suelto todo este rollo no para alardear. Lo menciono por que estoy en otra etapa de cambio. Considero que estoy reestructurando y reordenando mi vida radicalmente. No estoy a punto de iniciarlo: Ya casi termino. Pero a diferencia de una dieta, donde los resultados saltan a la vista y son innegables, en este caso ni se notan si uno no presta atención. Son cambios internos que creo necesarios y que, como todos los cambios de verdad, cuestan trabajo y duelen.

Desgraciadamente, como en el asunto del control de peso, existen muchas soluciones "aspirina" para hacer cambios internos. Los libros de superación personal son un buen ejemplo. Los retiros religiosos otro muy bueno. Tampoco tomé esos atajos.

Y no quisiera sonar como ejemplo a segir ni como predicador barato. Simplemente describiré brevemente mi proceso. Comencé admitiendo que lo que había hecho hasta el momento ya no me funciona. Es difícil darse cuenta, pero es un paso súper necesario. Ya de ahí decidí actuar.

Fui a terapia psicológica. Confío en la psicología, supongo que por que mi papá es psicólogo, pero me he dado cuenta que mucha gente no. "Ay, yo no voy por que no estoy loco", "Una vez fui y el psicólogo me dijo puras cosas que ya sabía que tenía que hacer", "¿Para qué ocupas que otra persona te diga cómo vivir?". Nada de eso. A mi, en lo personal, me sirvió para delimitar claramente hasta donde llega mi personalidad, y dónde comienzan mis demonios. Con la línea mucho más clara, pude trabajar al respecto.

No se trata tanto de hacerme "normal" (eso nunca va a pasar), o de "curarme" de una enfermedad. A final de cuentas, es mi vida y yo decido. Pero es importante saber lo que uno quiere, y si eso realmente lo conducirá a la felicidad. Pequeño detalle. A final de cuentas lo que quiero, como tantos otros, es ser feliz. Así de fácil. Algunas cosas estorban para lograrlo.

De nada sirve saber todo lo que no quieres en tu vida si no haces algo por dejarlo fuera. Tuve que "dejar ir" muchas cosas de mi que no me estaban sirviendo. Hay por ahí en Facebook una imagen que anda rolando que dice "Los siete pasos pada dominar al ego" o algo así. Me di cuenta de que yo necesitaba dejar ir algunas de las cosas de esa lista. La necesidad de tener la razón, la necesidad de ser superior y así. Ni sé de dónde salió, son como cosas sacadas de un libro de superación, pero no importa. Si se me hace importante hacerlo, me hacen vivir más feliz. Son pequeñas cositas que uno debe hacer diario.

Como de costumbre, estos cambios podrían tener un "rebote" si no fueran sinceros. Pero creo que lo son. Muchos cambios en mi vida afortunadamente han permanecido conmigo. No alego ser perfecto, cada cierto tiempo se acumulan muchas cosas malas que de pronto hay que extirpar. Este ha sido otro borrón y cuenta nueva. Un borrón muy doloroso, por cierto, pero así es esto. Aunque aún no termina mi plan.

Publiqué una foto al principio de este escrito. Es bastante reciente, y es del baile de graduación de mis estudiantes de sexto semestre del COBACH Baja California. El primero es Juan José, aunque ya se había graduado desde hace rato. Luego está su novia Irma, y posteriormente Rosa. Ese fue un día inmensamente feliz.

Para contrastarla, pongo otra foto que creo que antes no hubiera publicado por vergüenza. Es de cuando tenía 14 años. La pongo por que a mucha gente que recién me conoce y le cuesta trabajo creer lo que les cuento de mi. Creen que nunca he cambiado. En la foto estaba leyendo el libro Caballo de Troya de J.J. Benítez, que me encantó en su momento pero ahora considero casi ilegible. Estaba gordo a más no poder. Estaba ñoño a más no poder. Me veo y casi ni me reconozco. Pero ese era yo. Y si, muchas cosas he cambiado, pero otras más han permanecido.

Ese poner y quitar a lo largo del tiempo, es lo que nos hace ser nosotros.


Sentimiento de abandono

Creo que ya puedo escribir sobre esto. Ha pasado bastante tiempo. Es una historia interesante que con frecuencia utilizo para ilustrar algún punto. A veces no cuento anécdotas por miedo a que las personas involucradas sean identificadas, generalmente lo son. Pero ya pasaron muchos años de esto.

Para mi servicio social de ingeniería entré al departamento de soporte técnico de una empresa. Recién habían movido a la encargada de puesto y ascendieron a una recién egresada de licenciatura en informática. Diría yo que tenía unos 26 años. Se encontraba muy insegura acerca de su propio conocimiento y experiencia, así que la asistiría con los problemas técnicos. Éramos tres personas en el departamento: La encargada, otra muchacha de servicio social (ya había terminado pero esperaba que le dieran trabajo) y yo.

En momentos ociosos, cuando no había muchos problemas por resolver, mi jefa nos platicaba sobre su vida. Nos contó que tuvo que entrar ahí a trabajar de secretaria a los 14 años, o al menos eso recuerdo. El motivo fue que un día su papá simplemente se fue y las abandonó a su mamá y sus hermanas. Un día despertaron y ya no estaba. Nunca volvió ni supieron más de él.

Ella, la mayor, tuvo que llenar los zapatos y trabajar para mantener a su familia. Estaba muy orgullosa de haber sacado a sus hermanas y su mamá trabajando desde tan joven. En el periodo en el que estuve ahí, todavía estaba involucrada en los planes para la fiesta de graduación. Había ascendido varias veces y ahora que ya tenía una licenciatura la habían puesto en soporte técnico. Así que tuvo que estudiar, trabajar y mantener a sus hermanas y su mamá.

Yo no hablaba mucho en aquel entonces. A la gente le gustaba contarme cosas por que me limitaba a escuchar sin criticar ni alegar. No era muy amenazante. De hecho, hace poco visité a una excompañera de la universidad y me comentó que hoy en día, a diferencia de entonces, no me para la boca. Que antes era mucho más selectivo para platicar con alguien o para elegir a quién responder.

Volviendo a la historia. El problema es que no sé qué hizo mi jefa durante su carrera, por que siendo sinceros no aprendió mucho que digamos. Se atoraba con los problemas más simples, como impresoras que se negaban a imprimir o mensajes de error en la instalación de cierto software. Por esto mismo me mandaba a mí a resolver todos los problemas, y no sabía qué hacer con muchos de ellos. Estaba morro, pues, me había alejado mucho de las computadoras. Era la época cuando quería ser director de cine y demás. Estaba morro, pues.

La mayor parte de los regaños me estaba tocando a mí, porque yo daba la cara. Ella solamente recibía las llamadas de ayuda y yo salía a hacer el ridículo. No niego que fue una experiencia muy educativa, pero era muy estresante no tener alguien a quién recurrir en busca de ayuda.

El punto es que el resto de los empleados se dio cuenta, y los rumores comenzaron. Que ella no daba el ancho para el puesto y así. Mi jefa no tomó a bien los comentarios, nos decía: «Aquí sólo nos tenemos a nosotros, nadie más nos va a ayudar»

Un día se me acercaron la antigua encargada del departamento, y la encargada de otra área de informática. Me preguntaron que cómo me estaba llendo. Les dije toda la verdad, que realmente yo estaba dando la cara y me ponían a hacer todo. Que no veía a mi jefa muy capacitada y ese tipo de cosas. Se vieron un momento y me dijeron: «Está bien, te vamos a cambiar de área. Ya no vuelvas para allá». Me colocaron en un escritorio y me preguntaron: «¿Dejaste algo en esa oficina?». Y yo: «Sí, mi mochila». Se quedaron contrariadas, y me dijeron: «Espéranos tantito».

Una de ellas se fue y volvió a los pocos minutos. Me escoltó a mi anterior oficina para recoger la mochila y cuando llegamos mi exjefa estaba bañada en lágrimas. Esta escena me sacó mucho de onda. Ella me dijo, sollozando y con los ojos bien abiertos: «¡Miguel! ¿Qué hice mal?». Yo intenté mantener la calma: «Nada, no hiciste nada mal». Mi nueva jefa intervino: «Lo vamos a cambiar de departamento donde haga algo más avanzado, donde pueda aprender más».

Pero fue como si mi exjefa no hubiera escuchado nada: «¡Dime qué hice mal, Miguel!» decía con la voz toda quebrada por el llanto y el final de cada palabra era casi un lamento doloroso. Sobre todo el final de cada frase. Debo confesar que caí un poco en el jueguito chantajista. Quería consolarla o algo. Me dolió verla así, con las lágrimas en los cachetes y su abundante maquillaje arruinado.

Tomé mi mochila y no encontraba la manera de irme. Ella seguía llorando y sentía que no podía desprenderme. Finalmente mi nueva jefa dijo: «Ya nos vamos» y me tomó del brazo hacia la salida. Ya no sé si esto sucedió, o estoy embelleciendo la escena con mi memoria, pero creo que estiró la mano. Lo que si estoy seguro es que pronunció un último y doloroso «Miguel» como intentando retenerme.

En el pasillo, mi nueva jefa se burlaba de ella, simulando tallarse los ojos con los puños: «Miguel, ¿qué hice mal? ¡Dime qué hice mal!». Yo todavía estaba un poco en shock sobre lo que había pasado. Estaba morro, pues.

Tiempo después, cuando comentaba esta anécdota con un conocido que es psicólogo, me dijo: «¡Pues claro! Tiene un sentimiento de abandono bien cabrón». Y sí, pensándolo bien, sospecho que revivió el trágico momento cuando su papá ya no estuvo más con su familia. La situación fue demasiado similar.

Quizá por eso nos dijo que nosotros, las tres personas dentro de esa oficina, éramos los únicos en quienes podíamos confiar. El que simplemente le llegaran con la noticia de que ya no estaría más  con ellas, el yo ser una figura masculina, no sé, fue demasiado cercano. En realidad no me estaba preguntando a mí, estaba preguntándole a su papá. Nunca ha tenido oportunidad de saber, de preguntarle qué hicieron mal su mamá y sus hermanas para que un día decidiera abandonarlas así como así. Tantos años con esa incertidumbre convertida en culpa no salen gratis.

¿Por qué cuento todo esto? Creo he visto cosas así más de una vez. Y claro, nadie está exento de que le suceda. Muchas veces, cuando alguien está actuando como loco, cuento esta breve historia. Sólo para ilustrar que las actitudes irracionales tienen un origen explicable. La mayor parte de las veces. Nunca sirve de mucho.

Ya pues, ya me callo con mi psicología de pacotilla.

El implacable imperio del automóvil

Cuando le digo a las personas que me voy a ir a tal o cual parte en bicicleta, generalmente obtengo la misma reacción, pelan los ojos y exclaman: “¿estás loco?”. Esta frase la escucho tan seguido que ya forma parte de mi vida cotidiana. Los argumentos por lo cual no debo andar en bici son siempre los mismos, y se resumen en que la ciudad es muy peligrosa y que el tráfico está horrible.

En efecto, debo admitir que tienen razón. La gente nunca se fija si vengo por ahí pedaleando, y en cada trayecto me tocan dos o tres automovilistas que se sacan un buen susto cuando me miran. Afortunadamente, no había obtenido de esta aventura ningún perjuicio más que una mordida de perro y unas dos o tres caídas no tan feas, de las cuales había salido ileso.

Pero el viernes todo cambió. Me dirigía hacia la facultad de ciencias humanas transitando en sentido contrario por la calle, pegado a los automóviles estacionados, cuando miré que una vieja pendeja estaba mirando por su espejo retrovisor para ver si podía integrarse al tráfico. Al ver que no venía carro, avanzó directamente hacia mí. “¡A la madre!”, pensé yo, “llegó el momento que pensé que nunca iba a llegar”. Me lamenté de no haber hecho testamento. Para mi buena suerte, un nanosegundo antes de aplastarme fijó su vista en el lugar en donde debería haber estado desde un principio: La calle.

Al ver esa mole de metal acercarse directamente hacia mi pobre humanidad, frené inmediatamente, haciendo lo mismo esta señora. Lamentablemente nuestras reacciones no se dieron a tiempo, y fui a estrellar mi llanta delantera en su defensa, saliendo proyectado hasta su cofre, en el cual aterricé abollándolo bastante.

Me quedé un rato ahí acostado, pensando en lo que recién había pasado, y tratando de sentir si no me había dado en la madre. Después de unos segundos de no sentir dolor, me levanté y miré a mi alrededor. Estaba frente a una secundaria que recién salía de clases, y noté que había un grupito como de doce adolescentes en estado de shock que no podían creer lo que habían visto.

Miré a la conductora, la cual hacía gestos de desaprobación y tenía una expresión de furia como diciendo: “No tienes madre, cabrón”. ¡Vaya! Total que me acerqué a la ventanilla, y me grita: “¡Todavía que freno y tu vienes derechito a estrellarte en mi carro!”. ¡Háganme ustedes el favor!

Con una tranquilidad y serenidad ejemplar (la cual no sé porqué aparece cuando estoy en este tipo de situaciones), le dije: “Yo veo a su carro saliendo, señora”. Mi respuesta tan segura la dejó un tanto perpleja, yo creo que pensaba que gritándome iba yo a decir: “Disculpe usted por la molestia, ¿no quiere que le lave el carro?”. Al cabo que soy un ciclista, ¿verdad?

Algo más me gritó, de que yo tenía la culpa de lo sucedido y que cómo me atrevo y cosas por el estilo, a lo que respondí preguntándole a las muchachas que estaban cerca: “Ustedes vieron todo, ¿qué pasó?”. Lo malo es que no obtuve ninguna respuesta, porque las pobres todavía estaban sin habla, nomás se me quedaban viendo como si fuera una especie de zombie con gorrito de fiesta. Bien piratón, neta.

Ahí fue cuando me dí cuenta de que todas las personas en dos cuadras a la redonda se me habían quedado viendo. La señora, al ver a tanto testigo junto, cambió de táctica: “¿Estás bien? ¿No te golpeaste nada?”. Toqué partes estratégicas de mi anatomía, y al no sentir dolor, le dije: “No se preocupe, estoy bien”, y arrancó más rápido que diputado tras su cheque.

Apenas ahí comencé a asimilar lo que había sucedido: Me atropellaron. Pude haber terminado destripado y con todos los huesos rotos debajo del automóvil de esta hija de su puta madre. Todas las personas seguían con su mirada puesta en mí, de seguro esperaban algo así tipo Kill Bill, en donde yo diera seis pasos y cayera desplomado por la acción retardada del tremendo madrazo que recién me habían acomodado. Pero no sucedió tal, me subí a la baica y al comenzar a pedalear noté que la llanta de enfrente estaba un poco chueca. “Mínimo no se fue limpia”, pensé, “Le abollé el cofre.”

*    *    *

—¿Estás loco? —me dijo Noé— ¿Para qué te vienes a la facultad en bicicleta? ¡Te dijimos que te iban a madrear!
—Pero no me pasó nada.
—¿Te dijimos o no? La gente no se fija, güey, está bien peligroso. ¿Cómo te vas a regresar a tu casa?
—Pues en bici.
—¿Estás pendejo? A las diez de la noche ya está bien oscuro, a cada rato atropellan a ciclistas.
—Pues sí, pero hay que ahorrar gasolina, esto del calentamiento global está bien cabrón.
—Pues allá tu, pero no digas que no te dijimos.
—De todas formas traigo un foquito rojo, a huevo que me van a mirar.
—Allá tú.

La verdad sí me puse a pensar al respecto, ahora el peligro del cual todos me advirtieron me pareció mucho más real. Es la primera vez que me dicen “¿estás loco?” y siento como que tienen razón. Pero  ya estaba en la facultad, de alguna forma tenía que regresarme.

*    *    *

A las diez de la noche emprendí el camino de vuelta, auxiliado por mi foquito rojo parpadeante. He notado que ayuda mucho, pues los automóviles cuando menos intentan sacarme la vuelta. Aunque algunos me pasan tan cerca que me hacen tambalear con el viento de hacen a su paso.

Avanzando cerca de la UABC, por el sentido contrario como de costumbre, llegué a un crucero con semáforo. Noté que un tipo se disponía a dar vuelta hacia donde me encontraba yo, y tiene los vidrios polarizados, así que no supe bien si me miró. Alcancé a ver a una muchacha en el asiento del copiloto, y alcanza a verme. Intento pasar frente al carro antes de que avance.

¡Oh, sorpresa! El cauto conductor no me había visto. Cuando todavía me encontraba frente a él, avanzó hacia mí, y aunque intenté alejarme y pedalear más fuerte, me alcanzó a golpear en la llanta trasera desbalanceándome y haciendo que profiera un pequeño grito. No caí al suelo.

A continuación escucho un gran estrépito, y al mirar atrás, miro cómo se le cayó la defensa al automóvil que me golpeó y la iba arrastrando. Me detengo a media calle a esperar a que se orille y salga el conductor: “Nomás falta que me quiera cobrar los daños”, pensé.

Se baja un muchacho que le calculo unos cuantos años menos que yo, y lo primero que me pregunta es:

—¿Estás bien?
—Sí —respondí yo—, parece que no me pasó nada. No me lo vas a creer pero es la segunda vez en el día que me atropellan.
—¿En serio?
—Sí, y todavía que termino encima del cofre de la doña, se emputa conmigo.
—No mames... Pues yo ahorita me cagué.
—Yo también, no creas que no, pero lo bueno es que no me pasó nada.
—¿Pero ni un golpe en el pie o algo así?
—Parece que nada. Sorry por tu defensa —señalé al pedazo de carro que se encontraba tirado a media calle.
—No, no hay bronca.
—Bueno, me retiro, hasta luego.

Avancé caminando, ahora sí completamente “paniqueado” de seguir en la bici. Si hubiera frenado, o hubiera hecho algún movimiento en falso, en estos momentos estaría convertido en una masa sanguinolenta siendo abierta por los forenses de la SEMEFO.

En mi típica terquedad, después de unas cuantas cuadras de caminar cargando la baica perdí un poquito el miedo, e intenté montarla de nuevo, sólo para encontrarla completamente jodida, ahora sí mucho más chueca. “Mínimo le tumbé la defensa al güey”, pensé.

*    *    *

¿Qué más puedo añadir, queridos lectores? Pocas cosas me hacen poner las cosas en perspectiva tanto como salvarme de la muerte por un pelito. Esto para mí es un asunto bastante confuso, sobre todo por haber defendido tanto la bicicleta en escritos pasados.

Me parece irónico, debo decir. El imperio del automóvil parece estar por todas partes, y el sentimiento popular va más hacia: “Hay que tener cuidado con los carros”, que pensar: “Hay que tener cuidado con los peatones”.

Cuando conté esta anécdota a mis conocidos, todos repitieron la cantaleta de “¿estás loco?” añadiendo a veces el calificativo de “pendejo”, “idiota”, “suicida” y otras linduras. Casi todo mundo se emputó conmigo. ¿Es que debemos justificar que esa marea de automóviles nos aplaste sin decir ni pío? Es sobrecogedor el poder de esas máquinas, tan solo basta irse a alguna de las avenidas principales de cualquier ciudad para comprobarlo. Las calles son lugares inhóspitos, que debemos pisar como plancha caliente: durando el menor tiempo posible sobre ellas.

Hoy volví a montar mi bici, pero parecía conejito asustado. Me fui a velocidad de carrito de paletas, mientras que antes intentaba ganarle en velocidad a los automóviles. Lo lograba con frecuencia ya que no hacía los altos, notaba inmediatamente que los conductores no querían verse humillados por un ciclista y daban un acelerón que no servía de nada pues llegaban al otro alto en donde había otros dos automóviles esperando y yo volvía a rebasarlos.

No dejaré mi transporte tan querido, en parte porque odio manejar. Me parece una actividad monótona, mecánica, estresante y demás. Es un desperdicio de las capacidades humanas, y me parece que sería mejor encomendado a máquinas (yo creo que no tardará mucho en generalizarse esta tendencia).

Yo mato tres pájaros de un tiro transportándome de esa manera: No manejo, ahorro gasolina (por lo tanto dinero y CO2 a la atmósfera) y hago ejercicio. Me veré en la penosa necesidad de cumplir gran parte de estos objetivos de otra forma. Pero algo puedo extraer de esta experiencia, la cual se suma a tantas otras en donde he salvado la vida “por un pelito”: No cabe duda, soy un suertudo de lo peor.

Atte.
BadBit