Si Mario García hubiera tenido el aliento suficiente, habría comenzado una conversación nerviosa con su compañero, solo para quitarse de la mente la preocupación del viaje. Pero ya se habían mantenido a trote durante varias horas cargando las pesadas mochilas. No había tiempo para recuperar completamente el aire antes de salir huyendo de nuevo. Los reflectores de las torres viajaban azarosamente por el terreno y en cualquier momento podrían alumbrarlos. Permanecer inmóviles era todavía más peligroso que arriesgar una obvia huída, los sensores de calor no funcionan bien con objetivos en movimiento. Sin embargo, los perros entrenados, guardias y vehículos seguían siendo amenazas. Quizá también el ocasional helicóptero. El único incentivo para seguir avanzando era el pequeño porcentaje de probabilidades de cruzar al otro lado de la cerca.
¿Y si nos quedamos aquí un ratito?, dijo Mario apenas sacando voz.
Estás loco, dijo (o gesticuló) su compañero.
Se abrían paso entre las plantas secas y polvorientas rogando que la atención se dirigiera hacia otros como ellos. Engañaban al miedo pensando que eran más astutos, pero la conciencia les repetía que la suerte lo era todo.
Llegando a una ladera extraña, la tierra comenzó a inclinarse y las raíces de algunos árboles raquíticos se asomaban entre el polvo reseco. Varias veces resbalaron, pero acallaron los quejidos por miedo. Quizá las luces nunca llegarían, quizá los vigilantes estaban distraídos. Solía suceder, eran empleados de bajo sueldo, no poseían una gran motivación por cumplir la vigilancia cabalmente. Suplían normalmente deseos incumplidos mediante su trabajo, según una investigación psicológica publicada hace varios años que intentaba demostrar la irracionalidad de toda la franja territorial en disputa. Desató un largo debate (mediático, principalmente) que no llevó a ninguna conclusión aparente.
Estoy pensando deshacerme de la mochila, dijo Mario.
¿Para qué vas a cruzar, entonces?, le respondieron.
Les habían advirtieron antes de partir sobre minas terrestres, pero la proporción de ellas era suficientemente pequeña como para arriesgar transitar por el terreno. El efecto era más bien intimidatorio, para desanimar a aquellos intrusos ocasionales. Esto también fue sujeto a debate y publicaciones controvertidas, pero el procedimiento para instalarlas continuó de todas formas, por mayoría de votos. Durante la carrera entre la triste vegetación no habían escuchado una sola explosión.
¿Sientes motores o llantas sobre el suelo?, dijo el acompañante.
Todavía no, respondió.
Mario dio cinco pasos más y cayó sentado en el suelo, levantando un poco de polvo. No se fue de espaldas por su voluminosa mochila, que hizo ruido metálico que delató su contenido cuando tocó el sueño. Rodó para colocarse debajo de las ramas bajas de un arbusto grande y no ser detectado tan fácilmente.
¿Ya estuvo, o qué?, le dijo el otro.
Un ratito nomás.
Vámonos rápido, también me estás poniendo en riesgo.
Se levantó con dificultad, pero continuó la marcha. La ladera era cada vez más pronunciada y la vegetación más escasa. Después de casi otro kilómetro, observaron a lo lejos luces rojas y azules que brillaban intermitentemente.
¿Será un vehículo?, preguntó el otro.
Después de mirarse, concluyeron simultáneamente que era peor estacionarse a decidirlo y si lo era no habría escapatoria de todas formas. Avanzaron a la velocidad acostumbrada.
Pronto entendieron que eran señales colocadas sobre una cerca de malla ciclónica. No era la Gran Cerca, la descripción no coincidía. Esta no pasaría de los dos metros, como las que rodean una propiedad pequeña. Era un hallazgo completamente inesperado, nadie se los había advertido. Quizá una nueva medida de seguridad no reportada siquiera por los medios.
El acompañante observó el cielo y los alrededores rápidamente. Las torres seguían iluminando puntos al azar, recorriendo las diversas colinas. El silencio relativo seguía presente. Muy, muy lejos se escuchaban helicópteros y algunas ráfagas de metralleta.
Esta cerca debe ser larguísima, dijo, Me sorprende que no tengan más vigilancia o que no se escuchen todavía los ladridos o motores aproximándose. Debemos saltarla lo más pronto posible.
Pensando un poco el cómo hacerlo, acordaron que el acompañante lo haría primero, sin mochila. Ya del otro lado, Mario le lanzaría los dos pesados paquetes e intentaría saltar. Continuarían la marcha inmediatamente con la esperanza de encontrar la Gran Cerca, esperar una distracción de los vigilantes y llegar al otro lado.
La mochila cayó al suelo cuando el acompañante se la quitó, levantó polvo. Ambos observaron en todas direcciones. El silencio era preocupante, pero debía ser aprovechado. El acompañante se frotó las manos, tomó impulso y se lanzó hacia la cerca para treparla con rapidez.
Al tocarla, con un chispazo luminoso se calcinó hasta los huesos, iluminándose de color naranja, como brasa que arde sin fuego. Su ropa se chamuscó un poco, pero conservó su forma mientras pedazos de su cuerpo caían en forma de cenizas y trozos humeantes, todavía calientes. Sólo se escuchó brevemente el quejido inicial, después el sonido de su combustión acelerada. El silencio se impuso nuevamente.
Mario contempló la escena mientras los haces de luz pasaban por encima de su cabeza. Comprendió por qué no había vigilancia, por qué los habían dejado solos por tanto tiempo. Este era el tipo de medidas saltaban a las primeras planas de los diarios, pero seguían ahí, incólumes.
Mientras decidía si continuar o regresar, una certeza germinó: No tardarían en llegar por él. Intentó poner los pies en la tierra en sus últimos pensamientos y admitió para sí mismo que siempre supo que terminaría así.
Mario García cayó de rodillas ante el suelo, quitó la pesada carga de su espalda, abrió el cierre y sacó la última estructura de caracol con la mano temblorosa mientras el peso de dos países le caía encima.