Bocanadas de aire fresco






En mayo decidí venirme a vivir a Ensenada, sin ninguna pista de cómo hacerlo, sin ninguna posibilidad de lograrlo. En junio conseguí un empleo. En julio conseguí un departamento. En agosto, aquí estoy. Todo ha sido drástico y repentino, pero las cosas han caído en su lugar perfectamente como piezas de Tetris. Como cuando las acomodas todas y lo único que falta para vaciar la pantalla es una pieza larga. Cuando la ves bajar, ni presionas el botón para apresurarla. Sólo la ves, paso a paso, disfrutando el momento lleno de satisfacción.

Pero tuve que renunciar a muchas cosas familiares y cómodas para que todo se diera fácil. Renuncié a ser comunicólogo, dejé mi empleo, renuncié a ver a mis amigos seguido, a estar cerca de la frontera, a tener a la familia cerca, a mi red de conocidos, etc.

Mi motivación era no pensar tanto en lo que dejo atrás, sino en lo que viene por delante.

Dejar mi empleo fue particularmente difícil. No sé si volveré a Colegio de Bachilleres, pero me gustaría hacerlo. Es un trabajo difícil y estresante, pero tiene muchas recompensas. Cuando les dije que me iría, todos a mi alrededor quedaron paralizados. Me miraban con la boca abierta como si estuviese a punto de saltar de un puente. En esos momentos mi voluntad flaqueaba un poco.

Foucault dijo que la escuela tiene mecanismos de poder para dos funciones: Vigilar a los individuos y castigar al que se salga de la norma. Todo en las escuelas está organizado para facilitar estas funciones. El uniforme, por ejemplo, sirve para vigilar mejor a los estudiantes. Al estandarizarlos, el que se sale de la norma se distingue de inmediato. Muchas veces los salones de clase tienen una pequeña ventanita en la puerta, que permite ver hacia adentro fácilmente, pero dificulta el identificar al observador.


Los maestros también somos vigilados. Este es el pasillo de cubículos del COBACH Baja California, donde yo trabajaba. Hasta el fondo hay una puerta con una pequeña ventana. Más al fondo está la oficina del director. Una simple mirada desde allá presenta un panorama muy rápido de lo que sucede en el pasillo. Desde esa oficina también se tiene una vista privilegiada del resto de los edificios. Se vigila mejor.

Parece que no, pero este y muchos otros mecanismos de control, van aplastando a la gente. No ayudan a liberarnos, a maximizar nuestras potencialidad. Al contrario, la limitan, la controlan, la contienen. Uno como profesor, de pronto no le queda de otra más que ejercer la vigilancia y el castigo con los estudiantes. Se nos exige a nosotros, y nosotros les pasamos la factura a ellos. El orden de la educación actual es bastante siniestro, si pensamos en ello un poquito.


En COBACH, en algún momento en la sala de maestros, alegué que la tarea de las escuelas debería ser liberar a los estudiantes. Dije esto basado en las ideas de varios autores: Foucault, Freinet y Freire, por ejemplo. Con libertad me refería a la capacidad de autodeterminación de los individuos, y la responsabilidad de sus actos.

Otros profesores me dijeron que yo pensaba así porque "estoy joven", y por tanto, pienso como "los morros". Una maestra me dijo: "¡Pero si ya hacen lo que quieren! ¿Quiere que les demos más libertad?".

Supongo que como no saben ser libres, la solución es quitarles la libertad. Eso les enseñará.

El defender estas simples ideas me costó que algunas maestras ya no me hablaran. Mientras tanto, las medidas restrictivas y de control se multiplicaban en la escuela. El estudiante está cada vez más individualizado, cada vez más controlado, cada vez más dividido y etiquetado. Yo lo veía claramente en el laboratorio de informática, donde a los muchachos ni siquiera se les ocurría pedir ayuda al compañero de al lado en ningún momento.


En Ensenada llegué a la escuela donde hoy trabajo sin saber qué esperar. Mi primera impresión, después de recorrer el kilómetro y medio de terracería para llegar, fue sumamente buena. Es una escuela rural, hay muchas plantas, mucha construcción de madera y de adobe. Todo se mezcla bastante bien con el entorno. Fue un cambio drástico del concreto y vidrio al que estaba acostumbrado.

Al entrar vi un letrero que exponía los valores de la escuela: La libertad y la justicia eran los principales. Hablé con la directora mientras unos perros jugaban en sus piernas. Me explicó cómo se trabajan las cosas ahí. Mientras más hablaba, más sentía que había llegado al lugar correcto. Me advirtió muchas veces que era un centro educativo que daba mucha libertad a los estudiantes, que no me fuera a asustar. Cuando me dio un recorrido por las instalaciones, pensaba para mi mismo: "¡Quiero trabajar aquí!".

Todavía no inicio clases, pero ya estoy fascinado por el proceso. No hay un reglamento, hay un manual de convivencia. Cada año, los estudiantes hacen revisiones al manual y se hacen acuerdos y modificaciones entre todos. No hay un uniforme estricto, no hay prefectos, no hay guardias en las puertas. No se marca una diferencia abismal entre profesores y estudiantes. Los edificios no están acomodados para una mejor vigilancia, uno está agusto de estar ahí. La libertad de siente, es contagiosa. De pronto no me sentí encarcelado.



Fue difícil para mi dar el salto y dejar atrás aquellas cosas que me eran cómodas y familiares. Mucha gente me aconsejó que no abandonara mi empleo. Todavía no sé si tomé la mejor decisión. El tiempo lo dirá, por lo pronto me arriesgué y no he visto hacia atrás ni un poquito.

Estando en esta nueva escuela, paseando por sus pasillos, conviviendo apenas con estos estudiantes, me doy cuenta de lo mucho que estaba muriendo. El encierro, las rejas, el control, el concreto, los uniformes, los guardias, las tablas de especificaciones de exámenes, los cronogramas, las reuniones de academia y los exámenes estandarizados estaban aplastando mi espíritu. No me daba cuenta, hasta que hice el gran cambio y extendí mis brazos como hace mucho que no lo hacía.

Ahora que no tengo tantas presiones encima sé lo que es llevar una vida normal. Trabajar un horario decente, tener tiempo para mi. Divertirme. Descansar. Lo extrañaba de veras. Ahora hasta siento ganas de ir a mi trabajo.

La libertad tiene un gran componente que es la responsabilidad. Si la riegas, es tu culpa y debes responsabilizarte. Da miedo, por eso tanta gente renuncia a su libertad para sentirse cómoda, para no tener ese peso encima, para no fracasar. Pero si aciertas, es tu logro y nadie podrá quitártelo.

Yo mismo me encerré. Me llené de compromisos que me sujetaban, me impedían desarrollarme aunque irónicamente los tomé para eso. Ahora la llevaré más calmada, pensaré más en mi, pero también en los que me rodean.

Todos estos cambios drásticos que he estado haciendo, también van encaminados a recuperar algo que creía perdido. Simple y sencillamente, quiero ser libre.

Adiós, COBACH.

No seré comunicólogo

Esta fotografía me la tomó Elvia en diciembre de 2006, al finalizar mi primer semestre de comunicación.
Sentía que era uno de los mejores momentos de mi vida.

Hace poco comentaba que estaba tomando algunas decisiones grandes en mi vida. Me aventé un rollo así de que "ya voy a cambiar" y todo el kit. Pues bien, el lunes decidí que no terminaré mis estudios de comunicación en la UABC. Es un paso doloroso, pero necesario.

Si continuara dentro de la carrera, entraría ya a mi semestre número trece. ¡Puf! Ya son un buen. Soy un fósil de la Facultad de Ciencias Humanas. ¿Cómo imaginar, cuando entré, que para el 2012 no habría terminado? Ya no conozco a nadie en clase. Mis compañeros de generación se graduaron o reprobaron desde hace mucho. Muchos de mis exalumnos de la prepa ya van como en cuarto o quinto semestre ahí mismo. Ya mero me alcanzan.

Entré un semestre después de terminar ingeniería. No me gustó la carrera cuando la terminé. Recuerdo muy bien el día, como en cuarto o quinto semestre, cuando me dejé caer en una de las bancas de la cafetería del Tec, y le dije a mis compañeros que no me veía imaginaba de ingeniero en sistemas. Todos me recomendaron que la terminara. Total, ya estaba a la mitad, ¿ya qué? Fue tanta la insistencia de todos, incluso de mi papá, que seguí adelante.

Después de mi examen profesional de ingeniería en 2006,
con compañeros que hicieron el examen el mismo día.

Me titulé y por las mismas fechas hice mi examen de admisión para comunicación. No recuerdo mi puntaje exacto, pero fue algo así como 735 puntos. Soy bueno en las dos grandes áreas del examen: Matemáticas (después de terminar ingeniería ya serían chingaderas) y lectura y redacción, así que no me sorprendió tanto. Para ese entonces me la pasaba leyendo, escribiendo, tomando fotografías, opinando sobre cosas que no sabía nada. Todo el cliché del comunicólogo, hasta me preguntaban a cada rato si lo era.

Entré porque me gustaban los medios de comunicación. Tenía 23 años. Ya trabajaba en radio, en televisión, hice algunas publicaciones, hasta estuve de extra en una película. Había visitado muchísimo la biblioteca de la facultad, conocía la mayor parte de los libros sobre cine que tenían ahí, y otros sobre radio. Me interesaba todo. No podía esperar a entrar, era uno de mis grandes sueños.

Al iniciar, sentí como una bocanada de aire fresco. Después de cinco años de estudiar código, fórmulas, procesos, protocolos y algoritmos, hablar de cosas humanas fue increíblemente estimulante. Sentí le hacía mucha falta a mi vida. Fue genial. Comencé a dar clases en prepa porque me permitía seguir estudiando.

Una parte de mi grupo durante la materia de desarrollo humano en 2007.

Pero la carrera me gustaba también porque mi primer grupo fue muy bueno. Como estábamos en modo semiescolarizado, había gente que trabajaba y estudiaba, por lo que realmente le echaban ganas. Para todos, estar en la facultad representaba un sacrificio, un esfuerzo extra, y lo apreciábamos mucho.

Durante la materia de administración en 2007.

¡Vaya que fue un sacrificio! Dejé ir buenas oportunidades de empleo. Mis viernes en la noche rara vez eran sociales. Salía de clase a las 10 pm y entraba los sábados a las 7 am. Se me juntaban los finales de semestre de la prepa y la universidad. Al inicio tenía que hacer malabares con mi horario, para acomodar trabajo y estudio. Fue muy, muy pesado, ahora que lo pienso. Como siempre estuve así, no me había dado cuenta hasta hoy.

Al principio mi prioridad era el estudio. Mi sueño era trabajar en los medios, en algo creativo. Por eso dejé pasar oportunidades de trabajo. Ni siquiera consideré aquellas ofertas que me impidieran asistir a clase. Tomé cursos intersemestrales sacrificando vacaciones también. Casi no salía de la ciudad por lo mismo. Aproveché las clases mucho más que en ingeniería, me dediqué en serio a estudiar.

Pero el amor acaba. Ya para cuarto semestre, mi grupo se desintegró. Cada quién andaba en materias diferentes, además algunos desertaron. Por otra parte, el ritmo y la calidad de las clases también decayó, o no sé si la novedad de estudiar una ciencia humana se esfumó. Sentí que muchas materias eran una pérdida de mi tiempo, y que no aprendía gran cosa en ellas. Algunos maestros daban una clase tan light que me sentía insultado. La escuela dejó de ser prioridad.

Algunos eventos me atrasaron. Principalmente un diplomado de competencias docentes que tuve que cursar obligatoriamente en COBACH. Eso me atrasó todo un semestre. Y conforme pasaban los semestres, veía que el ámbito de los medios no me llamaba la atención en absoluto. ¿Por qué estaba estudiando eso? Ya ni siquiera me llamaba la atención trabajar para una revista ni hacer cine. Fueron muriendo esas pasiones.

Checha posando para un corto, 2008.

Cada día me sentía más fuera de lugar. Durante tres momentos específicos, estuve a punto de darme de baja de la carrera. En uno de ellos, inclusive llegué a la oficina de la subdirectora a decir: "Quiero darme de baja definitiva". Normalmente estos episodios eran la culminación de grandes problemas a la hora de inscribirme, u otras linduras producto de errores administrativos. Pero me convencieron de seguir.

Mientras tanto hice muchas cosas: Tocar en bandas, escribir cuentos, tomar fotografías, entrar a otros cursos, dar pláticas... En fin, lo que me gustaba.

2008.

Desesperado porque sentía que no avanzaba, decidí entrar a la maestría de estudios socioculturales. Fueron dos años donde, en efecto, encontré lo que buscaba. Me encantó el proceso de estudiar ese postgrado, luego platicaré más sobre ello. Aún así, tomé una o dos materias por semestre en la facultad. No la abandoné del todo. Junto con el trabajo, la carga de la maestría y la serie de problemones que se me vinieron encima, fue casi un milagro sacar adelante estos último cuatro semestres.

Ahora me encuentro con una situación muy difícil. Estoy a punto de irme a vivir a otra ciudad (more on that later) y ya se me acabó el tiempo disponible. Tengo siete años para terminar, y ya me gasté seis. Me faltan algunas materias todavía, y debido a los servicios sociales que debo hacer y mi empleo, definitivamente no voy a terminar.

Quizá si hago un esfuerzo sobrehumano (una vez más) pueda lograrlo. Pero... ¿Vale la pena? ¿Estoy dispuesto a sacrificar más todavía? ¿Quiero ser comunicólogo? ¿De qué me va a servir un título más? Ya tengo un título de maestría que me puede servir casi para lo mismo. Lo mejor que se me ocurre es retirarme ahorita, renunciar a la carrera. Y a decir verdad, ya son seis años de llevar un ritmo de vida insostenible. Necesito descansar un poco.

Soy una persona muy obstinada, no me doy por vencido fácil. No es sólo la resignación lo que me lleva a dejar comunicación. Ser comunicólogo es un plan que ya me queda muy chico. Tengo en mente otros proyectos, pero para lograrlos, tengo que desprenderme de algunos lastres, tengo que hacer cambios. Podría terminar la carrera y seguir anclado a Mexicali cuando menos un año más. Continuar mi vida de antes.

Pero ya no quiero eso. Tengo que liberarme de esta enorme carga. Vienen cosas mejores.

No fue fácil la decisión. Luché conmigo mismo durante algunas semanas. Me resistí al cambio, creo que todavía lo hago. Pero después de un tiempo de pensarlo, admití que ya no me entusiasma la idea. Ya no me interesa, ya no me motiva, ya no hace feliz.

Y créanme: Ahorita lo que más quiero es ser feliz.

Adiós, facultad.












































The Dark Knight Rises (2012)



Si tienes muchas ganas de ver esta película, te sugiero que lo hagas antes de leer mi reseña. No pretendo hacer spoilers, pero tampoco me limitaré al discutir la trama. Sobre aviso no hay engaño.

No elevé mucho mis expectativas antes de la premiere de The Dark Knight Rises y aún así salí muy decepcionado. No escribiría una reseña de la película si no viera que a la mayor parte de los críticos y al público le gustó tanto como las dos partes anteriores de esta trilogía. Prefiero no escribir reseñas cuando estoy de acuerdo con todos, ¿para qué? Es mejor sólo ponerle "Like" a una reseña preexistente.

Pasaron ocho años desde la película anterior. Batman se ha retirado, Bruce Wayne vive como hermitaño y ha perdido gran parte de su fortuna. Ciudad Gótica vive en paz, el crimen organizado ha desaparecido. Hasta que aparece un terrorista llamado Bane que quiere destruir la ciudad para hacer un mundo más justo.

Entremos en materia: A esta película le faltan buenas dosis de vida cotidiana y le sobran clichés. Nunca se nos muestra una ciudad, sólo edificios vacantes que sirven de decoración para las escenas de acción. No aparecen más personajes que los indispensables para que la trama avance. Los personajes nunca comen, nunca ríen, no tienen actividades cotidianas. Nolan se enfoco exclusivamente en mostrarnos lo indispensable para la trama.

Aún así, es una película de casi tres horas. Tres largas y dolorosas horas donde hay muchos diálogos apresurados que parecen borradores de un libreto. Piensen por ejemplo en la escena del baile de caridad donde Bruce Wayne baila con Selina Kyle. No se nos muestra nada del baile, sólo algunos extras en el fondo que sirven como decoración. No hay vida en la fiesta. No parece una fiesta, parece un escenario teatral.



Por otra parte, todo es aburridamente predecible. Cuando apareció una bomba con grandes números rojos y una cuenta regresiva, supe que todo estaba perdido: No tendríamos un buen final. Casi estaba esperando a que sacaran unas pinzas y tuvieran que decidir entre cortar el cable rojo o el cable azul.

Los enfrentamientos entre Batman y Bane se resumieron a pleitos de secundaria, con puñetazos y empujones. Mientras tanto, el destino de Ciudad Gótica, y el de los millones de sus inútiles ciudadanos, pendía de un hilo. Lo más interesante, las consecuencias de una ocupación militar, o la reacción de la gente, nunca se nos muestra.

Hay un cameo totalmente gratuito por parte de Liam Neeson. Hay eventos totalmente inverosímiles que me recordaron constantemente que es una película basada en un cómic.

¿Tengo algo positivo que decir? Algunas cosas. Como siempre los efectos especiales fueron de primera calidad. Me gusta que en las películas de Nolan los efectos en realidad están al servicio de la trama, y buscan llamar muy poco la atención. Pero lo mejor de The Dark Knight Rises fue Anne Hathaway. Amé ese personaje, y fue una pareja perfecta para Batman.

Sé que el primer crítico que escribió una reseña negativa sobre esta película recibió amenazas de muerte. Y, ¿cómo olvidar la balacera de Colorado en un preestreno? Este es un filme que generó muchas expectativas y los fans morían por verla.

Con justa razón. Desde mi punto de vista, The Dark Knight (2008) es la mejor película de súper-héroes. Nos dio uno de los villanos mas memorables de la historia del cine. Además, está ejecutada impecablemente. La trama, aunque inverosímil en momentos, es consistente y muy unida. El ritmo es implacable y no sólo cumplió todas sus promesas, elevó muchísimo los estándares del género.

Pero la tercera parte, como Spider-Man 3, se queda muy corta. No tanto porque sea mala, no lo es, simplemente no llega al nivel de las anteriores. Está en un lugar más cercano a Thor o Iron Man, que no es ningún halago. No pensé que algún día diría esto, pero durante la película extrañé al Batman de Tim Burton.

P.D. ¿Alguien le puede avisar al asesino de Colorado que la tercera parte de la trilogía no valió la pena? Gracias.

Querida

Este es un recuerdo al que vuelvo de cuando en cuando. Es totalmente inútil, no tiene moraleja ni propósito. No recuerdo mi edad, no recuerdo dónde estaba. Ha sido curioso ir desenterrando varios recuerdos como éste y acomodarlos como en un gran rompecabezas.

Fui con mi mamá a algún lugar. Muchas veces tenía que lidiar con negocios y yo la acompañaba forzadamente. En una ocasión recuerdo que fuimos a buscar alguien que hiciera una lona para la papelería que tenía. Otra vez a arreglar un asunto de un choque. Pero en este caso, no recuerdo cuál era el asunto.

El lugar era todo terregoso y bastante aislado. No sé si la memoria me engaña, pero había montañas de tierra alrededor. Fue hace muchos años, en ese entonces casi todo Mexicali era un lote baldío. El escenario no era nada raro.

Había también una pequeña casa o local de madera. Más bien de puras tablas. Casi como una cerrajería bastante pobre. Y mientras mi mamá arreglaba el asunto al que fuimos, me quedé viendo una televisión que tenían encendida cerca de la puerta.

Las imágenes eran incomprensibles para mi. Alguien cantaba en una habitación totalmente negra, sólo iluminada por candelabros con velas encendidas. El cantante deambulaba por ahí, cantando como dolido. Miraba hacia la cámara, gesticulaba, sobreactuaba con los brazos y así.

Era absurda para mí toda esa faramalla. ¿Qué era ese cuarto lleno de velas? ¿Qué hacía un tipo ahí solo? ¿Por qué cantaba para nadie? Simple y sencillamente no podía comprenderlo. Así me pasaba con muchos videos musicales ochenteros. Sobre todo cuando se basaban en un cantante solitario, deambulando por algún estudio de televisión lleno de espejos, o algo así. Una más de esas cosas "adultas" que simple y sencillamente nunca entendí.

Hasta la fecha no sé dónde estuve en ese momento, o qué estábamos haciendo ahí. Pero descubrí que el cantante era Juan Gabriel y la canción era "Querida". Debo confesar que hasta la fecha no comprendo el video.


Reestructurando la vida

 
Todos los días millones de personas dicen que van a cambiar. Dejarán viejos hábitos, practicarán cosas nuevas, pasarán más tiempo con su familia o qué se yo. Se escucha diario: "Ya voy a cambiar", "pero ya voy a ser diferente". Normalmente cuando lo escuchamos, hasta hacemos un gesto de incredulidad. La triste realidad es que nadie lo hace. Se dice bien fácil, y se incumple más fácil todavía.

Por eso cuando yo digo que voy a cambiar, por lo general nadie me cree. No los culpo. Y a decir verdad, cuando uno quiere cambiar de verdad, no lo hace con el bombo y el platillo por delante. Lo hace chambeándole duro. Los demás se darán cuenta sin necesidad de decirlo. O quizá no, pero ¿qué importa? Si el cambio fue verdadero eso es irrelevante.

Admito que yo soy bien crédulo sobre los cambios. Me gusta creer que la gente va a cambiar. El tiempo se ha encargado de demostrarme que esto rara vez sucede. Tengo conocidos que llevan hasta diez años quejándose de las mismas cosas. Fácilmente las hubieran resuelto en poco tiempo, pero nunca lo han hecho. ¿Por qué? Pregúntenles a ellos.

Otros odian su trabajo, se quejan de que no tienen carro, que siempre cometen los mismos errores, que siempre les pasa lo mismo. Hello! ¿No te das cuenta de que si sigues haciendo lo mismo te seguirá pasando lo mismo? Es obvio que después de un rato dejas de creer en la gente.

Uno de los cambios recientes que tuve fue el cambiar de alimentación. No le dije a nadie, simplemente fui un día con una nutrióloga. En diciembre, antes de muchas de las fiestas. Era uno de mis propósitos de año nuevo, otros sueños guajiros que nadie cumple. Me puse a comer bien, y a seguir la dieta el pie de la letra. Cuando regresé a trabajar y a clases en febrero, me daba un poco de risa cómo se me quedaba viendo la gente: "¿Qué te pasó?", me preguntaban consternados.

Nada, decidí cambiar.

Obviamente muchos de los que me veían también querían bajar de peso, desde hace años incluso. Obviamente me pidieron la dieta, le saqué fotocopias y se las pasé. Obviamente nadie bajó de peso. Me decían que todavía tenían mucha comida en el refrigerador y que ni modo de tirarla. Que la iniciaban segurito la siguiente semana. Eso fue hace un año y medio y siguen igual de chonchitos. Si no es que más. Por eso ya me da hueva pasar la dieta. Unos pedazos de papel no te hacen bajar de peso, es lo que comes y cómo te ejercitas. ¿Tan difícil es?

Supongo que debe ser muy difícil. En la televisión los atajos están a la orden del día. Píldoras, máquinas de ejercicio, fajas y demás productos milagrosos que hacen el trabajo sucio por uno. Simplemente desembolsa algo de dinero, y ¡zaz! Los cambios se harán por tí. Cambios prefabricados. ¡Qué padre! Pero no me fui por esa ruta. Lo hice sin ningún aparato y sin ningún supresor del apetito. "A patín" como dirían algunos.

Otros me decían: "Espérate tantito, al rato vas a 'rebotar'. Vas a ver". Claro, muchas personas hacen la dieta y después de llegar al peso ideal, vuelven a comer como antes y suben en chinga. Eso se llaman el "rebote" y es sumamente común. Pero es obvio: Si comes como antes, estarás como antes. Es bien lógico. Ya ha pasado un año y medio y no he "rebotado". Eso es síntoma de que en realidad hice un cambio.

Suelto todo este rollo no para alardear. Lo menciono por que estoy en otra etapa de cambio. Considero que estoy reestructurando y reordenando mi vida radicalmente. No estoy a punto de iniciarlo: Ya casi termino. Pero a diferencia de una dieta, donde los resultados saltan a la vista y son innegables, en este caso ni se notan si uno no presta atención. Son cambios internos que creo necesarios y que, como todos los cambios de verdad, cuestan trabajo y duelen.

Desgraciadamente, como en el asunto del control de peso, existen muchas soluciones "aspirina" para hacer cambios internos. Los libros de superación personal son un buen ejemplo. Los retiros religiosos otro muy bueno. Tampoco tomé esos atajos.

Y no quisiera sonar como ejemplo a segir ni como predicador barato. Simplemente describiré brevemente mi proceso. Comencé admitiendo que lo que había hecho hasta el momento ya no me funciona. Es difícil darse cuenta, pero es un paso súper necesario. Ya de ahí decidí actuar.

Fui a terapia psicológica. Confío en la psicología, supongo que por que mi papá es psicólogo, pero me he dado cuenta que mucha gente no. "Ay, yo no voy por que no estoy loco", "Una vez fui y el psicólogo me dijo puras cosas que ya sabía que tenía que hacer", "¿Para qué ocupas que otra persona te diga cómo vivir?". Nada de eso. A mi, en lo personal, me sirvió para delimitar claramente hasta donde llega mi personalidad, y dónde comienzan mis demonios. Con la línea mucho más clara, pude trabajar al respecto.

No se trata tanto de hacerme "normal" (eso nunca va a pasar), o de "curarme" de una enfermedad. A final de cuentas, es mi vida y yo decido. Pero es importante saber lo que uno quiere, y si eso realmente lo conducirá a la felicidad. Pequeño detalle. A final de cuentas lo que quiero, como tantos otros, es ser feliz. Así de fácil. Algunas cosas estorban para lograrlo.

De nada sirve saber todo lo que no quieres en tu vida si no haces algo por dejarlo fuera. Tuve que "dejar ir" muchas cosas de mi que no me estaban sirviendo. Hay por ahí en Facebook una imagen que anda rolando que dice "Los siete pasos pada dominar al ego" o algo así. Me di cuenta de que yo necesitaba dejar ir algunas de las cosas de esa lista. La necesidad de tener la razón, la necesidad de ser superior y así. Ni sé de dónde salió, son como cosas sacadas de un libro de superación, pero no importa. Si se me hace importante hacerlo, me hacen vivir más feliz. Son pequeñas cositas que uno debe hacer diario.

Como de costumbre, estos cambios podrían tener un "rebote" si no fueran sinceros. Pero creo que lo son. Muchos cambios en mi vida afortunadamente han permanecido conmigo. No alego ser perfecto, cada cierto tiempo se acumulan muchas cosas malas que de pronto hay que extirpar. Este ha sido otro borrón y cuenta nueva. Un borrón muy doloroso, por cierto, pero así es esto. Aunque aún no termina mi plan.

Publiqué una foto al principio de este escrito. Es bastante reciente, y es del baile de graduación de mis estudiantes de sexto semestre del COBACH Baja California. El primero es Juan José, aunque ya se había graduado desde hace rato. Luego está su novia Irma, y posteriormente Rosa. Ese fue un día inmensamente feliz.

Para contrastarla, pongo otra foto que creo que antes no hubiera publicado por vergüenza. Es de cuando tenía 14 años. La pongo por que a mucha gente que recién me conoce y le cuesta trabajo creer lo que les cuento de mi. Creen que nunca he cambiado. En la foto estaba leyendo el libro Caballo de Troya de J.J. Benítez, que me encantó en su momento pero ahora considero casi ilegible. Estaba gordo a más no poder. Estaba ñoño a más no poder. Me veo y casi ni me reconozco. Pero ese era yo. Y si, muchas cosas he cambiado, pero otras más han permanecido.

Ese poner y quitar a lo largo del tiempo, es lo que nos hace ser nosotros.


Lust for life

Cuando era niño no me gustaba relacionarme con adultos. Esto es normal, ¿a qué niño le gustan? Pero creo que en mi caso era casi una aberración. Simple y sencillamente no podía entenderlos. Se me hacían aburridos. Sus conversaciones: Repetitivas, poco interesantes. En general, algo en lo cual no quería convertirme.

A veces acompañaba a mi papá a su trabajo y sus compañeros me saludaban. Se agachaban con una sonrisa condescendiente. No recuerdo bien lo que decían pero el tonito no lo olvido. Como si estuvieran diciendo: "Ay, ¡mira el niñito!" con una supuesta ternura que me hacía enojar. En el momento no me daba cuenta, es hasta hoy que me pongo a pensar en ello. No entiendo por qué me trataban así.

Yo tenía miedo a ser adulto. No a cumplir años, no a envejecer: A hacerme como ellos. ¿Iba a tener ese tipo de conversaciones? ¿Iba a hacer esas bromas? ¿Iba a dejar de gustarme la música diferente? ¿Me iba a desapasionar el cine? ¿Iba a decir que me gusta leer pero que "no tengo tiempo"? Era horroroso el prospecto.

Cuando entré a trabajar a COBACH, mis compañeros de trabajo me veían estudiando una segunda licenciatura y luego entrando a una maestría y me decían: "Es que tu haces eso por que estás joven. Yo a tu edad estaba igual, quería comerme el mundo de un bocado". No sólo ellos me lo decían, los "adultos" consideraban todas mis actividades como arranques juveniles que irían muriendo con el tiempo. El mensaje implícito era que tarde o temprano estaría como ellos. "Nomás espérate y verás".

Ya casi cumplo treinta años y la buena noticia es que todavía no me hago así. Por fin entendí que no son los años los que transforman así a una persona. No es automático. Me sigue gustando música nueva, no me he desapasionado del cine, me doy tiempo para leer, todavía puedo disfrutar caricaturas o videojuegos. Me tiro en el pasto como cuando iba en la prepa. Sigo con muchísimas ganas de estudiar, de hacer cosas nuevas, de arriesgarme, de vivir.

Ahora veo a muchas personas de mi edad y me pregunto qué les pasó. Son como esa gente que yo veía de niño. Hacen esos chistes, tienen el tono de voz, los gustos. No quiero ser despectivo, pero me aburren bastante. Debo ser sincero y admitirlo.

Cuando veo mis alumnos adolescentes, a veces tengo buenas conversaciones con ellos. A pesar de su corta edad, inexperiencia, inmadurez y demás, tienen todavía muchísimas ganas de vivir. Una pasión desbordante, es lo que se me hace interesante. Sé que a muchos de ellos se les irá muriendo poco a poco, pero espero que en uno que otro sobreviva.

Se puede crecer, se puede cambiar, se puede vivir. Se puede llevar una vida rutinaria, incluso, y ser apasionado por la vida. Eso se nota, no se puede fingir.

Aprendí que la pasión por vivir solo muere si uno la deja morir.

Inglorious basterds es la mejor película de Tarantino



En mi opinión, Inglorious Basterds es la mejor película de Tarantino. He debatido sobre esto con algunas personas que alegan que este honor pertenece a Pulp Fiction, Kill Bill e incluso a Jackie Brown. Intentaré explicar brevemente por qué su última película me parece su obra cumbre.

¿Se acuerdan cuando la palabra "tarantinesco" significaba gángsters vestidos de traje empuñando pistolas? En los noventa eso parecía resumir su estilo. También la violencia, mucha sangre y humor negro. La narrativa no-lineal parecía ser otra constante. Para la década del 2000 ya se salió de ese molde. Llegaron Kill Bill, Death Proof y Inglorious Basterds. Ya no había gángsters. ¿Cómo encajan estas películas con su obra anterior?



Tarantino ama tanto el cine, que hace películas sobre su tema favorito. Si se fijan, todas sus películas han retomado recursos y estilos que no son propios, más bien son sacados de filmes chafas y antiguos. Por ejemplo, Pulp Fiction retoma recursos de la nueva ola francesa y Jackie Brown es como un tributo a películas de blaxploitation de los setenta. Perros de reserva me parece una obra muy preeliminar, en donde no definía su estilo muy bien.

En Kill Bill ya es mucho más obvio. En su momento pensé que era su mejor película. Hay western, artes marciales chinas y japonesas, anime y un pastiche de escenas, disfraces y recursos sacados de películas chafas. Nunca pretende ser creíble, más bien crear un collage con los recuerdos más entrañables del cine que Tarantino vio de joven.



Ya para Death Proof incluso la cinta está dañada artificialmente, como en las películas viejas y chafas. El personaje principal es un doble de acción que conduce un auto utilizado en cine. La última escena es una recreación de otra escena de la película favorita de los personajes principales. No he escuchado que a mucha gente le encante Death Proof, pero para mi gusto funcionó perfectamente.



La última se lleva el trofeo. En ella se realizan todas las ambiciones anteriores del director, y de una manera tan sutil que el espectador a veces ni se da cuenta. Síntomas de ello son las personas que se quejan de que "así no sucedieron las cosas". Como dije, Tarantino nunca ha intentado hacer películas creíbles, más bien pastiches. Inglorious Basterds es exactamente eso. Además, es una película excelente sobre cine.



Para empezar, el logo de Universal con el que inicia, está totalmente obsoleto. Es de alguna película muy vieja. Los créditos iniciales tienen una tipografía y música de western, y cuando aparece el título de la película nos aparece una nota de copyright muy reveladora.



La primera escena con Hans Landa está sacada directamente de El bueno, el malo y el feo, pero con Sherlock Holmes como personaje principal, incluso con la misma pipa. Un Sherlock nazi, cabe destacar. Es casi un cortometraje independiente, casi inconexo del resto de la película.



La siguiente escena es el comando que le da nombre a la película, con una actuación totalmente chafísima por parte de Brad Pitt. Posteriormente un Hitler de película, en escenarios sacados de otras películas de la segunda guerra mundial. Nada creíble, y todo totalmente cinematográfico al borde de la caricatura.



Después de la escena del oso judío, que también tiene algunos recursos cinematográficos interesantes que no tengo paciencia de explicar, cambiamos de ritmo. Pasamos a la comedia romántica francesa. La facilidad con la cual Tarantino brinca de géneros es sorprendente. Además, si se dan cuenta, toda la trama de "amor" del nazi con la judía gira alrededor del cine. Él intenta seducirla hablándole de películas porque piensa que está interesada. Es más, él es un actor de cine, casi por accidente.



Los últimos personajes en ser introducidos tienen una trama para derrocar a los nazis. Por algún extraño motivo, eligen a un crítico de cine para que lleve a cabo la operación secreta junto con los "bastardos". En esta escena, se discute apasionadamente sobre películas que no existen. El plan consiste en encontrarse con una actriz de cine alemana, que es en realidad una espía para Inglaterra. De nueva cuenta, todo gira en torno al cine.



La famosa escena de la taberna, también gira en torno al cine. Cuando los oficiales falsos deben jugar a adivinar el personaje, se eligen casi puros íconos cinematográficos. Además, cuando el agente inglés intenta defender su acento extraño, pone como escudo una película en donde apareció como extra.



¿Dónde se lleva a cabo el gran clímax? En una premiere de cine, por supuesto. Durante toda la secuencia final, dos de los bastardos tienen prohibido hablar debido a su nulo conocimiento del alemán. Esto los convierte inmediatamente en personajes del cine mudo. Adquieren las mismas maneras y las gesticulaciones exageradas. Además, hay varias tomas de iris que remiten también al cine mudo.




¿Qué inicia el incendio? Filme, por supuesto. Las llamas consumen la pantalla, y la luz del proyector ayuda a que el rostro de la película aparente la escena de Raiders of the lost ark.



Hitler muere, el cine explota y los gringos ganan once again. Tarantino no puede evitar darse palmaditas en la espalda: Sabe que esa es su obra maestra.


Las esferas del dragón



El otro día estaba pensando que el núcleo de la historia de Dragon Ball es demasiado bueno. Nunca he visto la serie completa, sólo algunos episodios del inicio. Si llamaban mi atención, ahoritita explico por qué. Cuando aparecieron las secuelas, perdí interés por completo. La serie se convirtió en largas peleas de machos extraterrestres para ver quién la tiene más larg... perdón, quién es más poderoso.

A lo que me refiero es a la historia inicial. Según recuerdo, Bulma estaba buscando las esferas del dragón, que se encontraban desparramadas por el planeta. El que juntara las siete esferas se hacía acreedor de un deseo, como si fuera una lámpara mágica. Cuando el deseo se cumple, las esferas se dispersan nuevamente por el planeta y hay un periodo de varios años antes de que puedan ser reunidas de nuevo. Estoy citando de memoria, quizá tengo mal los detalles.

Pues bien, durante su búsqueda, Bulma y Gokú se encuentran a otras personas que también están buscando las esferas. Incluso otros que ya tenían algunas en su posesión. Otras que se las querían robar y demás. Esta es la primera parte de la serie, la que me parece más interesante y la que le da el nombre. Ya después se convirtió en puras peleas para salvar el mundo y así.

Ahora imagínate que le quitas todo a la serie y te quedas con la pura historia original. Quítale los personajes, quítale a Gokú, Yamcha y el maestro Rochi. Quítale el mundo fantástico en el que viven, y quítale ese mundo futurista. Transporta la historia hacia otro lugar y época, e inventa nuevos personajes.

Creo que esa serie o película podría ser todo un estudio del deseo humano. ¿Cómo serían las personas más apasionadas al buscar las esferas? ¿Qué anhelo o deseo quieren llenar? ¿Qué falta en sus vidas, por qué quieren dejarlo todo para buscar una sola cosa? Sería interesantísimo ir viendo qué tipo de personas se topan en el camino, o qué están dispuestos a hacer con tal de conseguir las esferas.

Las posibilidades son muchas. Lástima que la idea ya está desperdiciada.

Hay momentos armónicos donde las palabras simplemente sobran.

Reparaciones

Comencemos este escrito con un lugar común, ya sabemos que me encantan y me salen naturalitos: Es increíble cómo puede cambiar la vida en seis meses. En enero rogaba por que el año se terminara, por que dejara de doler. Hoy siento que apenas comienza.

No tengo memoria de gran parte de este año. Intento recordar en qué se fue el tiempo y sólo recuerdo el dolor. Terminé la tesis, pero no tengo ninguno recuerdo de haberla escrito. No puedo visualizarme sentado en la computadora, tecleando. A veces, cuando leo mis cuentos y publicaciones antiguas, puedo recordar cuándo los escribí. El lugar o quizá las circunstancias. Algunos fueron en papel, otros en la computadora, en mi casa o en la escuela.

Sólo tengo dos flashazos de escribir la tesis: Uno en el trabajo, entre clases, todo apurado como de costumbre. Y otro en mi casa, apurado también. Sin ver lo que sucedía a mi alrededor. Sin ver que estaba solo, o quizá había gente, pero lo dudo.

Tampoco recuerdo haber dado una sola clase. Mi memoria comienza cuando entregué la tesis. A partir de ese momento inicia la memoria de lo que dije en el aula, antes de eso es un hoyo negro. Fue una sensación rara, cuando apenas sentía que mi semestre iniciaba, se terminó. Siento que tengo vacaciones prematuras.


Pero todo me sirvió. He despertado. Me siento, por algún motivo, como en el paso número ocho de alcohólicos anónimos.

Cómo ser un buen mal poeta

si fuera un mejor poeta
no iniciaría mi poema con un verso tan malo

tendría la destreza
y el arrojo
para matar al significante
sabría que ni a poeta llego
repetiría menos palabras
usaría menos conectores

y evitaría clichés como
escribir que soy un mal poeta
frases como
"que rueden las cabezas que tienen que...", etcétera

pero el lugar común es mi refugio
lo familiar me reconforta
me apapacha
soba las manos torpes
que sujetan mi pluma fuente
por que hasta eso uso
para sentirme poeta

mis poemas son
una gran fiesta de cumpleaños
decorada con globos de segunda mano
y confetti usado

con una piñata rota
a la que se derramaron las metáforas
y huyeron hace mucho
por que tienen otros dueños

(un buen poeta no escribiría estos últimos versos)

los que no se ríen al leerlos
afirman que no son tan malos
me ven con lástima
regresan el papel arrugado
como limosna
se sienten generosos al decírmelo

lo guardo en mi bolsillo
junto con mi coraje
añejándolo
en algún organelo de alguna célula

para sufrir intravenosamente
mientras espero
el renacimiento de un objeto inanimado

genero halagos
(por lástima, pero los genero)
mientras me convierto en un buen poeta
de esos que enamoran y hacen llorar
aférrome a mi patetismo

repetiré frases
metáforas
robaré versos
e imágenes poéticas
abusaré de los conectores
cacofonía y pleonasmo
gritaré que soy malo

por lo menos,
otros poetas malos
regresarán mis papelitos arrugados
y por primera vez
sentirán lástima por otro poeta

Neurótico


Esta fotografía fue tomada en Disneylandia, sospecho que a principio de los noventa. Como mi cumpleaños es el 26 de diciembre, nadie anda de humor para otra fiesta. Muchas veces mi familia me llevaba de viaje a algún lugar de California como regalo. Ya sea Disney, los Universal Studios, Sea World y así. En mi narcisimo egoísta esto era una especie de trampa, ya que el regalo era para todos, no sólo para mi.

Recuerdo muy bien el momento de esa fotografía. A mi me gustaba mucho Disneylandia por que creaba mundos ficticios pero convincentes. Hay montañas y ecosistemas totalmente artificiales, pero que por un momento te pueden transportar a una fantasía. Particularmente me gusta toda la fila de Indiana Jones. Hay muchas cosas para ver, y es bastante convincente como mina semi-abandonada. Pero me molestaba que algunos detalles rompían la ilusión.

El punto es que esa fotografía me parecía un excelente momento para transportarme a ese mundo ficticio. Si estaba bien tomada, podría parecer que nos encontrábamos en patolandia, así que estaba bien ansioso por que nada arruinara la simulación. Pero mi papá tomó el globo por las cuerdas. Si ese globo realmente estuviera inflado, las cuerdas no se doblarían así al jalarlas. Mi tía se encontraba medio salida de la canasta, ¿cómo podía ser eso posible? La foto se estaba echando a perder por completo. No sé si lo notan en mi rostro, pero yo me moría de la angustia. ¡Quería explotar y decirles que todo estaba mal! Pero me contuve.

Ya que veo la foto, hay miles de otras cosas totalmente mal. El flash ilumina erróneamente a uno de los patos. El ángulo deja ver cosas del fondo, que no son parte de patolandia. ¿Cómo es posible que se vea en el fondo que estemos volando y los patos se encuentran enfrente? Definitivamente disneylandia perdió los objetivos originales de Walt Disney desde hace mucho.

El punto es que soy un neurótico perfeccionista desde entonces. Pero, bueno, observo esta foto veinte años después y ahora puedo "dejar ir" y relajarme. Ya es un avance, ¿no?

Nunca es tarde para superarse

Hoy fui a tomarme unas fotografías de tamaño infantil que requiero para un trámite. No tenía mucho tiempo en la mañana, así que llegué a un estudio fotográfico cerca de mi casa. Muchas veces lo había visto, cuando iba de carrera o regresando del trabajo, pero nunca había entrado. ¿Para qué? Me estacioné y al asomarme dentro el lugar me dio un aspecto bastante descuidado. Pero no me importó, llevaba mucha prisa. La puerta estaba cerrada pero había un timbre que presioné para anunciar mi llegada.

Detrás de una cortina de tela salió una señora de corta estatura, caminaba con dificultad. Me abrió la puerta de vidrio con sus llaves y preguntó qué se me ofrecía. Le comenté lo de las fotografías, pero que no estaba seguro si eran a color o en blanco y negro. Observé a mi alrededor y vendían cosas nada relacionadas con la fotografía. Tintes para el cabello, algunas figuras de porcelana y otras cosas que no recuerdo. Había un escritorio desgastado que vio mejores días. Seguro ya ni lo usaban y seguía de adorno.

Muchos estudios fotográficos se encuentran en decadencia. Todavía la gente busca los retratos familiares, fotos de los novios y quinceañeras. Pero creo que la fotografía digital ha robado mercado a muchos de estos negocios. Algunos ya están tan abandonados como éste, moribundos. Como un lugar congelado en el tiempo. Por eso mismo decidí tomarme las fotos ahí y no buscar otro lugar. Llevaba prisa, es verdad, pero bien podría haberme dado la media vuelta. Creo que tenía tiempo. Ahora me siento millonario de minutos.

"Las fotos a color te las tendría ahorita, las de blanco y negro mañana en la tarde." Como no tenía tanto tiempo, opté por las fotos a color. "Qué bueno, así no te tienes que dar otra vuelta, me dijo", pero más bien creo que también sería más fácil para ella. Me pasó a otro cuarto de aspecto más ruinoso todavía. Había una puerta abierta que seguro daba hacia una casa. Una radio vieja se escuchaba a lo lejos, con algunas canciones románticas muy viejitas.

Había muchas cosas en ese cuarto. Algunos trapos mal acomodados, sobrantes de fotografías que fueron recortadas, un espejo, un sillón individual tan deteriorado como el escritorio de la entrada y algunas luces que formaban el improvisado estudio. Me senté en la banca detrás de las luces y delante de la pantalla. La señora se agachó con dificultad para encender los focos.

"Algo raro le pasa al radio", me dijo, "cuando prendo cualquier foco suena más fuerte". Yo no había prestado atención y supongo que mostré contrariedad. Como para demostrar que no estaba loca, me dijo: "Escucha". Apagó la iluminación y, en efecto, la radio bajó de volumen drásticamente. Ya casi no se entendía la letra. Cuando las encendió de nuevo, el volumen se vino arriba, con un poco de distorsión. La voz se escuchaba claramente. La canción era "Puerto de ilusión" en una interpretación muy emotiva y melancólica de las hermanas Huerta. Creo que encajaba con todo el resto del lugar.
La Paz, puerto de ilusión
remanso de luz y amor
como una perla que el mar encierra
así te guarda mi corazón.
La señora preparó la cámara. Obviamente las fotografías serían instantáneas. La cámara era de esas que tienen seis lentes para captar seis imágenes al mismo tiempo. Me indicó que moviera la cabeza un poco y disparó el obturador. Sacó el papel fotográfico y lo colocó en una mesa, mientras esperaba a que se revelara. Para sacar plática me preguntó:

¿Para qué necesitas estas fotografías?
Para un examen de inglés. Pero no especificaron si eran a color o en blanco y negro.
Han de ser a color -me dijo, como para darme ánimos  Mi hija estaba hace poco en estos trámites, pero ella ya se recibió.
¿Ah sí? ¿De qué?
Psicología respondió . ¿Y tú de qué te vas a recibir?

Podría haber dicho la verdad: De la maestría de estudios socioculturales. Pero casi siempre es una mala idea. Luego tengo que explicar qué demonios es eso y no es una tarea placentera. La gente nunca queda satisfecha, ni yo. Prefiero decir una mentira inocente, algo que no es totalmente falso pero que no es la mera verdad: "Comunicación". Se quedó satisfecha con mi respuesta, así que me congratulé por mi elección. Comentó algo más sobre su hija, no recuerdo exactamente qué, pero eso picó mi curiosidad para saber qué edad tenía actualmente.

Veintiséis -respondió. No debí preguntar, sabía la siguiente pregunta.
¿Qué edad tienes tú?  Preguntó y decidí no mentir.
Veintinueve.
Oh...

En su rostro pude ver todas sus suposiciones. "Ya está grande para estarse graduando". Muchas veces he visto esta reacción y yo me la busco. La verdad, la prefiero a tener que explicar toda mi vida. Decir que soy ingeniero, que luego entré a estudiar comunicación y que no he terminado, pero entré en la maestría de estudios socioculturales. Escuché a la señora atentamente pero no estaba de humor de explicar toda mi vida, realmente no. Para ella fui un pobre estudiante de comunicación que se graduaba casi a los treinta. Fue quizá demasiado enternecedor e intentó hacerme sentir mejor:

Nunca es tarde para superarse.
No  concordé yo, sinceramente de nuevo.

Y sí, tiene razón. Nunca es tarde, siempre he pensado así. Si hay algo que me cae gordo, es la gente que dice que ya es demasiado tarde para cambiar cualquier cosa de su vida. Para iniciar algo nuevo.

Hace poco conocí aquí una señora que ya se ha recibido de muchas cosas  continuó.
¿Ah, sí? ¿De qué?  pregunté, francamente interesado.
Pues la primera fue de psicología -me decía sin verme, mientras cortaba mis fotografías- la última de trabajadora social.
Qué bien  le respondí.

Me entregó mis fotografías, de las cuales quedé muy decepcionado. Quedaron muy lejanas, la iluminación no me ayudó. Como venía de la calle, creo que hubiera sido bueno que me lavara el rostro. Pero bueno, decidí estar ahí y "rescatar" un estudio fotográfico con mi pequeñísima contribución. Le pagué, le di las gracias y salí por donde había entrado.

En el camino me sentí culpable por no haberle contado una historia más. Quizá contarle al siguiente, si llegaba algún despistado, que conoció un joven que había estudiado mucho y que todavía no sabía qué hacer con su vida. Pero bueno, supongo que hay precios por pagar por ser romántico, tanto por no serlo. Obtuve malas fotografías por serlo, y un remordimiento por no serlo.

Everest




Entregué mi primer borrador completo de tesis la semana pasada. Creo. Ahorita está en revisión y seguro necesitará muchas correcciones, pero por lo pronto estoy a la espera. Por supuesto, sigo atareado dando clases en prepa y con la licenciatura en comunicación. Pero comparado con antes, me siento de vacaciones.

Este semestre fue para mí, sin duda, el más difícil de toda mi vida, por mucho. Échenle: Excesivo trabajo, estrés, problemas familiares, de salud, emocionales... Económicos no, por suerte. Y yo sabía, ya sospechaba lo que se avecinaba. Le comenté a algunos de mis allegados: "Si logro sobrevivir este semestre, sentiré que escalé el monte Everest".

Y heme aquí, vivo todavía. Yo sé que el semestre aún no concluye, pero lo más difícil ha quedado atrás. Si acaso, falta el descenso. Algunas cosas pueden salir mal todavía. Puedo tropezar, rodar hasta el fondo rompiéndome hasta el más pequeño hueso de mi cuerpo. También puedo resbalar, caer en una grieta, quedar atrapado por el brazo con una piedra, de manera que tendría que cortármelo para sobrevivir. Toco madera.

Creo que no he sido bueno para explicar a nadie cuánta presión implicó los últimos dos años para mi. Pero en especial este semestre. Me acostaba después de las doce de la noche para despertarme a las cinco, yacía acostado en mi cama y el estrés no me dejaba dormir. Padezco del corazón, y el sentirlo latir tan fuerte, casi en mi cuello, me estresaba aún más. Hacía changuitos para que no me diera un infarto durante la noche y descubrieran mi cuerpo tres días después, cuando los vecinos se quejaran por el olor.

A veces tenía que decirme a mi mismo que esto pasaría, tarde o temprano. Me ponía a pensar en los sobrevivientes del holocausto, y decía: Si ellos pudieron, yo puedo. Quizá dirán: “¡Oooooh! ¡Qué gran insulto! ¡Ellos si sufrieron de verdad!” y tienen ustedes toda la razón. Comparado con ellos, estaba en la gloria. Pero así me sentía,

No me crean, pues. Seguro estoy exagerando.

Intentar explicarlo era como explicarle a alguien que nunca ha estado en Mexicali el calor que hace en agosto. Uno hace su mejor intento:

─Aquí hace muuucho calor en el verano ─dirá el mexicalense promedio.
─¡Ah, sí! -responderá el foráneo─ De donde vengo a veces también se pone bien caliente.
─No, no. Es que no me entiendes. Aquí hace MUCHO calor.
─Si, allá también. El verano pasado fui caminando a la tienda, estaba a tres cuadras y regresé sudando.
─No, no, no... ─diría el mexicalense, quizá llevándose la mano a la frente, tratando de pensar cómo explicarlo─ Es que aquí hace mucho calor, no puedes ni caminar en verano.

Indudablemente, en el 100% de los casos, piensan que uno está exagerando. ¿Cuál es la mejor manera de convencerlos de nuestro punto? Cinco minutos en el solazo de agosto. Nomás. Es más, con que salga un solo minuto, ya con eso tienes para entender.

Pues así me sentía explicando las presiones a las que estuve sometido este semestre:

─Es que este semestre estoy muy ocupado...
─Si, yo también.
─No, no, no. Espera... ─Etcétera.

Toda esa presión hizo también que todo se viera peor de lo que era. El mundo se volvió gris, desaparecí de la faz de la tierra. No podía ni saludar a alguien en la calle, las pocas veces que me dejé ver, por que ya iba con prisa. No me aparecí en eventos, no fui a fiestas, tanto familiares, de amigos, de conocidos, de desconocidos. Una que otra vez decidí que sería bueno ver la luz del sol, para no perder la cordura (cosa que estuvo a punto de suceder), pero cuando lo hacía ni siquiera lo disfrutaba. Tenía la bola de pendientes encima, esperándome con actitud amenazadora. Como cuando mafiosos esperan a alguien afuera de un restaurante italiano para darle una paliza. Lo más que le queda a la víctima es tratar de disfrutar lo mejor posible sus alimentos, pero ni siquiera piensa en ellos. Así me sentía.

En cuanto entregué el archivo de mi tesis, me di cuenta de algo. Había un gran elefante en el cuarto al cual no le había prestado atención en dos años. El mundo siguió su marcha y yo no fui parte de él. Simplemente estuve fuera, como un monje budista. Extrañé la literatura, el cine, la fotografía, la música. Todo lo que me hacía ser yo y sentirme vivo.

Extrañé sentarme en el pasto a pensar. Extrañé respirar hondo, escuchar música sin preocupaciones. Extrañé tocar el piano, tomar una buena fotografía. Extrañé leer una buena novela, escribir un cuento. Extrañé escuchar a otras personas, escucharme a mí.

Quizá nunca hice estas dos últimas cosas. Pero ya las hago.

Vi claramente que mi vida anterior fue puro tirar barra. Puro hacer lo que me gusta. Estuvo padre, y lo extrañaba. Pero también faltaba más dirección, más disciplina, más exigirme a mi mismo.

Las cosas malas también comenzaron a acumularse en mi, y no tenía ni tiempo de pensar en ello. Se iban a acumulando como en uno de mis programas favoritos, Hoarders. De pronto ya estaba lleno de "cosas" que no me gustaban en otras personas. Como dicen los acumuladores del programa, simplemente pensé que las sacaría al día siguiente. Pues tuve que hacer una limpieza masiva. Me imagino cómo me veía ante los ojos de los demás, pero nadie sabía (ni sabe) la historia completa.

Esta limpieza no sólo consistió en sacar cosas que no me gustan, sino en reintroducir aquellas que amo. De pronto me encontré a mi mismo pensando en tramas para cuentos de nuevo. En actividades creativas y estimulantes.

Me di cuenta de que hay muchos libros que se publicaron hace ya años, y que estuve esperando a que salieran. Ni me di cuenta de que ya son viejos. Se acumularon nuevos discos por escuchar, nuevas películas por ver. Mis conocidos se casaron, divorciaron, tuvieron hijos, perdí personas... Ni me di cuenta.

¿Estoy arrepentido? Noup. Esto fue simplemente un exorcismo. Los cambios no se dan sin dolor. No pain, no gain. Fue muy doloroso desprenderme de cosas, actitudes y personas. La tesis es lo mejor que he escrito en la vida. Estoy muy satisfecho con los resultados. No he hablado mucho al respecto por que no quiero arruinar la sorpresa. Aunque, claro, las tesis nadie las lee y tampoco importan mucho que digamos en el orden cósmico. En fin.




Pero la tesis qué. Es un vil documento. Yo soy una persona, y ahora soy otra. Las circunstancias me moldearon. ¡Qué va! No me moldearon, me madrearon hasta que agarré forma. Pero ni modo, así es esto. Las bombas atómicas emocionales rompieron mi coraza, llegaron al fondo y me hicieron sentir. ¡Sí! Como nunca antes en mi vida, sentir otra vez, vivir... O quizá no otra vez, si no por primera vez.

Primero la tormenta revolvió todo, luego amainó. Las nubes grises quedaron, y se retiraron paulatinamente. Hasta que dejaron entrar algunos rayos del sol. Todo quedó empapado, pero limpio. Se fue despejando el cielo, hasta que se evaporó la lluvia. ¿Han visto cómo se ve la ciudad cuando ya el sol secó todo? Así me siento.

La gran pregunta que por fin he tenido tiempo de preguntarme: ¿Ahora qué?

Gran cuestión, pero tengo varias y deliciosas respuestas.

Sentimiento de abandono

Creo que ya puedo escribir sobre esto. Ha pasado bastante tiempo. Es una historia interesante que con frecuencia utilizo para ilustrar algún punto. A veces no cuento anécdotas por miedo a que las personas involucradas sean identificadas, generalmente lo son. Pero ya pasaron muchos años de esto.

Para mi servicio social de ingeniería entré al departamento de soporte técnico de una empresa. Recién habían movido a la encargada de puesto y ascendieron a una recién egresada de licenciatura en informática. Diría yo que tenía unos 26 años. Se encontraba muy insegura acerca de su propio conocimiento y experiencia, así que la asistiría con los problemas técnicos. Éramos tres personas en el departamento: La encargada, otra muchacha de servicio social (ya había terminado pero esperaba que le dieran trabajo) y yo.

En momentos ociosos, cuando no había muchos problemas por resolver, mi jefa nos platicaba sobre su vida. Nos contó que tuvo que entrar ahí a trabajar de secretaria a los 14 años, o al menos eso recuerdo. El motivo fue que un día su papá simplemente se fue y las abandonó a su mamá y sus hermanas. Un día despertaron y ya no estaba. Nunca volvió ni supieron más de él.

Ella, la mayor, tuvo que llenar los zapatos y trabajar para mantener a su familia. Estaba muy orgullosa de haber sacado a sus hermanas y su mamá trabajando desde tan joven. En el periodo en el que estuve ahí, todavía estaba involucrada en los planes para la fiesta de graduación. Había ascendido varias veces y ahora que ya tenía una licenciatura la habían puesto en soporte técnico. Así que tuvo que estudiar, trabajar y mantener a sus hermanas y su mamá.

Yo no hablaba mucho en aquel entonces. A la gente le gustaba contarme cosas por que me limitaba a escuchar sin criticar ni alegar. No era muy amenazante. De hecho, hace poco visité a una excompañera de la universidad y me comentó que hoy en día, a diferencia de entonces, no me para la boca. Que antes era mucho más selectivo para platicar con alguien o para elegir a quién responder.

Volviendo a la historia. El problema es que no sé qué hizo mi jefa durante su carrera, por que siendo sinceros no aprendió mucho que digamos. Se atoraba con los problemas más simples, como impresoras que se negaban a imprimir o mensajes de error en la instalación de cierto software. Por esto mismo me mandaba a mí a resolver todos los problemas, y no sabía qué hacer con muchos de ellos. Estaba morro, pues, me había alejado mucho de las computadoras. Era la época cuando quería ser director de cine y demás. Estaba morro, pues.

La mayor parte de los regaños me estaba tocando a mí, porque yo daba la cara. Ella solamente recibía las llamadas de ayuda y yo salía a hacer el ridículo. No niego que fue una experiencia muy educativa, pero era muy estresante no tener alguien a quién recurrir en busca de ayuda.

El punto es que el resto de los empleados se dio cuenta, y los rumores comenzaron. Que ella no daba el ancho para el puesto y así. Mi jefa no tomó a bien los comentarios, nos decía: «Aquí sólo nos tenemos a nosotros, nadie más nos va a ayudar»

Un día se me acercaron la antigua encargada del departamento, y la encargada de otra área de informática. Me preguntaron que cómo me estaba llendo. Les dije toda la verdad, que realmente yo estaba dando la cara y me ponían a hacer todo. Que no veía a mi jefa muy capacitada y ese tipo de cosas. Se vieron un momento y me dijeron: «Está bien, te vamos a cambiar de área. Ya no vuelvas para allá». Me colocaron en un escritorio y me preguntaron: «¿Dejaste algo en esa oficina?». Y yo: «Sí, mi mochila». Se quedaron contrariadas, y me dijeron: «Espéranos tantito».

Una de ellas se fue y volvió a los pocos minutos. Me escoltó a mi anterior oficina para recoger la mochila y cuando llegamos mi exjefa estaba bañada en lágrimas. Esta escena me sacó mucho de onda. Ella me dijo, sollozando y con los ojos bien abiertos: «¡Miguel! ¿Qué hice mal?». Yo intenté mantener la calma: «Nada, no hiciste nada mal». Mi nueva jefa intervino: «Lo vamos a cambiar de departamento donde haga algo más avanzado, donde pueda aprender más».

Pero fue como si mi exjefa no hubiera escuchado nada: «¡Dime qué hice mal, Miguel!» decía con la voz toda quebrada por el llanto y el final de cada palabra era casi un lamento doloroso. Sobre todo el final de cada frase. Debo confesar que caí un poco en el jueguito chantajista. Quería consolarla o algo. Me dolió verla así, con las lágrimas en los cachetes y su abundante maquillaje arruinado.

Tomé mi mochila y no encontraba la manera de irme. Ella seguía llorando y sentía que no podía desprenderme. Finalmente mi nueva jefa dijo: «Ya nos vamos» y me tomó del brazo hacia la salida. Ya no sé si esto sucedió, o estoy embelleciendo la escena con mi memoria, pero creo que estiró la mano. Lo que si estoy seguro es que pronunció un último y doloroso «Miguel» como intentando retenerme.

En el pasillo, mi nueva jefa se burlaba de ella, simulando tallarse los ojos con los puños: «Miguel, ¿qué hice mal? ¡Dime qué hice mal!». Yo todavía estaba un poco en shock sobre lo que había pasado. Estaba morro, pues.

Tiempo después, cuando comentaba esta anécdota con un conocido que es psicólogo, me dijo: «¡Pues claro! Tiene un sentimiento de abandono bien cabrón». Y sí, pensándolo bien, sospecho que revivió el trágico momento cuando su papá ya no estuvo más con su familia. La situación fue demasiado similar.

Quizá por eso nos dijo que nosotros, las tres personas dentro de esa oficina, éramos los únicos en quienes podíamos confiar. El que simplemente le llegaran con la noticia de que ya no estaría más  con ellas, el yo ser una figura masculina, no sé, fue demasiado cercano. En realidad no me estaba preguntando a mí, estaba preguntándole a su papá. Nunca ha tenido oportunidad de saber, de preguntarle qué hicieron mal su mamá y sus hermanas para que un día decidiera abandonarlas así como así. Tantos años con esa incertidumbre convertida en culpa no salen gratis.

¿Por qué cuento todo esto? Creo he visto cosas así más de una vez. Y claro, nadie está exento de que le suceda. Muchas veces, cuando alguien está actuando como loco, cuento esta breve historia. Sólo para ilustrar que las actitudes irracionales tienen un origen explicable. La mayor parte de las veces. Nunca sirve de mucho.

Ya pues, ya me callo con mi psicología de pacotilla.

Ayúdate a ti mismo y el mundo te ayudará


Soy demasiado raro. Si ustedes saben algo de mi, aunque sea superficialmente, concordarán conmigo. Pero si me conocen a fondo, sabrán lo endemoniadamente laberíntica que es mi personalidad. No lo digo en el sentido positivo, ni tratando de hacerme el interesante. Soy un vil fenómeno de la naturaleza, una mutación extraña con los cromosomas despaturrados. Bueno, no sé si la genética tenga algo que ver, pero estoy casi seguro de que si observan mi ADN con un microscopio electrónico, habrá algo ahí que dará miedo.

Tampoco descarto la idea de ser totalmente convencional, de tener sangre rojita como todos y cromosomas en forma de X, no de W como sospecho. El problema es que uno siempre carga consigo mismo para todas partes. Desde que nace. Tonces está difícil distanciarse un poco para verse de lejitos. Para observarse en lo cotidiano, así a la sorda, mientras se soba uno la barbilla con una mano y entrecierra los ojos pensativamente.

Como siempre estamos enjaulados dentro de nosotros, no podemos darnos "un tiempo" para separarnos, pensar bien las cosas y decidir si queremos seguir juntos. Si tuviéramos esta habilidad, podríamos decirle "¡Al rato!" a eso que no nos gusta e iniciar desde cero. Estaría bien padre y el mundo sería mejor.

Pero no. Aquí seguimos batallándole. Sobre todo yo. A lo que voy es que me ha costado mucho trabajo conocerme. Poco a poquito he logrado algunos avances, pero me falta. No sé si algún día terminaré. Lo que sí sé es que soy bien pinche raro. ¿Cómo lo noto? Simplemente no sé integrarme al resto del universo. Como que el orden cósmico no me tuvo contemplado en su plan maestro y ando dando tumbos por todas partes como pelotita de pinball.

Mientras crecía veía cómo los demás se mezclaban en eso que llaman "sociedad" como peces en el agua. Yo no podía, sentía que me ahogaba. Con los años tuve que desarrollar algunas habilidades para salir a flote. Veía lo que otros hacían y trataba de hacer lo mismo. Hasta la fecha, si me integro a la sociedad es por que he aprendido a pretender muy bien, como un simio entrenado. Todavía me siento inadecuado y torpe, pero vieran cómo un chango vestido y entrenado se parece mucho a un humano. Bueno, no tanto, pero da el gatazo. O el changazo. ¿Han visto los changuitos de los organilleros? ¡Se miran bien humanos! Hasta estiran la manita para pedir monedas con su gorrito.

Pero cuando se me olvida pretender y sale el verdadero yo, ¡aguas! Rápido los demás se dan cuenta de que hay varios tornillos sueltos y que no hay remedio. Como dicen los ajustadores de seguros: Pérdida total. Y hacen lo que cualquier persona sensata haría: Sacarme la vuelta. Si yo fuera sensato también me sacaría la vuelta, no los culpo.

Tuve que resignarme a vivir conmigo pa' siempre. Fue un golpe muy duro. Además, aprender a conocerme. Hay un supuesto tercer paso para ser feliz que es el aceptarme como soy. Esto es taaaaan difícil. En serio, a veces me dan ganas de brincar fuera de mí y gritarme: "¿Estás loco o qué?". A lo que me respondería "Totalmente, ¿y tú?". Y ya rascándome la cabeza añadiría: "Cierto, es obvio. No sé ni por qué te hice la pregunta".

Y volvería dentro para continuar mi retorcido camino llamado vida. Estar como pelota de pinball estuvo padre durante algún tiempo. Iba acumulando puntos, había muchas lucecitas parpadeantes y nunca sabía en que agujero iba a caer. Pero después de un rato te mareas y te da hasta vértigo.

En resumidas cuentas, soy un simio entrenado, que se encuentra enroscado como pelotita de pinball y ha dado muchas vueltas por el tablero. Hasta ahí es donde tengo avanzado en la tarea de conocerme a mi mismo. Si me tienen algunos otros tips o descripciones sobre cómo soy, pues ahí me avisan. Por lo pronto arrastraré mis humanidades lejos de la computadora, ¡y vieran que pesan mucho! Una ayudadita, ¿no?

Apuestas y videojuegos

Héctor Algravez me preguntó si critico por igual a los videojuegos y las máquinas tragamonedas de los casinos. Haré algunas aclaraciones, porque varias personas se llevaron la impresión de que soy un "amargado" por no disfrutar el tirar mi dinero a la basura.


No creo que todos los juegos de azar sean iguales. Los peores me parecen, como ya mencioné, las máquinas tragamonedas. Pero hay muchos niveles intermedios. Creo que las apuestas deportivas son muy diferentes por que, aunque hay azar involucrado, intuyo que también hay algo de conocimiento por parte del apostador. Es decir, él puede hacer una estimación semi-informada sobre el resultado de algún partido o carrera de caballos o lo que sea. Ahí, aunque sea marginalmente, hay alguna participación activa del apostador.

Quizá sea lo mismo en el póker. Pero no puedo saberlo con certeza por que no me gusta apostar. No me gusta la incertidumbre con mi dinero. Como no arriesgo, no gano (tampoco pierdo).

Los videojuegos también involucran una inversión y lo que el jugador gana es únicamente un poco de diversión. Sin embargo, hay enormes diferencias. En gran parte de los juegos, mientras más hábil es el jugador menos tendrá que invertir. Por otra parte, no se está poniendo en riesgo su dinero. Simplemente depositas la moneda y tienes el mismo derecho a jugar. A mi me aburren la mayor parte de los videojuegos. A estas alturas sólo juego Dance Dance Revolution, que me permite ejercitarme, y puedo gastarme hasta unos cien pesos al mes, cuando mucho.

Pero con las tragamonedas, el jugador no tiene la más mínima oportunidad. Los casinos nunca nos revelarán las probabilidades reales de ganar, pero un simple vistazo nos muestra que son mínimas. Es aplastar un botón hasta que se vacíe tu tarjeta de dinero.

Básicamente, para mí, esa es la diferencia.