Horizonte de sucesos
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-11-13
Etiquetas:
prosa poética
/
Comments: (2)
La vida es difícil cuando guardas un hoyo negro dentro de ti. Es un pequeño y sucio secreto que intentas mantener oculto. Los sentimientos orbitan en torno a tu centro de gravedad, dan dos o tres vueltas para desaparecer por siempre succionados, pulverizados por el horizonte de sucesos. Y queda espacio para que las garras de tu vacío se estiren para atrapar lo que puedan, devoren todo aquello que parezca emotivo. Siempre queda espacio, llenarlo sólo lo agranda.
Otra persona sin este vacío se acerca de cuando en cuando. Te observa de lejos y, como planta carnívora, tu vórtice vestirá sus mejores galas. Lucirá apetitoso, acogedor. Al inicio es divertido alimentarlo.
Por eso te lo advierto desde ahora: estás a prudente distancia. Retírate de ser posible. Yo estiro mis manos, presento mi piel agradable al tacto. Te ofrezco mis sensuales labios abiertos, mis ojos chispeantes. Deséame un poco más, acércate centímetro a centímetro. Casi puedo rozarte. Esta agonía me exige tenerte.
Te lo advierto de nuevo: dentro de mí existe un abismo. Observas un túnel infinito, una cascada sin fondo. Si cruzas esta línea, entrarás al punto sin retorno. Desde dentro hacia afuera verás cada vez menos. Luego, nada.
Por favor, da un paso adelante. Tengo el pecho descubierto, ¿qué esperas?
Otra persona sin este vacío se acerca de cuando en cuando. Te observa de lejos y, como planta carnívora, tu vórtice vestirá sus mejores galas. Lucirá apetitoso, acogedor. Al inicio es divertido alimentarlo.
Por eso te lo advierto desde ahora: estás a prudente distancia. Retírate de ser posible. Yo estiro mis manos, presento mi piel agradable al tacto. Te ofrezco mis sensuales labios abiertos, mis ojos chispeantes. Deséame un poco más, acércate centímetro a centímetro. Casi puedo rozarte. Esta agonía me exige tenerte.
Te lo advierto de nuevo: dentro de mí existe un abismo. Observas un túnel infinito, una cascada sin fondo. Si cruzas esta línea, entrarás al punto sin retorno. Desde dentro hacia afuera verás cada vez menos. Luego, nada.
Por favor, da un paso adelante. Tengo el pecho descubierto, ¿qué esperas?
Halloween
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-10-31
/
Comments: (0)
Otra vez el Halloween y otra vez no me disfracé. Siempre digo que voy a hacerlo pero cuando llega la fecha otros pendientes ocuparon mi tiempo. Además, tengo miedo a verme ridículo. ¿Pueden creerlo? Es el día donde uno tiene más permiso para verse ridículo, y lo desaprovecho estúpidamente.
Siempre he querido disfrazarme de Alex de Naranja Mecánica. Pero no el típico disfraz blanco con sombrero de bombín, más bien el traje que llevaba en la tienda de discos. Si, cuando seduce a las dos muchachas sin cerebro. Me gusta por varios motivos. Uno de ellos es que me recuerda a la ropa formal del siglo XVIII, pero con un toque sesentero aunque futurista. Claro, actualmente ya se mira "retro", pero cuando la película fue estrenada se suponía que era el futuro. Además, el prospecto de seducir a dos mujeres al mismo tiempo es bastante llamativo, y aunque estoy lejos de intentarlo, es divertido ponerte en ese papel aunque sea por una noche.
Pero tendría que hacerlo yo y no sé ni coser un botón. Podría mandar hacerlo, pero soy tan quisquilloso que probablemente odiaría el resultado final. Quizá me saldría en u ojo de la cara, y soy tan codo que no me gusta gastar tanto en un disfraz que probablemente usaré sólo una vez.
Por otra parte, estoy seguro de que casi nadie lo recordaría. Es una referencia demasiado velada como para ser inmediatamente reconocible. Creo que todos los disfraces que se me ocurren son más o menos así: Sólo yo los entendería. No es por ser hipster, pero es que me gustan algunos vestuarios de películas y me gustaría vestir así. No es tanto que me guste disfrazarme, sino vestir esa ropa. Lamentablemente la única fecha para hacerlo y que no te apedreen es halloween.
Además, no supe de ninguna fiesta de disfraces aquí en Ensenada en la cual sería bienvenido. Todavía no tengo un gran círculo social. De hecho, creo que ni siquiera lo estoy buscando. No me enteré de nada, y por lo tanto, ni oportunidad de buscar disfraz.
Otro halloween más que se me va al caño. La pérdida no es grave, así que sigo tranquilamente con mi vida.
Siempre he querido disfrazarme de Alex de Naranja Mecánica. Pero no el típico disfraz blanco con sombrero de bombín, más bien el traje que llevaba en la tienda de discos. Si, cuando seduce a las dos muchachas sin cerebro. Me gusta por varios motivos. Uno de ellos es que me recuerda a la ropa formal del siglo XVIII, pero con un toque sesentero aunque futurista. Claro, actualmente ya se mira "retro", pero cuando la película fue estrenada se suponía que era el futuro. Además, el prospecto de seducir a dos mujeres al mismo tiempo es bastante llamativo, y aunque estoy lejos de intentarlo, es divertido ponerte en ese papel aunque sea por una noche.
Pero tendría que hacerlo yo y no sé ni coser un botón. Podría mandar hacerlo, pero soy tan quisquilloso que probablemente odiaría el resultado final. Quizá me saldría en u ojo de la cara, y soy tan codo que no me gusta gastar tanto en un disfraz que probablemente usaré sólo una vez.
Por otra parte, estoy seguro de que casi nadie lo recordaría. Es una referencia demasiado velada como para ser inmediatamente reconocible. Creo que todos los disfraces que se me ocurren son más o menos así: Sólo yo los entendería. No es por ser hipster, pero es que me gustan algunos vestuarios de películas y me gustaría vestir así. No es tanto que me guste disfrazarme, sino vestir esa ropa. Lamentablemente la única fecha para hacerlo y que no te apedreen es halloween.
Además, no supe de ninguna fiesta de disfraces aquí en Ensenada en la cual sería bienvenido. Todavía no tengo un gran círculo social. De hecho, creo que ni siquiera lo estoy buscando. No me enteré de nada, y por lo tanto, ni oportunidad de buscar disfraz.
Otro halloween más que se me va al caño. La pérdida no es grave, así que sigo tranquilamente con mi vida.
Geeking out
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-10-29
/
Comments: (0)
Explicar un tema técnico a personas no-técnicas es una especie de tortura. Si han estado ahí, lo sabrán. Normalmente uno inicia pensando que tiene completo dominio del tema. Será fácil para los demás comprender un tema así de sencillo, ¿verdad?
Pero conforme uno avanza en su discurso y empiezan a surgir términos como TCP/IP, paquetes, direcciones IP, enmascaramiento y demás, el rostro de nuestros interlocutores cambia. Uno lo detecta, pero conforme avanza la plática, la respuesta se hace nula. Es tangible que nada se está comprendiendo. ¿Qué hacer? ¿Retroceder, avanzar, detenerse?
A veces uno suda. Se pone nervioso. A veces simplemente da por terminada la plática, menciona que "es demasiado técnico". A veces uno continúa a sabiendas de que no se llegará a nada. Nunca acaba bien.
Son las desventajas de hablar un lenguaje extraterrestre.
Pero conforme uno avanza en su discurso y empiezan a surgir términos como TCP/IP, paquetes, direcciones IP, enmascaramiento y demás, el rostro de nuestros interlocutores cambia. Uno lo detecta, pero conforme avanza la plática, la respuesta se hace nula. Es tangible que nada se está comprendiendo. ¿Qué hacer? ¿Retroceder, avanzar, detenerse?
A veces uno suda. Se pone nervioso. A veces simplemente da por terminada la plática, menciona que "es demasiado técnico". A veces uno continúa a sabiendas de que no se llegará a nada. Nunca acaba bien.
Son las desventajas de hablar un lenguaje extraterrestre.
Belleza estéril
¿Has jadeado sin nada dentro?
El diafragma empuja,
la garganta rebota,
los pulmones expanden.
No sale nada.
Inhalas:
te sabe a témpano.
Una bocanada de Saturno.
Árida, hueca y estéril.
Resbala el sudor
como brisa en un globo.
Goteas agua destilada.
Jadeas, jadeas.
Desenlazas
y de súbito despejas la neblina.
Te muestra el espejo
un bello despliegue de biología:
el orgasmo más vacío del universo.
El diafragma empuja,
la garganta rebota,
los pulmones expanden.
No sale nada.
Inhalas:
te sabe a témpano.
Una bocanada de Saturno.
Árida, hueca y estéril.
Resbala el sudor
como brisa en un globo.
Goteas agua destilada.
Jadeas, jadeas.
Desenlazas
y de súbito despejas la neblina.
Te muestra el espejo
un bello despliegue de biología:
el orgasmo más vacío del universo.
Algo que sucedió antier
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-09-21
Etiquetas:
anecdotario
/
Comments: (0)
Estaba comiendo solo en un restaurante naturista. Ya eran como las cinco, y no había otro cliente más que yo. Apenas alcancé comida. La señora que atiende estaba revisando su celular detrás del mostrador. Sentí que me habló. Casi no escuché por mis audífonos, así que me quité una auricular.
-¿Hablas inglés? -me preguntó.
-Si -respondí.
-¿Me puedes traducir esto? -dijo, y me extendió su smartphone.
En la pantalla había una publicación de Facebook, en inglés. Fue una mujer quien lo publicó. Dejé mi tenedor y cuchillo en la mesa y tomé el aparato. Traduje lo mejor que pude:
-Hoy encontré a mi mamá llorando sola en la casa -dije, mientras leía el mensaje-. Me dijo que mientras lavaba la ropa encontró una de las camisetas de Charlie, y se puso tan triste que no pudo aguantar las lágrimas. Verla así me rompe el corazón. Es tan triste.
Quité los ojos del celular y la miré a ella. Yo tenía la típica expresión de sorpresa, con la boca semi-abierta y los ojos consternados. Quizá no era la gran cosa, pero ya no era mi asunto. No esperé leer ese tipo de mensaje.
-Es que me los manda en inglés -dijo ella-, y no sé lo que dice.
Se retiró a la parte de atrás del mostrador para que yo pudiera seguir comiendo. Me puse los auriculares de nuevo y cada quién en su mundo.
-¿Hablas inglés? -me preguntó.
-Si -respondí.
-¿Me puedes traducir esto? -dijo, y me extendió su smartphone.
En la pantalla había una publicación de Facebook, en inglés. Fue una mujer quien lo publicó. Dejé mi tenedor y cuchillo en la mesa y tomé el aparato. Traduje lo mejor que pude:
-Hoy encontré a mi mamá llorando sola en la casa -dije, mientras leía el mensaje-. Me dijo que mientras lavaba la ropa encontró una de las camisetas de Charlie, y se puso tan triste que no pudo aguantar las lágrimas. Verla así me rompe el corazón. Es tan triste.
Quité los ojos del celular y la miré a ella. Yo tenía la típica expresión de sorpresa, con la boca semi-abierta y los ojos consternados. Quizá no era la gran cosa, pero ya no era mi asunto. No esperé leer ese tipo de mensaje.
-Es que me los manda en inglés -dijo ella-, y no sé lo que dice.
Se retiró a la parte de atrás del mostrador para que yo pudiera seguir comiendo. Me puse los auriculares de nuevo y cada quién en su mundo.
La llorona
Nunca fui una niña muy sociable, en la primaria menos. Asistí a un colegio de monjas para niñas. Por mi timidez me la pasaba callada. Me gustaba más leer que jugar en el patio. No me molestaba estar sola comiéndome mi lunch en el recreo. Pensaba que podía vivir sin otras niñas, y hasta la fecha me llevo mejor con hombres. Aún así, soy introvertida, ¿qué querían? Por eso escribo esta anécdota en vez de contarla personalmente.
Las monjas sí me querían porque salía bien en las materias y no daba problemas en clase. Cuando preguntaban en clase sabía las respuestas, aunque tampoco fui la estrellita del salón. A la más aplicada, la que siempre estaba en el cuadro de honor, no le paraba la boca. Me desesperaba. Era de esas niñas que creen que lo saben todo, hasta lo que vas a decir tú. A media frase ya te la había completado. No sabía escuchar para nada; me caía gorda.
Un día durante el recreo, cuando iba en segundo año, se me acercó una niña de quinto. Yo la veía para arriba. “¿Por qué estás tan sola?”, me preguntó. No le respondí nada y seguí mordiendo mi sandwish. Noté que a lo lejos, en un macetero, estaban sus amigas. Nos observaban conteniendo la risa. La de cuarto les hizo señas para pedir paciencia.
“¿No quieres jugar con nosotras?”, me preguntó y negué con la cabeza.
Se fue y pensé que ahí había terminado todo. No entendí por qué alguien tan grande tenía interés en mi. No entendía las interacciones sociales, hasta la fecha creo que sigo igual. Cuando salía de la escuela tampoco convivía con niñas más grandes, si acaso con mis primos y primas en las fiestas familiares. En mi casa me la pasaba encerrada, así estaba a gusto. Tenía todo lo necesario: podía leer y ver la tele.
Como una semana después, la misma niña de cuarto se me acercó en el recreo: “¿Sabías que hay un lugar donde se aparece un fantasma en la escuela?”, me preguntó. Eso si picó mi interés. Había leído muchas cosas sobre demonios y fantasmas. Mis cuentos favoritos eran de terror y a veces por las noches añoraba ver algún duende o espectro, aunque sea para escribirlo. Envidiaba a todos aquellos que tenían alguna historia de apariciones.
Así que cuando la niña me dijo que había la posibilidad de ver uno, no dudé dos veces y la seguí. Me llevó a la parte de atrás de los salones de la orilla de la escuela, donde había un pequeño jardín en donde casi no entraban niños. Nosotras nos brincamos un pequeño cerquito que prohibía el paso a los alumnos. En el camino, ella me decía:
“Me lo contó la prima de una amiga que ya salió de la escuela. Sus amigos y ella vieron al fantasma. Es una mujer con un vestido blanco todo rasgado y manchado de sangre. Dicen que hace muchos años mató a sus hijos en una casa que estaba aquí, pero la derrumbaron. Como se siente culpable todavía está su alma en pena, y llora por ellos de vez en cuando”.
“La llorona”, pensé yo. Ya conocía la historia. Pero no dije nada, era muy tímida. Solo quería saber si era verdad. Aunque moría de miedo. En parte porque nos podrían atrapar las monjas por estar donde no debíamos, también por la posibilidad de ver un fantasma. Aunque quería verlo, moría de miedo al pensarlo. Era toda una emoción.
“Se aparece ahí adentro”, me dijo.
Había una casita de lámina. Dentro pude ver algunos balones de basketball, algunas cosas para la clase de educación física y otros artefactos que se utilizan en diferentes clases. No parecía el lugar típico para una aparición fantasmal, pero estaba bastante escuro. Era lo suficientemente grande como para entrar, e internarse unos cinco o seis pasos sin problema. Siempre y cuando no te importara estar rodeada de cachivaches.
“¿Quieres que nos metamos a ver si sale?”, me preguntó. Yo la miré empequeñecida. ¿A poco se atrevería? Yo dudaba, aunque tenía curiosidad. Sólo le sonreí y caminé. Ella me sonrió de vuelta.
Di otros pasos más. La casita de lámina aparentaba una cueva, la entrada a un bosque inhóspito. La emoción crecía y en verdad me hubiera gustado que se me apareciera “La llorona”. Lo que sucedió es que sentí un empujón que me envió hasta el fondo de la casita, en donde caí de rodillas manchando mi falda de tierra. Antes de levantarme, la puerta corrediza se cerró con un golpe que me hizo sentir dentro de un sarcófago. Con la puerta cerrada, me quedé en la oscuridad más profunda. Después, no recuerdo mucho.
Me enteré luego que las amigas de la niña de cuarto nos seguían a la distancia, sin dejarse ver. Cuando mi nueva amiga me aventó, las demás llegaron corriendo para golpear la casita. La hicieron temblar y retumbar. La sacudieron hasta que los balones se me cayeron encima y ellas aullaban. Gritaban: “¡Ay, mis hijos!” y hacían voces tenebrosas.
Ni lo pensé: Me oriné ahí mismo. No creo que fuera el miedo a los fantasmas ni a la llorona. Fue el miedo a que todo se me viniera encima, la humillación de haber sido engañada. Me sentí demasiado vulnerable.
Todavía ni abrían la puerta cuando todas estaban riendo. Cuando la luz me dio en el rostro, debí dar pena. Con los cachetes mojados por las lágrimas, las piernas por la orina. Era un batidillo asqueroso. Seguro también moqueaba.
Todas celebraron el chiste, menos una. ¿Adivinen quién? Mi cuatacha, mi nueva mejor amiga. Ella se quedó toda pasmada. Seria, seria. Mientras las demás se carcajeaban, ni se movía. Hasta que calló a las otras: “¡Ya estuvo bueno!”, les gritó. No la tomaron en serio, casi tuvo que gruñir. Cuando medio se calmaron, me tomó de la mano y me dijo: “Vamos a que te laves”.
Con mucha discreción me llevó con una de las monjas. Yo todavía sollozaba y me tallaba los ojos. Mis piernas estaban enlodadas. Gaby, porque así se llamaba mi amiga, intentó primero mentir. Inventó que me había perdido en el patio de atrás y que me asusté. Eso era imposible y ridículo, mi finta era la de una niña aterrorizada, no perdida, por lo que pronto tuvo que admitir la verdad. Bueno, casi todo: se echó toda la culpa de lo sucedido.
Hasta llamaron a sus papás, a los míos y toda la cosa. La suspendieron un día, me pidió disculpas personal y sinceramente. Pero el día en que no estuvo, ¡uy! Me querían apodar “la miona”. Se burlaron mucho de mí. Pensé que así sería el resto de mi vida. Aunque nunca me llevé mucho con la gente, hasta ese momento no se habían burlado.
Cuando regresó todo cambió. Puso en cintura a sus amigas. Me protegió a morir. No logró que dejaran de burlarse de mi del todo, pero cuando menos me cambiaron el apodo a “la llorona”. Algo es algo. Cuando caminaba por los pasillos de la escuela se burlaban de mí diciendo: “¡Ay, mis hijos!”, o hacían un gesto como de bebé llorón. Pero cuando alguien se burlaba y ella estaba presente, se ponía como loca y casi los golpeaba.
La quise mucho. No sólo porque luego me defendió, creo que algo cambió en ella. Se transformó de un ser despiadado a uno admirable en sólo un día. Pero me dio algunos años para admirarla, hasta que salió de sexto.
La volví a ver casi quince años después. Creo que no me reconoció, pero yo vi el mismo arrojo cuando discutía con la cajera de un supermercado. Nada grave, creo que marcó el mismo producto dos veces. Pero los años le pesaban ya, se veía ojerosa y demasiado arrugada para su edad. A mí, en cambio, ya no me apodaban “la llorona” sino “la dark”. La gente que pone apodos siempre es igual de estúpida.
Yo iba con mi novio cuando me la topé. Le pegué en las costillas con el codo y le dije: “Mira, ella era mi mejor amiga de la primaria. Se llama Gaby”. Él la observó sin mucho interés. Hacíamos fila en otra de las cajas. Sólo preguntó: “¿Tenías amigas en la primaria?”. “Sólo una”, le respondí.
Las monjas sí me querían porque salía bien en las materias y no daba problemas en clase. Cuando preguntaban en clase sabía las respuestas, aunque tampoco fui la estrellita del salón. A la más aplicada, la que siempre estaba en el cuadro de honor, no le paraba la boca. Me desesperaba. Era de esas niñas que creen que lo saben todo, hasta lo que vas a decir tú. A media frase ya te la había completado. No sabía escuchar para nada; me caía gorda.
Un día durante el recreo, cuando iba en segundo año, se me acercó una niña de quinto. Yo la veía para arriba. “¿Por qué estás tan sola?”, me preguntó. No le respondí nada y seguí mordiendo mi sandwish. Noté que a lo lejos, en un macetero, estaban sus amigas. Nos observaban conteniendo la risa. La de cuarto les hizo señas para pedir paciencia.
“¿No quieres jugar con nosotras?”, me preguntó y negué con la cabeza.
Se fue y pensé que ahí había terminado todo. No entendí por qué alguien tan grande tenía interés en mi. No entendía las interacciones sociales, hasta la fecha creo que sigo igual. Cuando salía de la escuela tampoco convivía con niñas más grandes, si acaso con mis primos y primas en las fiestas familiares. En mi casa me la pasaba encerrada, así estaba a gusto. Tenía todo lo necesario: podía leer y ver la tele.
Como una semana después, la misma niña de cuarto se me acercó en el recreo: “¿Sabías que hay un lugar donde se aparece un fantasma en la escuela?”, me preguntó. Eso si picó mi interés. Había leído muchas cosas sobre demonios y fantasmas. Mis cuentos favoritos eran de terror y a veces por las noches añoraba ver algún duende o espectro, aunque sea para escribirlo. Envidiaba a todos aquellos que tenían alguna historia de apariciones.
Así que cuando la niña me dijo que había la posibilidad de ver uno, no dudé dos veces y la seguí. Me llevó a la parte de atrás de los salones de la orilla de la escuela, donde había un pequeño jardín en donde casi no entraban niños. Nosotras nos brincamos un pequeño cerquito que prohibía el paso a los alumnos. En el camino, ella me decía:
“Me lo contó la prima de una amiga que ya salió de la escuela. Sus amigos y ella vieron al fantasma. Es una mujer con un vestido blanco todo rasgado y manchado de sangre. Dicen que hace muchos años mató a sus hijos en una casa que estaba aquí, pero la derrumbaron. Como se siente culpable todavía está su alma en pena, y llora por ellos de vez en cuando”.
“La llorona”, pensé yo. Ya conocía la historia. Pero no dije nada, era muy tímida. Solo quería saber si era verdad. Aunque moría de miedo. En parte porque nos podrían atrapar las monjas por estar donde no debíamos, también por la posibilidad de ver un fantasma. Aunque quería verlo, moría de miedo al pensarlo. Era toda una emoción.
“Se aparece ahí adentro”, me dijo.
Había una casita de lámina. Dentro pude ver algunos balones de basketball, algunas cosas para la clase de educación física y otros artefactos que se utilizan en diferentes clases. No parecía el lugar típico para una aparición fantasmal, pero estaba bastante escuro. Era lo suficientemente grande como para entrar, e internarse unos cinco o seis pasos sin problema. Siempre y cuando no te importara estar rodeada de cachivaches.
“¿Quieres que nos metamos a ver si sale?”, me preguntó. Yo la miré empequeñecida. ¿A poco se atrevería? Yo dudaba, aunque tenía curiosidad. Sólo le sonreí y caminé. Ella me sonrió de vuelta.
Di otros pasos más. La casita de lámina aparentaba una cueva, la entrada a un bosque inhóspito. La emoción crecía y en verdad me hubiera gustado que se me apareciera “La llorona”. Lo que sucedió es que sentí un empujón que me envió hasta el fondo de la casita, en donde caí de rodillas manchando mi falda de tierra. Antes de levantarme, la puerta corrediza se cerró con un golpe que me hizo sentir dentro de un sarcófago. Con la puerta cerrada, me quedé en la oscuridad más profunda. Después, no recuerdo mucho.
Me enteré luego que las amigas de la niña de cuarto nos seguían a la distancia, sin dejarse ver. Cuando mi nueva amiga me aventó, las demás llegaron corriendo para golpear la casita. La hicieron temblar y retumbar. La sacudieron hasta que los balones se me cayeron encima y ellas aullaban. Gritaban: “¡Ay, mis hijos!” y hacían voces tenebrosas.
Ni lo pensé: Me oriné ahí mismo. No creo que fuera el miedo a los fantasmas ni a la llorona. Fue el miedo a que todo se me viniera encima, la humillación de haber sido engañada. Me sentí demasiado vulnerable.
Todavía ni abrían la puerta cuando todas estaban riendo. Cuando la luz me dio en el rostro, debí dar pena. Con los cachetes mojados por las lágrimas, las piernas por la orina. Era un batidillo asqueroso. Seguro también moqueaba.
Todas celebraron el chiste, menos una. ¿Adivinen quién? Mi cuatacha, mi nueva mejor amiga. Ella se quedó toda pasmada. Seria, seria. Mientras las demás se carcajeaban, ni se movía. Hasta que calló a las otras: “¡Ya estuvo bueno!”, les gritó. No la tomaron en serio, casi tuvo que gruñir. Cuando medio se calmaron, me tomó de la mano y me dijo: “Vamos a que te laves”.
Con mucha discreción me llevó con una de las monjas. Yo todavía sollozaba y me tallaba los ojos. Mis piernas estaban enlodadas. Gaby, porque así se llamaba mi amiga, intentó primero mentir. Inventó que me había perdido en el patio de atrás y que me asusté. Eso era imposible y ridículo, mi finta era la de una niña aterrorizada, no perdida, por lo que pronto tuvo que admitir la verdad. Bueno, casi todo: se echó toda la culpa de lo sucedido.
Hasta llamaron a sus papás, a los míos y toda la cosa. La suspendieron un día, me pidió disculpas personal y sinceramente. Pero el día en que no estuvo, ¡uy! Me querían apodar “la miona”. Se burlaron mucho de mí. Pensé que así sería el resto de mi vida. Aunque nunca me llevé mucho con la gente, hasta ese momento no se habían burlado.
Cuando regresó todo cambió. Puso en cintura a sus amigas. Me protegió a morir. No logró que dejaran de burlarse de mi del todo, pero cuando menos me cambiaron el apodo a “la llorona”. Algo es algo. Cuando caminaba por los pasillos de la escuela se burlaban de mí diciendo: “¡Ay, mis hijos!”, o hacían un gesto como de bebé llorón. Pero cuando alguien se burlaba y ella estaba presente, se ponía como loca y casi los golpeaba.
La quise mucho. No sólo porque luego me defendió, creo que algo cambió en ella. Se transformó de un ser despiadado a uno admirable en sólo un día. Pero me dio algunos años para admirarla, hasta que salió de sexto.
La volví a ver casi quince años después. Creo que no me reconoció, pero yo vi el mismo arrojo cuando discutía con la cajera de un supermercado. Nada grave, creo que marcó el mismo producto dos veces. Pero los años le pesaban ya, se veía ojerosa y demasiado arrugada para su edad. A mí, en cambio, ya no me apodaban “la llorona” sino “la dark”. La gente que pone apodos siempre es igual de estúpida.
Yo iba con mi novio cuando me la topé. Le pegué en las costillas con el codo y le dije: “Mira, ella era mi mejor amiga de la primaria. Se llama Gaby”. Él la observó sin mucho interés. Hacíamos fila en otra de las cajas. Sólo preguntó: “¿Tenías amigas en la primaria?”. “Sólo una”, le respondí.
Extraño los blogs personales
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-09-12
/
Comments: (1)
Cuando inicié este espacio en Internet, pensé como muchos que por fin tendría un lugar donde desahogarme. Nuestros problemas cotidianos parecen tan importantes que a veces alivia la carga el saber que son compartidos por otros. O al menos que tenemos un público al tanto de nuestro sufrir y que toda nuestra miseria y desventuras sirven cuando menos de telenovela para algún desconocido.
Sospecho que en un principio así fue: en el blog relataba mis enfermedades de las vías respiratorias, mis hábitos alimenticios, la hora a la que me había despertado, lo que me hacía triste y feliz.
Agarré práctica, y aprendí a narrar mejor. Esto me ganó lectores y habilidad para mantenerlos atrapados. Pasé de LiveJournal a Blogger y mi visibilidad aumentó. Me reconfortaba ser leído, así que dejé de contar de mi vida cotidiana y traté temas de interés general. Muchas veces eran personales, pero no tanto como para ser incomprensibles para extraños.
Motivé a mucha gente a sacar un blog. Me gustaba leer lo que escribían mis amigos. Era una forma de conocerlos mucho mejor. Hasta la fecha, tengo en mi lector de feeds algunos blogs antiquísimos, que no se actualizan como desde el 2008 o 2009. Aún los revisito de vez en cuando. A través de ellos recuerdo tiempos mejores, con menos preocupación y más tiempo libre.
Hoy las redes sociales lo han capturado casi todo. He cerrado mi Facebook recientemente, quizá pronto regrese, pero necesitaba un respiro. Desactivar mi perfil de Facebook significa que nadie leerá los escritos de este blog. Poca gente se interesa por seguir los blogs manualmente, como antes, cuando entrábamos directo al URL de cada blog que te interesaba seguir.
Lo que más me duele es ya no poder sincerarme aquí. Hoy es muy arriesgado por diversos motivos: laborales, personales, familiares, etc. Revelar demasiada información personal en el pasado me trajo muchos problemas que desearía no tener de nuevo. Por eso me muerdo la lengua, o contengo mis dedos, a la hora de expresarme.
Pero lo extraño. Una que otra persona que conozco sigue escribiendo como antes, como si nadie leyera, como si no importara. Los envidio mucho. Intentaré ser más sincero, más aterrizado. Eso, por supuesto, significa más aburrido, más incoherente. Yo mismo me limito por que quiero que cada post sea genial y relevante. Eso me detiene muchísimo. Quizá si escribo sin pensar tanto, será igual de interesante que antes.
Pienso también en toda la gente que podría leer esto, y que no quiero que lo haga. Es como una ventaja injusta para ellos, el enterarse de muchas cosas que suceden en mi vida cuando yo no se nada de ellos. No sé, quizá es mi paranoia actuando.
Me he aislado mucho voluntariamente. No ha sido fácil, pero ha sido sano. Eso me da, un poquito, la confianza de ser sincero otra vez. He cambiado muchísimo, quizá me daba pena admitirlo, pero, ¡bah! El cambio es bueno. Muy bueno.
Así que, de ahora en adelante, escribiré otra vez como si nadie me estuviese leyendo, como si no hubiera mañana.
De todas formas quizá nadie me lee y quizá no haya mañana.
So, there...
Sospecho que en un principio así fue: en el blog relataba mis enfermedades de las vías respiratorias, mis hábitos alimenticios, la hora a la que me había despertado, lo que me hacía triste y feliz.
Agarré práctica, y aprendí a narrar mejor. Esto me ganó lectores y habilidad para mantenerlos atrapados. Pasé de LiveJournal a Blogger y mi visibilidad aumentó. Me reconfortaba ser leído, así que dejé de contar de mi vida cotidiana y traté temas de interés general. Muchas veces eran personales, pero no tanto como para ser incomprensibles para extraños.
Motivé a mucha gente a sacar un blog. Me gustaba leer lo que escribían mis amigos. Era una forma de conocerlos mucho mejor. Hasta la fecha, tengo en mi lector de feeds algunos blogs antiquísimos, que no se actualizan como desde el 2008 o 2009. Aún los revisito de vez en cuando. A través de ellos recuerdo tiempos mejores, con menos preocupación y más tiempo libre.
Hoy las redes sociales lo han capturado casi todo. He cerrado mi Facebook recientemente, quizá pronto regrese, pero necesitaba un respiro. Desactivar mi perfil de Facebook significa que nadie leerá los escritos de este blog. Poca gente se interesa por seguir los blogs manualmente, como antes, cuando entrábamos directo al URL de cada blog que te interesaba seguir.
Lo que más me duele es ya no poder sincerarme aquí. Hoy es muy arriesgado por diversos motivos: laborales, personales, familiares, etc. Revelar demasiada información personal en el pasado me trajo muchos problemas que desearía no tener de nuevo. Por eso me muerdo la lengua, o contengo mis dedos, a la hora de expresarme.
Pero lo extraño. Una que otra persona que conozco sigue escribiendo como antes, como si nadie leyera, como si no importara. Los envidio mucho. Intentaré ser más sincero, más aterrizado. Eso, por supuesto, significa más aburrido, más incoherente. Yo mismo me limito por que quiero que cada post sea genial y relevante. Eso me detiene muchísimo. Quizá si escribo sin pensar tanto, será igual de interesante que antes.
Pienso también en toda la gente que podría leer esto, y que no quiero que lo haga. Es como una ventaja injusta para ellos, el enterarse de muchas cosas que suceden en mi vida cuando yo no se nada de ellos. No sé, quizá es mi paranoia actuando.
Me he aislado mucho voluntariamente. No ha sido fácil, pero ha sido sano. Eso me da, un poquito, la confianza de ser sincero otra vez. He cambiado muchísimo, quizá me daba pena admitirlo, pero, ¡bah! El cambio es bueno. Muy bueno.
Así que, de ahora en adelante, escribiré otra vez como si nadie me estuviese leyendo, como si no hubiera mañana.
De todas formas quizá nadie me lee y quizá no haya mañana.
So, there...
El momento de la verdad
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-09-11
/
Comments: (1)
La amo como nunca había amado a nadie.
Bocanadas de aire fresco
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-08-21
Etiquetas:
anecdotario,
fotografía,
hecho real
/
Comments: (3)
En mayo decidí venirme a vivir a Ensenada, sin ninguna pista de cómo hacerlo, sin ninguna posibilidad de lograrlo. En junio conseguí un empleo. En julio conseguí un departamento. En agosto, aquí estoy. Todo ha sido drástico y repentino, pero las cosas han caído en su lugar perfectamente como piezas de Tetris. Como cuando las acomodas todas y lo único que falta para vaciar la pantalla es una pieza larga. Cuando la ves bajar, ni presionas el botón para apresurarla. Sólo la ves, paso a paso, disfrutando el momento lleno de satisfacción.
Pero tuve que renunciar a muchas cosas familiares y cómodas para que todo se diera fácil. Renuncié a ser comunicólogo, dejé mi empleo, renuncié a ver a mis amigos seguido, a estar cerca de la frontera, a tener a la familia cerca, a mi red de conocidos, etc.
Mi motivación era no pensar tanto en lo que dejo atrás, sino en lo que viene por delante.
Dejar mi empleo fue particularmente difícil. No sé si volveré a Colegio de Bachilleres, pero me gustaría hacerlo. Es un trabajo difícil y estresante, pero tiene muchas recompensas. Cuando les dije que me iría, todos a mi alrededor quedaron paralizados. Me miraban con la boca abierta como si estuviese a punto de saltar de un puente. En esos momentos mi voluntad flaqueaba un poco.
Foucault dijo que la escuela tiene mecanismos de poder para dos funciones: Vigilar a los individuos y castigar al que se salga de la norma. Todo en las escuelas está organizado para facilitar estas funciones. El uniforme, por ejemplo, sirve para vigilar mejor a los estudiantes. Al estandarizarlos, el que se sale de la norma se distingue de inmediato. Muchas veces los salones de clase tienen una pequeña ventanita en la puerta, que permite ver hacia adentro fácilmente, pero dificulta el identificar al observador.
Los maestros también somos vigilados. Este es el pasillo de cubículos del COBACH Baja California, donde yo trabajaba. Hasta el fondo hay una puerta con una pequeña ventana. Más al fondo está la oficina del director. Una simple mirada desde allá presenta un panorama muy rápido de lo que sucede en el pasillo. Desde esa oficina también se tiene una vista privilegiada del resto de los edificios. Se vigila mejor.
Parece que no, pero este y muchos otros mecanismos de control, van aplastando a la gente. No ayudan a liberarnos, a maximizar nuestras potencialidad. Al contrario, la limitan, la controlan, la contienen. Uno como profesor, de pronto no le queda de otra más que ejercer la vigilancia y el castigo con los estudiantes. Se nos exige a nosotros, y nosotros les pasamos la factura a ellos. El orden de la educación actual es bastante siniestro, si pensamos en ello un poquito.
En COBACH, en algún momento en la sala de maestros, alegué que la tarea de las escuelas debería ser liberar a los estudiantes. Dije esto basado en las ideas de varios autores: Foucault, Freinet y Freire, por ejemplo. Con libertad me refería a la capacidad de autodeterminación de los individuos, y la responsabilidad de sus actos.
Otros profesores me dijeron que yo pensaba así porque "estoy joven", y por tanto, pienso como "los morros". Una maestra me dijo: "¡Pero si ya hacen lo que quieren! ¿Quiere que les demos más libertad?".
Supongo que como no saben ser libres, la solución es quitarles la libertad. Eso les enseñará.
El defender estas simples ideas me costó que algunas maestras ya no me hablaran. Mientras tanto, las medidas restrictivas y de control se multiplicaban en la escuela. El estudiante está cada vez más individualizado, cada vez más controlado, cada vez más dividido y etiquetado. Yo lo veía claramente en el laboratorio de informática, donde a los muchachos ni siquiera se les ocurría pedir ayuda al compañero de al lado en ningún momento.
En Ensenada llegué a la escuela donde hoy trabajo sin saber qué esperar. Mi primera impresión, después de recorrer el kilómetro y medio de terracería para llegar, fue sumamente buena. Es una escuela rural, hay muchas plantas, mucha construcción de madera y de adobe. Todo se mezcla bastante bien con el entorno. Fue un cambio drástico del concreto y vidrio al que estaba acostumbrado.
Al entrar vi un letrero que exponía los valores de la escuela: La libertad y la justicia eran los principales. Hablé con la directora mientras unos perros jugaban en sus piernas. Me explicó cómo se trabajan las cosas ahí. Mientras más hablaba, más sentía que había llegado al lugar correcto. Me advirtió muchas veces que era un centro educativo que daba mucha libertad a los estudiantes, que no me fuera a asustar. Cuando me dio un recorrido por las instalaciones, pensaba para mi mismo: "¡Quiero trabajar aquí!".
Todavía no inicio clases, pero ya estoy fascinado por el proceso. No hay un reglamento, hay un manual de convivencia. Cada año, los estudiantes hacen revisiones al manual y se hacen acuerdos y modificaciones entre todos. No hay un uniforme estricto, no hay prefectos, no hay guardias en las puertas. No se marca una diferencia abismal entre profesores y estudiantes. Los edificios no están acomodados para una mejor vigilancia, uno está agusto de estar ahí. La libertad de siente, es contagiosa. De pronto no me sentí encarcelado.
Fue difícil para mi dar el salto y dejar atrás aquellas cosas que me eran cómodas y familiares. Mucha gente me aconsejó que no abandonara mi empleo. Todavía no sé si tomé la mejor decisión. El tiempo lo dirá, por lo pronto me arriesgué y no he visto hacia atrás ni un poquito.
Estando en esta nueva escuela, paseando por sus pasillos, conviviendo apenas con estos estudiantes, me doy cuenta de lo mucho que estaba muriendo. El encierro, las rejas, el control, el concreto, los uniformes, los guardias, las tablas de especificaciones de exámenes, los cronogramas, las reuniones de academia y los exámenes estandarizados estaban aplastando mi espíritu. No me daba cuenta, hasta que hice el gran cambio y extendí mis brazos como hace mucho que no lo hacía.
Ahora que no tengo tantas presiones encima sé lo que es llevar una vida normal. Trabajar un horario decente, tener tiempo para mi. Divertirme. Descansar. Lo extrañaba de veras. Ahora hasta siento ganas de ir a mi trabajo.
La libertad tiene un gran componente que es la responsabilidad. Si la riegas, es tu culpa y debes responsabilizarte. Da miedo, por eso tanta gente renuncia a su libertad para sentirse cómoda, para no tener ese peso encima, para no fracasar. Pero si aciertas, es tu logro y nadie podrá quitártelo.
Yo mismo me encerré. Me llené de compromisos que me sujetaban, me impedían desarrollarme aunque irónicamente los tomé para eso. Ahora la llevaré más calmada, pensaré más en mi, pero también en los que me rodean.
Todos estos cambios drásticos que he estado haciendo, también van encaminados a recuperar algo que creía perdido. Simple y sencillamente, quiero ser libre.
Adiós, COBACH.
No seré comunicólogo
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-08-08
Etiquetas:
anecdotario,
fotografía,
hecho real
/
Comments: (6)
Esta fotografía me la tomó Elvia en diciembre de 2006, al finalizar mi primer semestre de comunicación.
Sentía que era uno de los mejores momentos de mi vida.
Hace poco comentaba que estaba tomando algunas decisiones grandes en mi vida. Me aventé un rollo así de que "ya voy a cambiar" y todo el kit. Pues bien, el lunes decidí que no terminaré mis estudios de comunicación en la UABC. Es un paso doloroso, pero necesario.
Si continuara dentro de la carrera, entraría ya a mi semestre número trece. ¡Puf! Ya son un buen. Soy un fósil de la Facultad de Ciencias Humanas. ¿Cómo imaginar, cuando entré, que para el 2012 no habría terminado? Ya no conozco a nadie en clase. Mis compañeros de generación se graduaron o reprobaron desde hace mucho. Muchos de mis exalumnos de la prepa ya van como en cuarto o quinto semestre ahí mismo. Ya mero me alcanzan.
Entré un semestre después de terminar ingeniería. No me gustó la carrera cuando la terminé. Recuerdo muy bien el día, como en cuarto o quinto semestre, cuando me dejé caer en una de las bancas de la cafetería del Tec, y le dije a mis compañeros que no me veía imaginaba de ingeniero en sistemas. Todos me recomendaron que la terminara. Total, ya estaba a la mitad, ¿ya qué? Fue tanta la insistencia de todos, incluso de mi papá, que seguí adelante.
Después de mi examen profesional de ingeniería en 2006,
con compañeros que hicieron el examen el mismo día.
Me titulé y por las mismas fechas hice mi examen de admisión para comunicación. No recuerdo mi puntaje exacto, pero fue algo así como 735 puntos. Soy bueno en las dos grandes áreas del examen: Matemáticas (después de terminar ingeniería ya serían chingaderas) y lectura y redacción, así que no me sorprendió tanto. Para ese entonces me la pasaba leyendo, escribiendo, tomando fotografías, opinando sobre cosas que no sabía nada. Todo el cliché del comunicólogo, hasta me preguntaban a cada rato si lo era.
Entré porque me gustaban los medios de comunicación. Tenía 23 años. Ya trabajaba en radio, en televisión, hice algunas publicaciones, hasta estuve de extra en una película. Había visitado muchísimo la biblioteca de la facultad, conocía la mayor parte de los libros sobre cine que tenían ahí, y otros sobre radio. Me interesaba todo. No podía esperar a entrar, era uno de mis grandes sueños.
Al iniciar, sentí como una bocanada de aire fresco. Después de cinco años de estudiar código, fórmulas, procesos, protocolos y algoritmos, hablar de cosas humanas fue increíblemente estimulante. Sentí le hacía mucha falta a mi vida. Fue genial. Comencé a dar clases en prepa porque me permitía seguir estudiando.
Una parte de mi grupo durante la materia de desarrollo humano en 2007.
Pero la carrera me gustaba también porque mi primer grupo fue muy bueno. Como estábamos en modo semiescolarizado, había gente que trabajaba y estudiaba, por lo que realmente le echaban ganas. Para todos, estar en la facultad representaba un sacrificio, un esfuerzo extra, y lo apreciábamos mucho.
Durante la materia de administración en 2007.
¡Vaya que fue un sacrificio! Dejé ir buenas oportunidades de empleo. Mis viernes en la noche rara vez eran sociales. Salía de clase a las 10 pm y entraba los sábados a las 7 am. Se me juntaban los finales de semestre de la prepa y la universidad. Al inicio tenía que hacer malabares con mi horario, para acomodar trabajo y estudio. Fue muy, muy pesado, ahora que lo pienso. Como siempre estuve así, no me había dado cuenta hasta hoy.
Al principio mi prioridad era el estudio. Mi sueño era trabajar en los medios, en algo creativo. Por eso dejé pasar oportunidades de trabajo. Ni siquiera consideré aquellas ofertas que me impidieran asistir a clase. Tomé cursos intersemestrales sacrificando vacaciones también. Casi no salía de la ciudad por lo mismo. Aproveché las clases mucho más que en ingeniería, me dediqué en serio a estudiar.
Pero el amor acaba. Ya para cuarto semestre, mi grupo se desintegró. Cada quién andaba en materias diferentes, además algunos desertaron. Por otra parte, el ritmo y la calidad de las clases también decayó, o no sé si la novedad de estudiar una ciencia humana se esfumó. Sentí que muchas materias eran una pérdida de mi tiempo, y que no aprendía gran cosa en ellas. Algunos maestros daban una clase tan light que me sentía insultado. La escuela dejó de ser prioridad.
Algunos eventos me atrasaron. Principalmente un diplomado de competencias docentes que tuve que cursar obligatoriamente en COBACH. Eso me atrasó todo un semestre. Y conforme pasaban los semestres, veía que el ámbito de los medios no me llamaba la atención en absoluto. ¿Por qué estaba estudiando eso? Ya ni siquiera me llamaba la atención trabajar para una revista ni hacer cine. Fueron muriendo esas pasiones.
Checha posando para un corto, 2008.
Cada día me sentía más fuera de lugar. Durante tres momentos específicos, estuve a punto de darme de baja de la carrera. En uno de ellos, inclusive llegué a la oficina de la subdirectora a decir: "Quiero darme de baja definitiva". Normalmente estos episodios eran la culminación de grandes problemas a la hora de inscribirme, u otras linduras producto de errores administrativos. Pero me convencieron de seguir.
Mientras tanto hice muchas cosas: Tocar en bandas, escribir cuentos, tomar fotografías, entrar a otros cursos, dar pláticas... En fin, lo que me gustaba.
2008.
Desesperado porque sentía que no avanzaba, decidí entrar a la maestría de estudios socioculturales. Fueron dos años donde, en efecto, encontré lo que buscaba. Me encantó el proceso de estudiar ese postgrado, luego platicaré más sobre ello. Aún así, tomé una o dos materias por semestre en la facultad. No la abandoné del todo. Junto con el trabajo, la carga de la maestría y la serie de problemones que se me vinieron encima, fue casi un milagro sacar adelante estos último cuatro semestres.
Ahora me encuentro con una situación muy difícil. Estoy a punto de irme a vivir a otra ciudad (more on that later) y ya se me acabó el tiempo disponible. Tengo siete años para terminar, y ya me gasté seis. Me faltan algunas materias todavía, y debido a los servicios sociales que debo hacer y mi empleo, definitivamente no voy a terminar.
Quizá si hago un esfuerzo sobrehumano (una vez más) pueda lograrlo. Pero... ¿Vale la pena? ¿Estoy dispuesto a sacrificar más todavía? ¿Quiero ser comunicólogo? ¿De qué me va a servir un título más? Ya tengo un título de maestría que me puede servir casi para lo mismo. Lo mejor que se me ocurre es retirarme ahorita, renunciar a la carrera. Y a decir verdad, ya son seis años de llevar un ritmo de vida insostenible. Necesito descansar un poco.
Soy una persona muy obstinada, no me doy por vencido fácil. No es sólo la resignación lo que me lleva a dejar comunicación. Ser comunicólogo es un plan que ya me queda muy chico. Tengo en mente otros proyectos, pero para lograrlos, tengo que desprenderme de algunos lastres, tengo que hacer cambios. Podría terminar la carrera y seguir anclado a Mexicali cuando menos un año más. Continuar mi vida de antes.
Pero ya no quiero eso. Tengo que liberarme de esta enorme carga. Vienen cosas mejores.
No fue fácil la decisión. Luché conmigo mismo durante algunas semanas. Me resistí al cambio, creo que todavía lo hago. Pero después de un tiempo de pensarlo, admití que ya no me entusiasma la idea. Ya no me interesa, ya no me motiva, ya no hace feliz.
Y créanme: Ahorita lo que más quiero es ser feliz.
Adiós, facultad.



The Dark Knight Rises (2012)
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-07-27
/
Comments: (1)
Si tienes muchas ganas de ver esta película, te sugiero que lo hagas antes de leer mi reseña. No pretendo hacer spoilers, pero tampoco me limitaré al discutir la trama. Sobre aviso no hay engaño.
No elevé mucho mis expectativas antes de la premiere de The Dark Knight Rises y aún así salí muy decepcionado. No escribiría una reseña de la película si no viera que a la mayor parte de los críticos y al público le gustó tanto como las dos partes anteriores de esta trilogía. Prefiero no escribir reseñas cuando estoy de acuerdo con todos, ¿para qué? Es mejor sólo ponerle "Like" a una reseña preexistente.
Pasaron ocho años desde la película anterior. Batman se ha retirado, Bruce Wayne vive como hermitaño y ha perdido gran parte de su fortuna. Ciudad Gótica vive en paz, el crimen organizado ha desaparecido. Hasta que aparece un terrorista llamado Bane que quiere destruir la ciudad para hacer un mundo más justo.
Entremos en materia: A esta película le faltan buenas dosis de vida cotidiana y le sobran clichés. Nunca se nos muestra una ciudad, sólo edificios vacantes que sirven de decoración para las escenas de acción. No aparecen más personajes que los indispensables para que la trama avance. Los personajes nunca comen, nunca ríen, no tienen actividades cotidianas. Nolan se enfoco exclusivamente en mostrarnos lo indispensable para la trama.
Aún así, es una película de casi tres horas. Tres largas y dolorosas horas donde hay muchos diálogos apresurados que parecen borradores de un libreto. Piensen por ejemplo en la escena del baile de caridad donde Bruce Wayne baila con Selina Kyle. No se nos muestra nada del baile, sólo algunos extras en el fondo que sirven como decoración. No hay vida en la fiesta. No parece una fiesta, parece un escenario teatral.
Por otra parte, todo es aburridamente predecible. Cuando apareció una bomba con grandes números rojos y una cuenta regresiva, supe que todo estaba perdido: No tendríamos un buen final. Casi estaba esperando a que sacaran unas pinzas y tuvieran que decidir entre cortar el cable rojo o el cable azul.
Los enfrentamientos entre Batman y Bane se resumieron a pleitos de secundaria, con puñetazos y empujones. Mientras tanto, el destino de Ciudad Gótica, y el de los millones de sus inútiles ciudadanos, pendía de un hilo. Lo más interesante, las consecuencias de una ocupación militar, o la reacción de la gente, nunca se nos muestra.
Hay un cameo totalmente gratuito por parte de Liam Neeson. Hay eventos totalmente inverosímiles que me recordaron constantemente que es una película basada en un cómic.
¿Tengo algo positivo que decir? Algunas cosas. Como siempre los efectos especiales fueron de primera calidad. Me gusta que en las películas de Nolan los efectos en realidad están al servicio de la trama, y buscan llamar muy poco la atención. Pero lo mejor de The Dark Knight Rises fue Anne Hathaway. Amé ese personaje, y fue una pareja perfecta para Batman.
Sé que el primer crítico que escribió una reseña negativa sobre esta película recibió amenazas de muerte. Y, ¿cómo olvidar la balacera de Colorado en un preestreno? Este es un filme que generó muchas expectativas y los fans morían por verla.
Con justa razón. Desde mi punto de vista, The Dark Knight (2008) es la mejor película de súper-héroes. Nos dio uno de los villanos mas memorables de la historia del cine. Además, está ejecutada impecablemente. La trama, aunque inverosímil en momentos, es consistente y muy unida. El ritmo es implacable y no sólo cumplió todas sus promesas, elevó muchísimo los estándares del género.
Pero la tercera parte, como Spider-Man 3, se queda muy corta. No tanto porque sea mala, no lo es, simplemente no llega al nivel de las anteriores. Está en un lugar más cercano a Thor o Iron Man, que no es ningún halago. No pensé que algún día diría esto, pero durante la película extrañé al Batman de Tim Burton.
P.D. ¿Alguien le puede avisar al asesino de Colorado que la tercera parte de la trilogía no valió la pena? Gracias.
Querida
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-07-24
/
Comments: (0)
Este es un recuerdo al que vuelvo de cuando en cuando. Es totalmente inútil, no tiene moraleja ni propósito. No recuerdo mi edad, no recuerdo dónde estaba. Ha sido curioso ir desenterrando varios recuerdos como éste y acomodarlos como en un gran rompecabezas.
Fui con mi mamá a algún lugar. Muchas veces tenía que lidiar con negocios y yo la acompañaba forzadamente. En una ocasión recuerdo que fuimos a buscar alguien que hiciera una lona para la papelería que tenía. Otra vez a arreglar un asunto de un choque. Pero en este caso, no recuerdo cuál era el asunto.
El lugar era todo terregoso y bastante aislado. No sé si la memoria me engaña, pero había montañas de tierra alrededor. Fue hace muchos años, en ese entonces casi todo Mexicali era un lote baldío. El escenario no era nada raro.
Había también una pequeña casa o local de madera. Más bien de puras tablas. Casi como una cerrajería bastante pobre. Y mientras mi mamá arreglaba el asunto al que fuimos, me quedé viendo una televisión que tenían encendida cerca de la puerta.
Las imágenes eran incomprensibles para mi. Alguien cantaba en una habitación totalmente negra, sólo iluminada por candelabros con velas encendidas. El cantante deambulaba por ahí, cantando como dolido. Miraba hacia la cámara, gesticulaba, sobreactuaba con los brazos y así.
Era absurda para mí toda esa faramalla. ¿Qué era ese cuarto lleno de velas? ¿Qué hacía un tipo ahí solo? ¿Por qué cantaba para nadie? Simple y sencillamente no podía comprenderlo. Así me pasaba con muchos videos musicales ochenteros. Sobre todo cuando se basaban en un cantante solitario, deambulando por algún estudio de televisión lleno de espejos, o algo así. Una más de esas cosas "adultas" que simple y sencillamente nunca entendí.
Hasta la fecha no sé dónde estuve en ese momento, o qué estábamos haciendo ahí. Pero descubrí que el cantante era Juan Gabriel y la canción era "Querida". Debo confesar que hasta la fecha no comprendo el video.
Fui con mi mamá a algún lugar. Muchas veces tenía que lidiar con negocios y yo la acompañaba forzadamente. En una ocasión recuerdo que fuimos a buscar alguien que hiciera una lona para la papelería que tenía. Otra vez a arreglar un asunto de un choque. Pero en este caso, no recuerdo cuál era el asunto.
El lugar era todo terregoso y bastante aislado. No sé si la memoria me engaña, pero había montañas de tierra alrededor. Fue hace muchos años, en ese entonces casi todo Mexicali era un lote baldío. El escenario no era nada raro.
Había también una pequeña casa o local de madera. Más bien de puras tablas. Casi como una cerrajería bastante pobre. Y mientras mi mamá arreglaba el asunto al que fuimos, me quedé viendo una televisión que tenían encendida cerca de la puerta.
Las imágenes eran incomprensibles para mi. Alguien cantaba en una habitación totalmente negra, sólo iluminada por candelabros con velas encendidas. El cantante deambulaba por ahí, cantando como dolido. Miraba hacia la cámara, gesticulaba, sobreactuaba con los brazos y así.
Era absurda para mí toda esa faramalla. ¿Qué era ese cuarto lleno de velas? ¿Qué hacía un tipo ahí solo? ¿Por qué cantaba para nadie? Simple y sencillamente no podía comprenderlo. Así me pasaba con muchos videos musicales ochenteros. Sobre todo cuando se basaban en un cantante solitario, deambulando por algún estudio de televisión lleno de espejos, o algo así. Una más de esas cosas "adultas" que simple y sencillamente nunca entendí.
Hasta la fecha no sé dónde estuve en ese momento, o qué estábamos haciendo ahí. Pero descubrí que el cantante era Juan Gabriel y la canción era "Querida". Debo confesar que hasta la fecha no comprendo el video.
Reestructurando la vida
Publicadas por
Miguel Lozano
on 2012-07-21
Etiquetas:
anecdotario
/
Comments: (6)
Todos los días millones de personas dicen que van a cambiar. Dejarán viejos hábitos, practicarán cosas nuevas, pasarán más tiempo con su familia o qué se yo. Se escucha diario: "Ya voy a cambiar", "pero ya voy a ser diferente". Normalmente cuando lo escuchamos, hasta hacemos un gesto de incredulidad. La triste realidad es que nadie lo hace. Se dice bien fácil, y se incumple más fácil todavía.
Por eso cuando yo digo que voy a cambiar, por lo general nadie me cree. No los culpo. Y a decir verdad, cuando uno quiere cambiar de verdad, no lo hace con el bombo y el platillo por delante. Lo hace chambeándole duro. Los demás se darán cuenta sin necesidad de decirlo. O quizá no, pero ¿qué importa? Si el cambio fue verdadero eso es irrelevante.
Admito que yo soy bien crédulo sobre los cambios. Me gusta creer que la gente va a cambiar. El tiempo se ha encargado de demostrarme que esto rara vez sucede. Tengo conocidos que llevan hasta diez años quejándose de las mismas cosas. Fácilmente las hubieran resuelto en poco tiempo, pero nunca lo han hecho. ¿Por qué? Pregúntenles a ellos.
Otros odian su trabajo, se quejan de que no tienen carro, que siempre cometen los mismos errores, que siempre les pasa lo mismo. Hello! ¿No te das cuenta de que si sigues haciendo lo mismo te seguirá pasando lo mismo? Es obvio que después de un rato dejas de creer en la gente.
Uno de los cambios recientes que tuve fue el cambiar de alimentación. No le dije a nadie, simplemente fui un día con una nutrióloga. En diciembre, antes de muchas de las fiestas. Era uno de mis propósitos de año nuevo, otros sueños guajiros que nadie cumple. Me puse a comer bien, y a seguir la dieta el pie de la letra. Cuando regresé a trabajar y a clases en febrero, me daba un poco de risa cómo se me quedaba viendo la gente: "¿Qué te pasó?", me preguntaban consternados.
Nada, decidí cambiar.
Obviamente muchos de los que me veían también querían bajar de peso, desde hace años incluso. Obviamente me pidieron la dieta, le saqué fotocopias y se las pasé. Obviamente nadie bajó de peso. Me decían que todavía tenían mucha comida en el refrigerador y que ni modo de tirarla. Que la iniciaban segurito la siguiente semana. Eso fue hace un año y medio y siguen igual de chonchitos. Si no es que más. Por eso ya me da hueva pasar la dieta. Unos pedazos de papel no te hacen bajar de peso, es lo que comes y cómo te ejercitas. ¿Tan difícil es?
Supongo que debe ser muy difícil. En la televisión los atajos están a la orden del día. Píldoras, máquinas de ejercicio, fajas y demás productos milagrosos que hacen el trabajo sucio por uno. Simplemente desembolsa algo de dinero, y ¡zaz! Los cambios se harán por tí. Cambios prefabricados. ¡Qué padre! Pero no me fui por esa ruta. Lo hice sin ningún aparato y sin ningún supresor del apetito. "A patín" como dirían algunos.
Otros me decían: "Espérate tantito, al rato vas a 'rebotar'. Vas a ver". Claro, muchas personas hacen la dieta y después de llegar al peso ideal, vuelven a comer como antes y suben en chinga. Eso se llaman el "rebote" y es sumamente común. Pero es obvio: Si comes como antes, estarás como antes. Es bien lógico. Ya ha pasado un año y medio y no he "rebotado". Eso es síntoma de que en realidad hice un cambio.
Suelto todo este rollo no para alardear. Lo menciono por que estoy en otra etapa de cambio. Considero que estoy reestructurando y reordenando mi vida radicalmente. No estoy a punto de iniciarlo: Ya casi termino. Pero a diferencia de una dieta, donde los resultados saltan a la vista y son innegables, en este caso ni se notan si uno no presta atención. Son cambios internos que creo necesarios y que, como todos los cambios de verdad, cuestan trabajo y duelen.
Desgraciadamente, como en el asunto del control de peso, existen muchas soluciones "aspirina" para hacer cambios internos. Los libros de superación personal son un buen ejemplo. Los retiros religiosos otro muy bueno. Tampoco tomé esos atajos.
Y no quisiera sonar como ejemplo a segir ni como predicador barato. Simplemente describiré brevemente mi proceso. Comencé admitiendo que lo que había hecho hasta el momento ya no me funciona. Es difícil darse cuenta, pero es un paso súper necesario. Ya de ahí decidí actuar.
Fui a terapia psicológica. Confío en la psicología, supongo que por que mi papá es psicólogo, pero me he dado cuenta que mucha gente no. "Ay, yo no voy por que no estoy loco", "Una vez fui y el psicólogo me dijo puras cosas que ya sabía que tenía que hacer", "¿Para qué ocupas que otra persona te diga cómo vivir?". Nada de eso. A mi, en lo personal, me sirvió para delimitar claramente hasta donde llega mi personalidad, y dónde comienzan mis demonios. Con la línea mucho más clara, pude trabajar al respecto.
No se trata tanto de hacerme "normal" (eso nunca va a pasar), o de "curarme" de una enfermedad. A final de cuentas, es mi vida y yo decido. Pero es importante saber lo que uno quiere, y si eso realmente lo conducirá a la felicidad. Pequeño detalle. A final de cuentas lo que quiero, como tantos otros, es ser feliz. Así de fácil. Algunas cosas estorban para lograrlo.
De nada sirve saber todo lo que no quieres en tu vida si no haces algo por dejarlo fuera. Tuve que "dejar ir" muchas cosas de mi que no me estaban sirviendo. Hay por ahí en Facebook una imagen que anda rolando que dice "Los siete pasos pada dominar al ego" o algo así. Me di cuenta de que yo necesitaba dejar ir algunas de las cosas de esa lista. La necesidad de tener la razón, la necesidad de ser superior y así. Ni sé de dónde salió, son como cosas sacadas de un libro de superación, pero no importa. Si se me hace importante hacerlo, me hacen vivir más feliz. Son pequeñas cositas que uno debe hacer diario.
Como de costumbre, estos cambios podrían tener un "rebote" si no fueran sinceros. Pero creo que lo son. Muchos cambios en mi vida afortunadamente han permanecido conmigo. No alego ser perfecto, cada cierto tiempo se acumulan muchas cosas malas que de pronto hay que extirpar. Este ha sido otro borrón y cuenta nueva. Un borrón muy doloroso, por cierto, pero así es esto. Aunque aún no termina mi plan.
Publiqué una foto al principio de este escrito. Es bastante reciente, y es del baile de graduación de mis estudiantes de sexto semestre del COBACH Baja California. El primero es Juan José, aunque ya se había graduado desde hace rato. Luego está su novia Irma, y posteriormente Rosa. Ese fue un día inmensamente feliz.
Para contrastarla, pongo otra foto que creo que antes no hubiera publicado por vergüenza. Es de cuando tenía 14 años. La pongo por que a mucha gente que recién me conoce y le cuesta trabajo creer lo que les cuento de mi. Creen que nunca he cambiado. En la foto estaba leyendo el libro Caballo de Troya de J.J. Benítez, que me encantó en su momento pero ahora considero casi ilegible. Estaba gordo a más no poder. Estaba ñoño a más no poder. Me veo y casi ni me reconozco. Pero ese era yo. Y si, muchas cosas he cambiado, pero otras más han permanecido.
Ese poner y quitar a lo largo del tiempo, es lo que nos hace ser nosotros.













































