Este blog se ha mudado

No sé si alguien siga entrando a esta dirección de internet, tan frecuentada en otros tiempos.

Para aquellos despistados o extraviados, este blog se ha mudado:




Nos vemos allá.

Para escalar un árbol con las raíces invertidas

El atardecer se tornaba purpúreo cuando reajusté mi reloj de manecillas para evitar la puesta de sol. Tu sonrisa me indicó que hice lo correcto.

-¿Verdad que tendremos muchos cocodrilos? -preguntaste casi llorando.

Tomé mi reloj y lo estrellé contra el pavimento. No hizo ningún sonido. Pasé por alto que habíamos salido ya de la calle, y bajo mis sandalias se encontraba la cálida arena de la playa. Se extendía en todas direcciones, hasta el horizonte, salpicada de destellos por culpa de las botellas rotas.

-Allá hay una banca -dijiste apuntando a lo lejos. A la orilla de un cerro. Fuimos hasta allá cabizbajos. Pensé para mi mismo: "Éste es el fin, este es el fin...".

Lo confirmé cuando observé el crucero, el gran crucero turístico, surcando la arena de la playa. Con la luz del sol golpeándolo oblicuamente.

Me interrumpiste. Trepaste a mis hombros y gritaste a todo pulmón: "¡Al decir que te olvido, te recuerdo!"

¿Cómo mejorar las precuelas de Star Wars?



No he conocido alguien que crea que las precuelas de Star Wars son mejores que la trilogía original. Los personajes son aburridos, los efectos especiales exagerados, el estilo de dirección es flojo y las actuaciones son peores que una telenovela. Pero creo que el mayor problema de las películas es que nunca hay un conflicto real. Los problemas son poco interesantes, y nunca nos involucran en realidad. El único motivo por el que las precuelas podrían ser disfrutables es porque la trilogía original es buena. El espectador busca constantemente relación con las películas que tanto le gustaron.

De cuando en cuando me pongo a pensar cómo hubiera escrito yo las precuelas. Es muy fácil criticar todo lo malo que hizo George Lucas, pero es más difícil decir cómo funcionarían mejor.

Hace poco veía un documental sobre el casting que hicieron para Anakin. Supuestamentre entrevistaron a tres mil niños. El problema es que eligieron a uno totalmente inapropiado para representar a Darth Vader de niño. En una de las tomas aparece el rostro de otro niño que creo que hubiera sido perfecto (la primera foto que puse). Explico el por qué a continuación.

Intentemos dejar la historia de las precuelas casi como está, pero cambiemos el personaje de Anakin. Convirtámoslo en el personaje principal de la trilogía, ya que no hay ningún personaje principal en La amenaza fantasma, por ejemplo. Imaginemos que Anakin es un niño pálido, débil y no muy llamativo. Nada pareciera destacarlo del resto y, al contrario, es un tanto feo. Una especie de "patito feo", lo cual no sería sorprendente en un esclavo que ha llevado una mala vida.

Imaginemos ahora que, aunque no tiene fuerza física, posee habilidades sorprendentes: Reflejos muy rápidos, premoniciones, telekinesis, pero nadie le presta atención por ser esclavo y por su apariencia insignificante. Algo así como el personaje principal de "El perfume".

Ahora, Obi-Wan Kenobi, en alguna visita a Tatooine, podría darse cuenta de estas habilidades. Tendría la perspicacia para notar que no se trata de un niño normal. Pediría al consejo Jedi poder entrenarlo y comentaría sus sospechas de que se trata del niño de las profecías, el que "traería balance a la fuerza".

Yoda argumentaría que el nino está demasiado resentido por ser marginado y que eso podría ser peligroso en el futuro. Que tiene muchas habilidades, pero su personalidad es inestable. Quizá veríamos a Anakin inseguro, a veces frustrado, con baja autoestima. Su condición y vulnerabilidad haría que nos encariñemos con él. Querríamos que le demostrara a todos que están equivocados, y que es un ser humano digno.

Obi-Wan rechazaría las advertencias del consejo y decidiría entrenarlo por su cuenta. Debido a su juventud, pensaría que Yoda está en un error y entrenaría a Anakin en secreto. Esta historia sería más interesante que la de la inexplicable crisis de Naboo y conflictos políticos que a nadie le importaron. Oh, y por cierto, quitaríamos a Jar-Jar Binks y a Qui-Gon Jinn, que son totalmente prescindibles.

En el episodio II quizá Anakin sería aceptado a regañadientes como Jedi gracias a sus increíbles habilidades. Sin embargo, seguiría siendo marginado. El resto de los Jedis desconfiarían de él, y quizá no lo verían con buenos ojos porque no fue entrenado como ellos, y también porque fue un esclavo y sería la primera vez que eso sucede. El único motivo por el cual todos lo tolerarían, sería porque es el más hábil de todos. Esto también crearía sentimientos negativos en su contra. Anakin se pondría un poco arrogante, pero más que nada por su baja autoestima. No se llevaría bien con los demás, sería un tanto solitario.

Esto incrementaría el resentimiento de Anakin, quien en realidad no es una mala persona, sólo quiere hacer las cosas bien, pero su contexto y personalidad nunca le han ayudado. Sería discriminado también por su apariencia. Sin embargo, la reina Amidala podría ver su lado interior, y enamorarse de él a pesar de que nadie aprobara su relación. ¿Cómo una reina con un ex-esclavo y, para colmo, feo?

En el episodio III podríamos ver cómo el senador Palpatine se aprovecha del resentimiento de Anakin para proponerle que se una a él contra el orden de la república, que es injusto. Le propondría la creación de un imperio que unificaría a la Galaxia, liberaría a los esclavos, traería paz y llegaría hasta los rincones más ocultos del universo. De esta forma, lugares tan remotos como Tatooine podrían ser prósperos y tener iguales oportunidades.

Palpatine podría estar deforme desde el principio, como lo vemos en El regreso del Jedi, por lo que Anakin se identificaría con él. Sentiría que es alguien que lo comprende, porque ambos son humanos con características extrañas.

Debido al resentimiento de Anakin, su sed de justicia e inexperiencia, caería en el juego del Emperador. Se enfrentaría a Obi-Wan, quien estaría totalmente arrepentido de confiar tanto en él y de entrenarlo. Yoda tenía razón. Se enfrentarían en un duelo donde Anakin terminaría quemado. Con su traje de Darth Vader por fin podría ocultar su deformidad y obtendría la fuerza física que nunca tuvo.

Al final del episodio tres se revelaría que Amidala está embarazada, pero no se nos diría que tiene gemelos, ni qué sucedió con ellos. De esta manera, la revelación de que Darth Vader es el padre de Luke todavía sería sorpresiva. También la revelación de que Leia es hermana de Luke.

Todos estos cambios lograrían que varias escenas de la trilogía original tengan sentido de nuevo.

Por ejemplo, cuando Obi-Wan dice en el episodio IV que Anakin fue un buen amigo, lo recuerda con cariño. En las precuelas de George Lucas no hay nada que indique que Anakin era una persona agradable. Todo lo contrario. Se la pasa quejándose y lloriqueando. Su mirada es perversa, era desobediente y altanero. Si yo fuera Obi-Wan, no lo recordaría tan feliz. Además, de esta forma sería más convincente que fue "seducido por el lado oscuro". En las precuelas no vemos nada de eso en absoluto. De hecho, que Anakin se pase al lado oscuro es algo tan arbitrario como inexplicable.

Pero más importante: Cuando Luke le quita la máscara a Darth Vader. Esa ocasión podría ser el momento cumbre de las seis películas. Cuando veamos de nueva cuenta a Anakin, con su deformidad, su fealdad y vulnerabilidad que intentó ocultar mediante esa máscara tantos años. Esa escena tendría sentido de nuevo y sería más grandiosa todavía. Las precuelas pueden servir para darle más vida a la trilogía original, no para matarla.

Disney recientemente compró Lucasfilm y harán una nueva trilogía. Espero que posteriormente hagan un remake de las precuelas. Todos queremos olvidar cómo George Lucas arruinó su propia creación.


Extinciones masivas



Según he leído y visto en algunos documentales, en el planeta han sucedido cinco eventos de extinción masiva de seres vivos. Debido a circunstancias diversas, el ambiente cambia drásticamente y la mayor parte de las especies no pueden adaptarse. El planeta es entonces repoblado por las especies sobrevivientes, las cuales se diversifican y la vida florece nuevamente.

No se saben con certeza los motivos de todas estas extinciones. La más famosa, la de los dinosaurios, fue causada por un gran meteorito que alteró drásticamente la atmósfera y las condiciones de la vida. Los dinosarios, entre otras especies, simplemente no pudieron adaptarse. Otras pudieron ocurrir por actividad volcánica.

Quizá estamos en otro de esos eventos de extinción masiva. Las condiciones del planeta se alteran actualmente con demasiada rapidez y tenemos la mayor parte de la culpa: cambio climático, deforestación, contaminación del agua y la tierra. Las especies se extinguen constantemente. A diferencia de los otros eventos, este posiblemente es causado por nosotros.

Y nos sentimos culpables. Cuando lo comentamos, cuando escuchamos acerca de una nueva extinción, cuando vemos el cielo lleno de smog, los ríos sucios, los polos derritiéndose. Pensamos que estamos "destruyendo el planeta" y que somos muy malos por ello.

La realidad es que este tipo de eventos suceden regularmente. La diferencia parece ser que nosotros, como seres humanos, nos sentimos arrogantemente importantes. Pensamos que nuestra intervención e impacto en el planeta no es parte de la naturaleza. Casi como si estuviéramos destruyendo el jardín del edén.

La realidad es que nada está fuera de la naturaleza, ni siquiera nosotros. Desde este punto de vista, todos los cambios que hemos causado en el planeta son también naturales. Somos una especie más, parte del ecosistema. Lo hemos alterado como ha sucedido ya muchas veces antes con otras especies.

No es cinismo esto que digo. Aunque afirme que todos estos cambios sean "naturales", no quiere decir que sean placenteros para nosotros y las especies que nos rodean. La característica que nos hace diferentes al resto de las especies, la inteligencia, es precisamente la que causó que estemos en este punto.

Quizá la inteligencia sea un callejón sin salida dentro de la evolución, quizá la inteligencia no lleva a ninguna parte, biológicamente hablando. Así como los dinosaurios se extinguieron por su gran tamaño que les ayudaba a sobrevivir, nosotros nos extinguiremos por nuestra capacidad de alterar el medio en el que vivimos.

Eventualmente desapareceremos, pero lo más probable es que la vida seguirá sin nosotros. El mundo siguió sin los trilobites o los dinosaurios. Esto no es necesariamente algo malo, sólo pensemos en un universo menos antropocéntrico y el panorama no será tan pesimista. Quizá todo es parte del plan. Oh, well...

Anuncio clasificado

Un cuento mío apareció en el número 69 de Guardagujas, suplemento cultural de La Jornada Aguascalientes. Se trata de "Anuncio clasificado", una breve historia que había publicado anteriormente en mi blog. Le corregí algunas cosas.

También aparecen cuentos de Elma Correa, Norma Yamillé Cuellar y Javier Moro Hernández. Gracias a Edilberto Aldán por la oportunidad.



Treinteando

Starbucks, en Mexicali. Un BadBit totalmente deprimido y sin rumbo.

Hace unos meses paseaba por los campos de la escuela en donde trabajo. Hay un pequeño viñedo con el cual se pretende dar enología a los muchachos de preparatoria. Al parecer el subdirector de secundaria está estudiando eso y tiene mucho conocimiento sobre vinos. Soy demasiado curioso, así que al verlo examinar las plantas, le pregunté qué estaba viendo.

-Sólo estoy quitando las hojas y ramas secas -me dijo.

Le ayudé. Me comentó que para esas fechas, creo que era noviembre, ya todas las vides deberían estar secas. Pero todas seguían bastante verdes, algo anormal en el ciclo de la uva. Me dijo que unas eran tempranillo, y que hacían falta cuatro años para que produjeran uvas suficientemente dulces para el vino. Explicó algunas cosas el sabor de las uvas, y cómo es mejor que no sea tan "vigorosa" (que no de tanto fruto), de lo contrario el vino no es muy concentrado.

Estando ahí, en esa conversación, en ese lugar y en esa situación, era inimaginable para mí a principios de este año. ¿Cómo intuirlo? Imposible. Las cosas pintaban tan diferente, mis rutinas se rompieron por completo.  Pero estoy increíblemente feliz al respecto.

Una de mis alumnas con máscara de panda en el zoológico de San Diego.

Unos trabajadores de una empacadora de mariscos me platicaban sobre las bondades que tiene Ensenada para ofrecer. Los tipos de almejas, ostiones, abulones, el erizo y diferentes peces. Yo grababa su proceso. Me encargaron un video donde se mostrara cómo se empacan para enviarlos a diferentes restaurantes de todo el país. Apliqué muchos de mis conocimientos sobre cine y estuve satisfecho con el trabajo final. Francamente, cuando acepté el trabajo no sabía si podría cumplirlo, pero pude.

De nueva cuenta, al principio del año no tenía la mínima idea de que participaría en algo tan divertido.

Ya tengo completita mi primera treintena. Acabo de cumplirla hace como tres horas y me siento muy bien al respecto. Desde los dieciséis años comencé a sentirme demasiado viejo, me rehusaba a recibir los años que me iban llegando. Obviamente era un problema de autoimagen. Pero hoy sé que la edad se lleva por dentro, por más cursi que eso suene.

Ceremonia de egreso de la maestría.

Ciertamente, tampoco esperaba extrañarla tanto. En estos momentos estoy en Mexicali, pero no puedo esperar a regresar a Ensenada. Pero no extraño la ciudad, extraño a alguien dentro de esa ciudad. Como no había extrañado a nadie. Un añoranza descarnada e insana que latiguea mis nervios y tendones. Me retuerzo al estar lejos de ella. Me detengo antes de sonar mucho, mucho más cursi.

Mi siguiente año ya está lleno de sueños, proyectos y propósitos. Mi vida tiene un rumbo de nuevo. Este año fue mucho ver hacia el pasado. El siguiente, espero que caminar hacia el futuro.

También tomé la foto de unos caballos.


Feliz cumpleaños a mi.

Pacquiao


Ayer vi, por primera vez en mi vida, una pelea de box y la disfruté mucho.

Nunca he sido bueno para los deportes. Ni para verlos, ni para practicarlos. De niño me aventé algunas cascaritas de fútbol y miraba los mundiales pero hasta ahí. Después de eso, me aburrían terriblemente. Los veía como una manifestación primitiva, indigna del hombre intelectual.

Ayer decidí darle la oportunidad  a algo nuevo y no me arrepentí. Fue entretenido, hubo mucho más que dos tipos golpeándose. Había toda una narrativa detrás de la pelea. Una comunicación entre los peleadores, riesgos, una historia.

Pero a ver si hay otra que me motive a ver.

Blake's got a new face


Pues si, ya soy maestro. Como anuncié hace poco, mi examen de grado fue el viernes pasado y ocurrió sin eventualidades. Obtuve mención honorífica, algo que me hizo muy feliz.

Pero más allá del papel y del grado que ahora tengo, mi felicidad proviene del haber cerrado otro ciclo. La maestría de estudios socioculturales, para mi, no fue un pretexto para obtener un título: Fue un pretexto para hacer lo que me gusta. Investigar. Cuánto mejor que sea sobre un tema que me agrada: los hackers.

En las clases nos advirtieron del riesgo de transformarnos por nuestro objeto de estudio. Admito que me sucedió. Desde que entré de lleno a la comunidad hacker veo las cosas muy diferente. Me apasioné mucho más por el software libre, me involucré de nuevo en temas ingenieriles. Tengo un piecito en la ingeniería y otro en las ciencias sociales. Al menos así me gusta pensarlo.

Quiero publicar mi tesis. Quiero que mi trabajo se difunda. Es, sin duda alguna, lo mejor que he escrito en la vida. Lo mejor argumentado, lo más claro, lo más limpio, lo más innovador. Estoy lejísimos de revolucionar el campo, eso es objetivo de toda una vida, pero creo que si hice un aporte, aunque modesto, a la sociología de la tecnología. La publicaré con una licencia Creative Commons espero que pronto.

Este año ha sido de muchísimos retos. Me llenan de orgullo algunas cosas que he logrado. En este caso, no me enorgullece mi título, más bien la tesis. Como ustedes saben, me gusta escribir, y ese fue un pretexto muy bueno para hacerlo. En realidad, han sucedido tantas cosas, que no puedo creer que hayan sido en el 2012. Desde inicios del año, cuando me sentía una piltrafa humana, pasando por finales del primer semestre del año donde me sentí renacer, e inicios del segundo cuando sentía que subía el Everest de nuevo.

Muchos de mis orgullos provienen de cosas más cotidianas y personales que no discutiré a gran detalle aquí. Sigo transformándome, viendo mi vida desde otras aristas, cambiando de objetivos, desechando cosas que no me sirven. Ha sido muy, muy doloroso, pero creo que vale la pena.

Estoy enamorado. Estoy a la expectativa de qué depara el futuro. La vida está llena de posibilidades. Ha regresado mi pasión por el cine, la música, la fotografía, la programación, la literatura, la creación, la vida... A pesar de los altibajos estoy muy, muy feliz.

Lo mejor es tener con quién compartirlo. Al menos una relación significativa en mi vida. Usually when thigs have come this far, people tend to dissapear.

Por cierto, se supone que pronto se estrenará un episodio de un programa de YouTube en el cual aparezco. El programa se llama XpressaT y hablamos sobre redes sociales. Cuando tenga el link, se los publico por aquí.


Se acerca mi examen de grado


Horizonte de sucesos

La vida es difícil cuando guardas un hoyo negro dentro de ti. Es un pequeño y sucio secreto que intentas mantener oculto. Los sentimientos orbitan en torno a tu centro de gravedad, dan dos o tres vueltas para desaparecer por siempre succionados, pulverizados por el horizonte de sucesos. Y queda espacio para que las garras de tu vacío se estiren para atrapar lo que puedan, devoren todo aquello que parezca emotivo. Siempre queda espacio, llenarlo sólo lo agranda.

Otra persona sin este vacío se acerca de cuando en cuando. Te observa de lejos y, como planta carnívora, tu vórtice vestirá sus mejores galas. Lucirá apetitoso, acogedor. Al inicio es divertido alimentarlo.

Por eso te lo advierto desde ahora: estás a prudente distancia. Retírate de ser posible. Yo estiro mis manos, presento mi piel agradable al tacto. Te ofrezco mis sensuales labios abiertos, mis ojos chispeantes. Deséame un poco más, acércate centímetro a centímetro. Casi puedo rozarte. Esta agonía me exige tenerte.

Te lo advierto de nuevo: dentro de mí existe un abismo. Observas un túnel infinito, una cascada sin fondo. Si cruzas esta línea, entrarás al punto sin retorno. Desde dentro hacia afuera verás cada vez menos. Luego, nada.

Por favor, da un paso adelante. Tengo el pecho descubierto, ¿qué esperas?

Halloween

Otra vez el Halloween y otra vez no me disfracé. Siempre digo que voy a hacerlo pero cuando llega la fecha otros pendientes ocuparon mi tiempo. Además, tengo miedo a verme ridículo. ¿Pueden creerlo? Es el día donde uno tiene más permiso para verse ridículo, y lo desaprovecho estúpidamente.

Siempre he querido disfrazarme de Alex de Naranja Mecánica. Pero no el típico disfraz blanco con sombrero de bombín, más bien el traje que llevaba en la tienda de discos. Si, cuando seduce a las dos muchachas sin cerebro. Me gusta por varios motivos. Uno de ellos es que me recuerda a la ropa formal del siglo XVIII, pero con un toque sesentero aunque futurista. Claro, actualmente ya se mira "retro", pero cuando la película fue estrenada se suponía que era el futuro. Además, el prospecto de seducir a dos mujeres al mismo tiempo es bastante llamativo, y aunque estoy lejos de intentarlo, es divertido ponerte en ese papel aunque sea por una noche.


Pero tendría que hacerlo yo y no sé ni coser un botón. Podría mandar hacerlo, pero soy tan quisquilloso que probablemente odiaría el resultado final. Quizá me saldría en u ojo de la cara, y soy tan codo que no me gusta gastar tanto en un disfraz que probablemente usaré sólo una vez.

Por otra parte, estoy seguro de que casi nadie lo recordaría. Es una referencia demasiado velada como para ser inmediatamente reconocible. Creo que todos los disfraces que se me ocurren son más o menos así: Sólo yo los entendería. No es por ser hipster, pero es que me gustan algunos vestuarios de películas y me gustaría vestir así. No es tanto que me guste disfrazarme, sino vestir esa ropa. Lamentablemente la única fecha para hacerlo y que no te apedreen es halloween.

Además, no supe de ninguna fiesta de disfraces aquí en Ensenada en la cual sería bienvenido. Todavía no tengo un gran círculo social. De hecho, creo que ni siquiera lo estoy buscando. No me enteré de nada, y por lo tanto, ni oportunidad de buscar disfraz.

Otro halloween más que se me va al caño. La pérdida no es grave, así que sigo tranquilamente con mi vida.

Algunas cosas no cambian


Geeking out

Explicar un tema técnico a personas no-técnicas es una especie de tortura. Si han estado ahí, lo sabrán. Normalmente uno inicia pensando que tiene completo dominio del tema. Será fácil para los demás comprender un tema así de sencillo, ¿verdad?

Pero conforme uno avanza en su discurso y empiezan a surgir términos como TCP/IP, paquetes, direcciones IP, enmascaramiento y demás, el rostro de nuestros interlocutores cambia. Uno lo detecta, pero conforme avanza la plática, la respuesta se hace nula. Es tangible que nada se está comprendiendo. ¿Qué hacer? ¿Retroceder, avanzar, detenerse?

A veces uno suda. Se pone nervioso. A veces simplemente da por terminada la plática, menciona que "es demasiado técnico". A veces uno continúa a sabiendas de que no se llegará a nada. Nunca acaba bien.

Son las desventajas de hablar un lenguaje extraterrestre.

Belleza estéril

¿Has jadeado sin nada dentro?
El diafragma empuja,
la garganta rebota,
los pulmones expanden.
No sale nada.

Inhalas:
te sabe a témpano.
Una bocanada de Saturno.
Árida, hueca y estéril.

Resbala el sudor
como brisa en un globo.
Goteas agua destilada.

Jadeas, jadeas.

Desenlazas
y de súbito despejas la neblina.
Te muestra el espejo
un bello despliegue de biología:
el orgasmo más vacío del universo.

Algo que sucedió antier

Estaba comiendo solo en un restaurante naturista. Ya eran como las cinco, y no había otro cliente más que yo. Apenas alcancé comida. La señora que atiende estaba revisando su celular detrás del mostrador. Sentí que me habló. Casi no escuché por mis audífonos, así que me quité una auricular.

-¿Hablas inglés? -me preguntó.
-Si -respondí.
-¿Me puedes traducir esto? -dijo, y me extendió su smartphone.

En la pantalla había una publicación de Facebook, en inglés. Fue una mujer quien lo publicó. Dejé mi tenedor y cuchillo en la mesa y tomé el aparato. Traduje lo mejor que pude:

-Hoy encontré a mi mamá llorando sola en la casa -dije, mientras leía el mensaje-. Me dijo que mientras lavaba la ropa encontró una de las camisetas de Charlie, y se puso tan triste que no pudo aguantar las lágrimas. Verla así me rompe el corazón. Es tan triste.

Quité los ojos del celular y la miré a ella. Yo tenía la típica expresión de sorpresa, con la boca semi-abierta y los ojos consternados. Quizá no era la gran cosa, pero ya no era mi asunto. No esperé leer ese tipo de mensaje.

-Es que me los manda en inglés -dijo ella-, y no sé lo que dice.

Se retiró a la parte de atrás del mostrador para que yo pudiera seguir comiendo. Me puse los auriculares de nuevo y cada quién en su mundo.

La llorona

Nunca fui una niña muy sociable, en la primaria menos. Asistí a un colegio de monjas para niñas. Por mi timidez me la pasaba callada. Me gustaba más leer que jugar en el patio. No me molestaba estar sola comiéndome mi lunch en el recreo. Pensaba que podía vivir sin otras niñas, y hasta la fecha me llevo mejor con hombres. Aún así, soy introvertida, ¿qué querían? Por eso escribo esta anécdota en vez de contarla personalmente.

Las monjas sí me querían porque salía bien en las materias y no daba problemas en clase. Cuando preguntaban en clase sabía las respuestas, aunque tampoco fui la estrellita del salón. A la más aplicada, la que siempre estaba en el cuadro de honor, no le paraba la boca. Me desesperaba. Era de esas niñas que creen que lo saben todo, hasta lo que vas a decir tú. A media frase ya te la había completado. No sabía escuchar para nada; me caía gorda.

Un día durante el recreo, cuando iba en segundo año, se me acercó una niña de quinto. Yo la veía para arriba. “¿Por qué estás tan sola?”, me preguntó. No le respondí nada y seguí mordiendo mi sandwish. Noté que a lo lejos, en un macetero, estaban sus amigas. Nos observaban conteniendo la risa. La de cuarto les hizo señas para pedir paciencia.

“¿No quieres jugar con nosotras?”, me preguntó y negué con la cabeza.

Se fue y pensé que ahí había terminado todo. No entendí por qué alguien tan grande tenía interés en mi. No entendía las interacciones sociales, hasta la fecha creo que sigo igual. Cuando salía de la escuela tampoco convivía con niñas más grandes, si acaso con mis primos y primas en las fiestas familiares. En mi casa me la pasaba encerrada, así estaba a gusto. Tenía todo lo necesario: podía leer y ver la tele.

Como una semana después, la misma niña de cuarto se me acercó en el recreo: “¿Sabías que hay un lugar donde se aparece un fantasma en la escuela?”, me preguntó. Eso si picó mi interés. Había leído muchas cosas sobre demonios y fantasmas. Mis cuentos favoritos eran de terror y a veces por las noches añoraba ver algún duende o espectro, aunque sea para escribirlo. Envidiaba a todos aquellos que tenían alguna historia de apariciones.

Así que cuando la niña me dijo que había la posibilidad de ver uno, no dudé dos veces y la seguí. Me llevó a la parte de atrás de los salones de la orilla de la escuela, donde había un pequeño jardín en donde casi no entraban niños. Nosotras nos brincamos un pequeño cerquito que prohibía el paso a los alumnos. En el camino, ella me decía:

“Me lo contó la prima de una amiga que ya salió de la escuela. Sus amigos y ella vieron al fantasma. Es una mujer con un vestido blanco todo rasgado y manchado de sangre. Dicen que hace muchos años mató a sus hijos en una casa que estaba aquí, pero la derrumbaron. Como se siente culpable todavía está su alma en pena, y llora por ellos de vez en cuando”.

“La llorona”, pensé yo. Ya conocía la historia. Pero no dije nada, era muy tímida. Solo quería saber si era verdad. Aunque moría de miedo. En parte porque nos podrían atrapar las monjas por estar donde no debíamos, también por la posibilidad de ver un fantasma. Aunque quería verlo, moría de miedo al pensarlo. Era toda una emoción.

“Se aparece ahí adentro”, me dijo.

Había una casita de lámina. Dentro pude ver algunos balones de basketball, algunas cosas para la clase de educación física y otros artefactos que se utilizan en diferentes clases. No parecía el lugar típico para una aparición fantasmal, pero estaba bastante escuro. Era lo suficientemente grande como para entrar, e internarse unos cinco o seis pasos sin problema. Siempre y cuando no te importara estar rodeada de cachivaches.

“¿Quieres que nos metamos a ver si sale?”, me preguntó. Yo la miré empequeñecida. ¿A poco se atrevería? Yo dudaba, aunque tenía curiosidad. Sólo le sonreí y caminé. Ella me sonrió de vuelta.

Di otros pasos más. La casita de lámina aparentaba una cueva, la entrada a un bosque inhóspito. La emoción crecía y en verdad me hubiera gustado que se me apareciera “La llorona”. Lo que sucedió es que sentí un empujón que me envió hasta el fondo de la casita, en donde caí de rodillas manchando mi falda de tierra. Antes de levantarme, la puerta corrediza se cerró con un golpe que me hizo sentir dentro de un sarcófago. Con la puerta cerrada, me quedé en la oscuridad más profunda. Después, no recuerdo mucho.

Me enteré luego que las amigas de la niña de cuarto nos seguían a la distancia, sin dejarse ver. Cuando mi nueva amiga me aventó, las demás llegaron corriendo para golpear la casita. La hicieron temblar y retumbar. La sacudieron hasta que los balones se me cayeron encima y ellas aullaban. Gritaban: “¡Ay, mis hijos!” y hacían voces tenebrosas.

Ni lo pensé: Me oriné ahí mismo. No creo que fuera el miedo a los fantasmas ni a la llorona. Fue el miedo a que todo se me viniera encima, la humillación de haber sido engañada. Me sentí demasiado vulnerable.

Todavía ni abrían la puerta cuando todas estaban riendo. Cuando la luz me dio en el rostro, debí dar pena. Con los cachetes mojados por las lágrimas, las piernas por la orina. Era un batidillo asqueroso. Seguro también moqueaba.

Todas celebraron el chiste, menos una. ¿Adivinen quién? Mi cuatacha, mi nueva mejor amiga. Ella se quedó toda pasmada. Seria, seria. Mientras las demás se carcajeaban, ni se movía. Hasta que calló a las otras: “¡Ya estuvo bueno!”, les gritó. No la tomaron en serio, casi tuvo que gruñir. Cuando medio se calmaron, me tomó de la mano y me dijo: “Vamos a que te laves”.

Con mucha discreción me llevó con una de las monjas. Yo todavía sollozaba y me tallaba los ojos. Mis piernas estaban enlodadas. Gaby, porque así se llamaba mi amiga, intentó primero mentir. Inventó que me había perdido en el patio de atrás y que me asusté. Eso era imposible y ridículo, mi finta era la de una niña aterrorizada, no perdida, por lo que pronto tuvo que admitir la verdad. Bueno, casi todo: se echó toda la culpa de lo sucedido.

Hasta llamaron a sus papás, a los míos y toda la cosa. La suspendieron un día, me pidió disculpas personal y sinceramente. Pero el día en que no estuvo, ¡uy! Me querían apodar “la miona”. Se burlaron mucho de mí. Pensé que así sería el resto de mi vida. Aunque nunca me llevé mucho con la gente, hasta ese momento no se habían burlado.

Cuando regresó todo cambió. Puso en cintura a sus amigas. Me protegió a morir. No logró que dejaran de burlarse de mi del todo, pero cuando menos me cambiaron el apodo a “la llorona”. Algo es algo. Cuando caminaba por los pasillos de la escuela se burlaban de mí diciendo: “¡Ay, mis hijos!”, o hacían un gesto como de bebé llorón. Pero cuando alguien se burlaba y ella estaba presente, se ponía como loca y casi los golpeaba.

La quise mucho. No sólo porque luego me defendió, creo que algo cambió en ella. Se transformó de un ser despiadado a uno admirable en sólo un día. Pero me dio algunos años para admirarla, hasta que salió de sexto.

La volví a ver casi quince años después. Creo que no me reconoció, pero yo vi el mismo arrojo cuando discutía con la cajera de un supermercado. Nada grave, creo que marcó el mismo producto dos veces. Pero los años le pesaban ya, se veía ojerosa y demasiado arrugada para su edad. A mí, en cambio, ya no me apodaban “la llorona” sino “la dark”. La gente que pone apodos siempre es igual de estúpida.

Yo iba con mi novio cuando me la topé. Le pegué en las costillas con el codo y le dije: “Mira, ella era mi mejor amiga de la primaria. Se llama Gaby”. Él la observó sin mucho interés. Hacíamos fila en otra de las cajas. Sólo preguntó: “¿Tenías amigas en la primaria?”. “Sólo una”, le respondí.

Extraño los blogs personales

Cuando inicié este espacio en Internet, pensé como muchos que por fin tendría un lugar donde desahogarme. Nuestros problemas cotidianos parecen tan importantes que a veces alivia la carga el saber que son compartidos por otros. O al menos que tenemos un público al tanto de nuestro sufrir y que toda nuestra miseria y desventuras sirven cuando menos de telenovela para algún desconocido.

Sospecho que en un principio así fue: en el blog relataba mis enfermedades de las vías respiratorias, mis hábitos alimenticios, la hora a la que me había despertado, lo que me hacía triste y feliz.

Agarré práctica, y aprendí a narrar mejor. Esto me ganó lectores y habilidad para mantenerlos atrapados. Pasé de LiveJournal a Blogger y mi visibilidad aumentó. Me reconfortaba ser leído, así que dejé de contar de mi vida cotidiana y traté temas de interés general. Muchas veces eran personales, pero no tanto como para ser incomprensibles para extraños.

Motivé a mucha gente a sacar un blog. Me gustaba leer lo que escribían mis amigos. Era una forma de conocerlos mucho mejor. Hasta la fecha, tengo en mi lector de feeds algunos blogs antiquísimos, que no se actualizan como desde el 2008 o 2009. Aún los revisito de vez en cuando. A través de ellos recuerdo tiempos mejores, con menos preocupación y más tiempo libre.

Hoy las redes sociales lo han capturado casi todo. He cerrado mi Facebook recientemente, quizá pronto regrese, pero necesitaba un respiro. Desactivar mi perfil de Facebook significa que nadie leerá los escritos de este blog. Poca gente se interesa por seguir los blogs manualmente, como antes, cuando entrábamos directo al URL de cada blog que te interesaba seguir.

Lo que más me duele es ya no poder sincerarme aquí. Hoy es muy arriesgado por diversos motivos: laborales, personales, familiares, etc. Revelar demasiada información personal en el pasado me trajo muchos problemas que desearía no tener de nuevo. Por eso me muerdo la lengua, o contengo mis dedos, a la hora de expresarme.

Pero lo extraño. Una que otra persona que conozco sigue escribiendo como antes, como si nadie leyera, como si no importara. Los envidio mucho. Intentaré ser más sincero, más aterrizado. Eso, por supuesto, significa más aburrido, más incoherente. Yo mismo me limito por que quiero que cada post sea genial y relevante. Eso me detiene muchísimo. Quizá si escribo sin pensar tanto, será igual de interesante que antes.

Pienso también en toda la gente que podría leer esto, y que no quiero que lo haga. Es como una ventaja injusta para ellos, el enterarse de muchas cosas que suceden en mi vida cuando yo no se nada de ellos. No sé, quizá es mi paranoia actuando.

Me he aislado mucho voluntariamente. No ha sido fácil, pero ha sido sano. Eso me da, un poquito, la confianza de ser sincero otra vez. He cambiado muchísimo, quizá me daba pena admitirlo, pero, ¡bah! El cambio es bueno. Muy bueno.

Así que, de ahora en adelante, escribiré otra vez como si nadie me estuviese leyendo, como si no hubiera mañana.

De todas formas quizá nadie me lee y quizá no haya mañana.

So, there...

El momento de la verdad

La amo como nunca había amado a nadie.

Centro Educativo Patria

Aquí doy clases ahora.

















 


La muchacha con la sonrisa de nieve

La conocí como ustedes, en la heladería, detrás del mostrador. Justo cuando se hizo famosilla en la localidad. Le decían la muchacha con la sonrisa de nieve. Admito que no era un apodo muy original, hasta cursi diría yo, pero le quedaba perfecto. ¡Oh, vaya que sí! Todos íbamos a comprar helado sólo para verla sonreír cuando nos extendía el cono. Nos deseaba buena tarde y la dulzura de su voz se nos quedaba durante el resto del día. Mucho después que el sabor de un mediocre helado cualquiera. Porque, seamos francos, no tenían nada de especial.

Yo no la podía sacar de mi cabeza. Iba seguido a comprarle, casi diario. Hasta en invierno. Pero siempre supuse que no me recordaría, ¡tantos clientes llegaban a diario! A veces esperaba su hora de salida en el parque de enfrente. Desde la banca la veía cerrar el negocio, ponerse el casco y tomar la bicicleta a quién sabe dónde. A su casa, supongo.

Su pedaleo, su sonrisa y la forma como levantaba la cabeza eran todos felicidad. «¿Por qué es tan feliz?», me preguntaba. Cuestioné a mis amigos y conocidos para averiguar algo de ella, pero nadie sabía darme razón. Sólo la conocían por los helados. «¿Tiene novio?», les preguntaba, «¿vive con su familia? ¿de dónde es?». Era obvio que venía de fuera. Un día se apareció en la heladería de la nada, y de ser un local cualquiera se transformó en el punto de reunión de toda la ciudad. Una persona así no se hace de un día para otro, estoy seguro que vino de fuera.

Hasta que renunció. Me enteré al entrar al lugar y observar con horror que había otra muchacha. Me detuve en seco. Ella intentó sonreír, pero simple y sencillamente no era una sonrisa de nieve. «¿Dónde está ella?», pregunté desesperado. Se hizo la tonta: «¿Dónde está quién?», preguntó, como si no supiera la muy mensa. Ni respondí: corrí a buscarla por la calle. Después de ocho cuadras de frenética carrera a toda velocidad, volteando para todas partes, me detuve a recuperar el aliento. Estaba perdiendo la cabeza.

Pasé dos días sin dormir, hasta que me enteré que ahora trabajaba en una tienda de perfumes. Me aparecí el mismo día. Seguía tan dulce como de costumbre. Intentando permanecer calmado, me acerqué y le pedí que me mostrara los perfumes para dama. Inventé que mi mamá estaba a punto de cumplir años y que quería regalarle algo.

Fue el momento más tierno de nuestra relación. Durante casi cuarenta minutos la hice atenderme, mostrarme diversos aromas, rociar el dorso de su mano con perfume y acercarlo a mi nariz. No sabía si la exquisita esencia era producto de un diseñador o de su propio cuerpo, pero todos los perfumes eran una bocanada de aliento de Venus. Los aromas más dulces que he percibido en mi existencia.

Otras personas esperaban ser atendidos por ella. Se notaba que, como yo, no tenían interés verdadero en los perfumes. Aún así, presionado y observado me atreví a invitarla a salir, ya todo sonrojado de emoción. Rió bajito, bajó la vista. Pensé que se enojaría conmigo, que llamaría al gerente, que me obligaría a abandonar la tienda. Pero no, sólo dijo: «Está bien, ¿en dónde nos vemos?». Ustedes pueden imaginar perfectamente cómo me sentí. Hasta la fecha no supe ni cómo regresé a mi casa. Y llegué con un perfume para dama en la mano. Pensé que lo robé por descuido, hasta que encontré la nota de compra en mi bolsillo.

Llegó al lugar acordado, un café del centro de la ciudad, media hora antes. La esperé tambaleando mi pierna. Se apareció puntual, sonriente. Con todo y mis nervios, la familiaridad de su trato me relajó.

Entendí que era ella, no los perfumes, la culpable de que la perfumería fuera también un éxito. Despedía olor a caramelo y piloncillo. Su sonrisa era un toque de leche y crema con azúcar fundida. No me atreví a tocar su mano. Su pedestal seguía agrandándose, y yo veía hacia arriba con la boca abierta su candor y ternura.

Salimos otras cuatro veces. Se lo pedía y simplemente reía, sin negarse. Me sentía como en un sueño con nubes de algodón de azúcar. Durante esas salidas, intenté preguntarle cosas personales. Sacar más plática, conocerla mejor. Nunca respondía, sólo evasivas. Reía, bajaba la vista, como feliz, abría los ojos muy grandes, y con eso desistía. No necesitaba más, con eso me bastaba.

Pero sólo durante un tiempo. Después, necesitaba más. Quería saber sobre ella, sobre su vida, sus gustos, sus anhelos. Pero ella no me soltaba nada de información. Era sumamente reservada con su vida, y me preguntaba el por qué. ¿Tendría novio? ¿Me quería solo como amigo? Quizá ni eso. Me quebraba la cabeza pensándolo. Preguntaba a todo mundo, nadie sabía de ella. Nadie me decía si tenía novio, con quién vivía. Nada. Me propuse tomar la iniciativa.

La seguí después de su trabajo a prudente distancia en mi propia bicicleta. No muy llegos llegamos a una modesta casa de madera con un pequeño patio frontal. Se quitó el casco, encadenó la bicicleta a un poste del patio y entró a la casa, tan sonriente, feliz y dulce, como siempre.

Media hora me estuve como idiota fuera de la casa suspirando, esperando alguna pista, alguna señal, un sonido. Aunque sea la televisión. ¿Qué programas ve? ¿Qué música escucha? ¿Qué hace para divertirse? Cualquier hojuela endulzada de información me habría saciado.

Hasta que llegó la señal. Escuché que se rompió un vidrio. Me quedé inmóvil. ¿Qué sucedió? ¿Se le cayó un plato? Esperé un poco más, quizá no era nada de importancia. Se escuchó un objeto golpear contra algo de madera. Luego más ruido, cosas cayendo, uno que otro grito, una revolución dentro de la casa.

Mil ideas corrieron por mi mente. ¿Tendría convulsiones? ¿Se cayó por accidente? ¿Se le vino un mueble encima? Pronto llegué a la más probable: Tenía un novio golpeador. ¡Por eso ocultaba todo! Todo encajaba: Quería que alguien la salvara, no encontraba cómo salir de esa relación. Estaba a punto de pedirme ayuda, pero le daba vergüenza o no sabía cómo hacerlo. Tenía dos caminos frente a mí: Pedalear y sentirme como un cobarde por el resto de mi vida, o intervenir y ser un héroe. Ni siquiera lo dudé, la elección fue fácil.

Corrí hasta la entrada, brinqué el pequeño cerco de madera. Subí los tres escalones, abrí la puerta de mosquitero y luego, sin pedir permiso, la puerta de madera.

La muchacha de la sonrisa de nieve estaba sola. Al abrir, los pequeños ruidos que escuché afuera se multiplicaron por diez. Era ella, sólo ella, la que empujaba muebles, lanzaba platos, cajas, su mesa, sus sillas, pataleaba y gritaba. Saltaba, pero no con felicidad o dulzura, con ira. Una ira indomable que me llenó de terror. Era un ogro, un cíclope desbocado, una bestia feroz en un arranque pasional.

Golpeó sus paredes a puñetazos, pateó la puerta del refrigerador, lanzó el tostador contra la alacena... Pero repentinamente quedó paralizada, tan estática como yo, pero jadeaba. Me vio de reojo, lo sentí. Mi corazón estaba casi tan descontrolado como el de ella.

«¿Viste todo esto?», dijo abarcando el desastre con su mano.

Asentí lenta y nerviosamente. Recuperó la compostura inmediatamente. Se acomodó el cabello con carisma insólito, tomó una gran bocanada de aire. Me concedió la sonrisa más dulce que había visto en la vida. Casi extendí mis brazos instintivamente, para recibir un cono de helado como niño de siete años.

Los vecinos luego me contaron que todos los días era lo mismo. Ella llegaba en la noche, ellos escuchaban los ruidos, y al principio se preguntaban qué sucedía. Se plantearon las mismas posibilidades que yo. A veces llamaban a la policía, pero cuando llegaba nada parecía extraño. La muchacha se los ganaba con su sonrisa, y pronto se iban, ellos sonrientes también, si lo pueden imaginar. Luego decidieron no meterse en lo que no les incumbe.

Al día siguiente desapareció de la ciudad y no supe más de ella. Preferí quedarme con los recuerdos de los helados y los perfumes. A veces cuento que tuve una novia que trabajaba en una heladería, pero dejé de hacerlo cuando todos preguntaban si era la muchacha de la sonrisa de nieve. Se hizo muy famosa, por desgracia no podía mentir al respecto.

Quizá tuve una pista de su existencia. Unos amigos comentaron que en una ciudad cercana había una dulcería ganaba fama. Me trajeron algunos dulces de allá, pero no les encontré nada de especial. De hecho, casi nadie, sólo las personas que habían sido atendidos personalmente por una muchacha que decían tenía sonrisa de miel. Cada vez que me invitaban a probar uno de esos dulces, respondía: «No, gracias. Estoy empalagado».